Por Martha Morales

Esther Bonnin explica: Hemos oído que Jesús es nuestro salvador. ¿Y de qué me salvó? De estar atado al demonio. Por el pecado original perdimos la gracia, es decir, el ser agradables a Dios. Con su Pasión, Muerte y Resurrección Jesús carga con mi pecado y me da vida eterna.

Satanás es un espíritu real y maligno, e influye en nosotros a la hora de tomar decisiones, nos aconseja a no creerle a Dios; nos propone el pecado como solución a nuestros problemas. Es mentiroso desde el principio.

Dios les regala a Adán y Eva un paraíso, les da libertad para que tomen decisiones, y deciden hacer su voluntad y no la de Dios. Pierden la gracia y sus regalos. Se auto expulsan del paraíso

Nuestros problemas provienen de nuestras heridas. Necesitamos restauración. Estamos amarrados al pecado, seguimos cayendo en ellos. Necesitamos de la fuerza de lo alto. El Padre del Cielo se da cuenta y arma un plan perfecto. Envía a su Hijo Jesucristo para liberarnos. Esa es la gran noticia. Verdaderamente Jesús es nuestro Salvador.

San Juan escribe: “Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo, no para condenarlo sino para salvarnos” (Juan 3,16). Un Ángel le anuncia a la doncella de Nazaret, María, que va a concebir al Hijo de Dios por obra del Espíritu Santo y su reino no tendrá fin (cfr. Lucas 1,30).

Jesús vence a Satanás y María es la Mujer que lo concibe y que nos ayuda a nuestra salvación. Cristo Resucitado dice: “¡Ánimo! Yo he vencido al mundo” (Juan 16,33), y nos lo dice a nosotros. Sólo con Cristo podemos ser vencedores.

¿Quién es tu mayor enemigo? Muchas veces eres tú porque te rindes, y permites que los defectos de carácter te abrumen. Dejamos que nuestras pasiones nos dominen con la lujuria, la avaricia, la gula. Así caemos en conductas destructivas, y terminamos desbaratando familia o el círculo de amigos, pero Jesús tiene el poder de transformar nuestra vida de fracaso en victoria. Él viene a infundirnos ánimo. Y es que Jesús nos perdona nuestros pecados.

¿Qué sacrificio es más grande que el que Jesús hizo por nosotros? Su Cuerpo fue flagelado, roto. Nos acercamos al confesonario a recibir el sacramento de la alegría, para que sepamos ser capaces de perdonar. Dios eliminó el documento de deuda clavándolo en la Cruz. Jesús entregó su vida en rescate por nosotros, y así, podemos experimentar la libertad. Nos conduce al Reino de Dios y sus leyes están escritas en nuestros corazones, pero necesitamos afianzar nuestros propósitos. Jesús olvida nuestros pecados cuando nos arrepentimos. Él pisotea nuestras iniquidades y las arroja al fondo del mar (cfr. Miqueas 7, 19). Se le olvidan, ya no le importan, pero somos tan necios que a veces damos un paso atrás.

Dios nos ama de modo incondicional, como nadie nos ha amado. No lo comprendemos del todo porque no tenemos esa magnanimidad. Él nos va a capacitar para no seguir pecando. No sólo viene a redimirnos, sino que además nos capacita para evitar los pecados. Si estamos unidos a Él ya no vamos a caer tan fácilmente en el pecado, nos fortalece con su gracia. Así veremos el mundo de una manera diferente, porque Dios ya limpió nuestras heridas.

El ladrón viene para robar, matar y destruir, pero, dice Jesús: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Juan 10, 10). Esto significa que nuestra vida tendrá sentido, irradiará luz a los demás. Jesús es mi Salvador realmente; Él viene a liberarnos, y hemos de decidir si lo aceptamos o no. Si lo aceptamos ya no podemos poner nuestra atención en otros “dioses”: novio, brujo, dinero, lujo, poder, etc.

Cuanto más necesitamos al Señor y pedimos su ayuda, Él entra a nuestra casa, que es nuestro corazón y se muestra bondadoso. Así podemos decir: “Eres mi único Salvador”.

En el siglo I, la mujer sorprendida en adulterio, era apedreada hasta su muerte. El Evangelio narra que una mujer fue sorprendida en adulterio, la llevan ante Jesús, y el Señor la defiende, y les dice a sus acusadores: Aquel que esté sin pecado, sea el primero en arrojar la primera piedra. Al oír estas palabras se fueron marchando, comenzando por los más ancianos. Jesús se quedó solo con la mujer y le dijo: ¿Dónde están los que te acusaban? Ninguno te ha condenado. Yo tampoco te condeno, vete y no peques más.

Jesús siente predilección por los necesitados. Jesús le devuelve la dignidad a esa mujer y restituye su libertad para cambiarle la vida. Así, Jesús te mira, ve tu corazón, sabe lo que pasa en tu interior y espera que des el primer paso. Tu vida se puede transformar. Jesús viene a consolarnos, y a mostrarnos el Camino, la Verdad y la Vida. Y Yo, ¿qué puedo decir? “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4, 13).

Creemos en Dios a nuestro modo, pero ¿por qué no seguir el modo de Dios?

 
Imagen de Sergio Herrera en Pixabay


 

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