Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
El Camino de Emaús, es un camino cercano a nosotros para encontrarnos con Cristo el Mesías crucificado, que ha resucitado y vive (cf Lc 24, 13- 15).
La tristeza y el desaliento, pueden invadir nuestro corazón ante las circunstancias adversas tan frecuentes en el camino de la Iglesia, en el camino de los seguidores de Jesús, en el camino de la humanidad.
‘Jesús de Nazaret, profeta poderoso en palabras y obras ante Dios y ante todo el pueblo’, fracasado por la humillación de la cruz puede provocar el desaliento, la decepción y la tristeza: Cruz de Jesús, cruz de su Iglesia, cruz de sus discípulos.
Pero el Mesías crucificado y resucitado, vive y se hace presente en nuestros caminos de los espacios y de los tiempos. Siempre camina junto a nosotros. Su lógica es la comunión en la misma Palabra, en la misma vida y en el centro y la cumbre de nuestra vida que es él como Eucaristía, presencia real y vida permanentemente entregada.
Siempre necesitamos la experiencia viva e inmediata de él, por sus palabras, sus explicaciones, por la invitación a entrar en nuestra vida y ponerse a la mesa; entonces, ante la bendición y la fracción del pan, -la Eucaristía, lo reconocemos de nuevo con esta presencia extraordinaria que rebasa nuestros sentidos; solo la fe lo descubre y lo experimenta con sus llagas gloriosas y resucitado.
Así el largo caminara y la fatiga desaparecen y se recupera la alegría sin fin para ser testigos de la misión, Cristo vive, camina con nosotros en los desiertos y las noches oscuras de la vida.
Por eso es necesario convertirnos a su Palabra; la explicación que nos ofrece él a través del ministerio de la Palabra, ofrecerle la casa de nuestro corazón, nuestros dones y la misma mesa; en la Eucaristía, se abren los ojos y lo reconocemos para alimentar nuestra fe en el diario acontecer.
Entonces así, Jesús no está ausente. Camina siempre junto a nosotros.
Él fundamenta en su misterio de inmolación y glorificación, de crucificado y resucitado, nuestra fe; él es nuestra fe, adhesión plena a él quien nos abre al horizonte de la esperanza en la comunión de amor.
Ahí donde los fieles se alimentan de la Palabra y de la Eucaristía, está Cristo vivo y nos fortalece con el don de su Espíritu, para ser sus testigos en la misión de él y nada más de él.
Así, lejos de nosotros desalientos y decepciones; renovemos nuestros vínculos con la Iglesia, nuestra comunión firme, gozosa y valiente con el Papa León, con nuestro obispo de cualquier latitud y con los hermanos presbíteros.
Seremos el Pueblo que camina por los avatares de la Historia con Cristo y en Cristo, a nuestro Hogar, el ser mismo del Padre.
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