Por P. Fernando Pascual
Entre dos amigos suele reinar armonía, paz, colaboración. Están felices juntos. Comparten ideas y proyectos. Experimentan la plenitud de quienes se aman sinceramente.
Pero hay momentos en los que surgen problemas, o tensiones, o desacuerdos. En ocasiones, uno de los dos, como un desahogo, pronuncia una frase terrible: “No me lo esperaba de ti”.
¿Qué significa esa frase? Quien la formula puede explicar lo que está diciendo, pero se intuye fácilmente que uno creía conocer a su amigo, y que se siente sorprendido por unos actos o unas palabras que no encajan con esa idea que se había formado sobre ese amigo.
Es propio de toda amistad un buen conocimiento mutuo. Incluso si hay diferentes puntos de vista, los amigos los identifican y los aceptan, como parte de la riqueza de dos personas diferentes unidas por un afecto sincero.
Sin embargo, cada amigo espera del otro un comportamiento más o menos estable, previsible, normalmente adecuado a su personalidad y a las relaciones que se han construido a lo largo del tiempo.
Decirle al otro que no se esperaba algo de él significa declarar que un comportamiento sale de los rieles establecidos, que provoca una disonancia en las relaciones amistosas que hasta ahora habían unido los corazones.
Quien se siente acusado de un comportamiento no previsto (y, normalmente, no deseado) puede sentir pena. Tal vez ha tenido un mal momento. O quizá llevaba en su corazón una zona oscura que había podido ocultar a su amigo hasta ese momento.
Lo importante, cuando se produce una tensión de este tipo, es evaluar qué ha ocurrido, por qué una parte le reprocha a la otra un comportamiento no esperado (ni deseado), y si hay caminos para curar eventuales heridas o, incluso, grietas en el puente de la amistad.
Empieza ahora la tarea, para quien ha lanzado la afirmación y para quien la ha recibido, de evaluar si en la amistad existían zonas grises que llevaron a una situación difícil, si resulta necesita emprender un camino de maduración.
Ese camino, si se construye desde la virtud, que es el fundamento de toda auténtica amistad, hará posible superar la crisis, y relanzar el afecto mutuo hasta incluir al otro en sus cualidades y, también, en defectos y limitaciones quizá hasta ahora no bien conocidos, pero que pueden ser superados desde una amistad sana y enriquecedora.
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