Por Emmanuel Sicre
En este artículo queremos reflexionar sobre las condiciones de posibilidad de la transmisión de la fe a las nuevas generaciones. ¿Qué nutrientes son necesarios en el nuevo terreno de la infancia y la juventud de hoy, para que sean capaces de abrazar la fe de nuestros antepasados? ¿Qué disposiciones debemos cultivar en la interioridad de cada persona en crecimiento, para que la encarnación del Dios de Jesús encuentre un pesebre en el que nacer? ¿Cómo se puede allanar gradualmente el camino para que la manifestación del Cristo interior tenga lugar en la vida de los que nos sucederán en el tiempo?
❻. Estar en cuerpo con los demás, crear vínculos
La pandemia obligó al cuerpo a batirse en retirada. Se apoderó de él y, de alguna manera, lo ocultó. Por “cuerpo” entendemos la presencia de la persona. Con el cuerpo y susmanifestaciones nos relacionamos con el mundo y con los demás.
La experiencia de encierro a la que hemos sido sometidos con la pandemia provocó una nueva forma de presencia que podía prescindir del cuerpo. Las plataformas de comunicación digital nos hacen presentes al otro, en el mejor de los casos, desde el punto de vista de la intencionalidad, pero no es posible prolongar esta presencia. Cuando no podíamos encontrarnos, no nos quedaba más alternativa que la presencia digital de quienes nos habría gustado ver en la realidad. Para los niños y jóvenes la participación mediada por la pantalla no aparecía como una “extensión” de su presencia física en el mundo digital por medio de la intención.
Con el tiempo, nos hemos hecho cada vez más “presentes” y hemos vuelto a una apariencia de normalidad; pero el retraimiento, la timidez ante los demás, la dificultad para asumir el peso de lo que decimos porque no estamos frente a la otra persona, el entender al otro más como un contacto o un perfil digital que como un ser personal, han robado a muchos la capacidad de relacionarse.
Todavía no hemos desarrollado las pedagogías necesarias para fortalecer el sano vínculo que se establece con los demás, cuyo contacto nos configura, porque nos refleja. Esta reflexión, que toda subjetividad necesita, sólo se produce en la presencia física del otro.
Para la fe, el cuerpo es Cristo mismo en los hermanos y hermanas. ¿Qué sería de una fe meramente espiritualizada? No sería más que la búsqueda del bienestar interior como cualquier bien de consumo que se puede obtener a través de una experiencia especial. Pero el cristianismo encuentra la salvación personal en el otro. A Dios le gusta mediar, encarnarse para llegar al corazón del hombre concreto. El cuerpo de Cristo es la comunidad, el vínculo, la comunión, la sinergia del amor, que se hace posible en la experiencia de estar unos con otros. La encarnación de Dios en Jesús se completa en su pasión, muerte y resurrección, “cristificando” toda realidad.
❼. Contar historias, aprender a heredar una tradición
El cristianismo es una historia viva que se transmite de generación en generación mediante la narración de lo que Dios hace en nosotros a través de su Espíritu. Debemos ayudar a los niños y a los jóvenes a contar sus historias, a relatar los acontecimientos de su existencia, a encontrar las metáforas y las analogías adecuadas para contar sus historias, porque así podrán aumentar su capacidad interpretativa con respecto a la vida.
La minimización que provoca la mensajería prefabricada, traducida en iconos, emoticones y stickers, así como la posibilidad de acelerar los mensajes de voz de WhatsApp o la posibilidad de borrar lo dicho, generan inestabilidad, porque no aseguran la comprensión de lo comunicado. En efecto, lo someten a la coacción del supuesto tono en que se dijo una cosa, a la asincronía, a la ausencia del cuerpo del receptor, que con sus gestos y emociones completa mejor el circuito de comunicación.
Paradójicamente, la minimización del mensaje choca con la amplificación del mismo. Casi desde cualquier plataforma se puede enviar un mensaje directo.
Podemos multiplicar las conversaciones a voluntad, en la medida en que podamos. Esto nos hace creer que nos comunicamos mucho, pero en realidad puede que sólo estemos ordenando la correspondencia.
La tradición cristiana es una herencia viva, que seguirá siéndolo por la fuerza del Espíritu Santo, pero la misión de encontrar a Dios en todas las cosas y todas las cosas en él se desarrolla en el marco de una historia de salvación obrada por Dios. Si no desarrollamos en los niños y jóvenes las estrategias de comunicación adecuadas para que se conviertan en receptores activos del mensaje, acabaremos hablando sólo entre nosotros.
❽. Descansar el yo en un nosotros, pertenecer
La necesidad de redimir las antropologías relacionales y devolverles la profundidad que tenían, parte de la certeza de que no existe un yo esencialmente puro, que luego entra en contacto con los demás. Nuestra identidad subjetiva está hecha de relaciones.
La exaltación del ego, a la que estamos continuamente tentados, destruye el «nosotros», rompe los lazos sociales, hasta encerrar a cada uno en su mundo individual, donde se aplican las leyes subjetivas. Sólo el “nosotros” nos salvará de esta tragedia del ego desmesurado. Por lo tanto, debemos desarrollar aquello que pueda generar comunidad, vínculos compartidos, encuentros, historias comunes. La fe cristiana es comunitaria, no solitaria. Uno lo recibe de la comunidad, y vuelve a él a través de la acción formadora que la comunidad imparte en cada persona, haciéndola abrirse e invitándola al don de sí misma.
Debemos llevar a cabo la misión de despotenciar el yo, para hacerle descubrir la relación con el otro. Sólo así Cristo podrá ocupar el centro vital de nuestras opciones personales, que nunca serán individuales, sino hechas en la comunidad, que sostiene a cada uno en su singularidad.
❾. No intentes saberlo todo, deja espacio para el misterio
El enciclopedismo científico, aún vivo en nuestro deseo de controlar la realidad a través del conocimiento, ha hecho estragos en la transmisión de la fe, especialmente en la era de la modernidad. Un aspecto singular de esta época es que no sólo se busca saber, conocer, comprender en profundidad ciertas realidades, sino que se quiere todo. La sensibilidad contemporánea no acepta el límite, la frontera, lo finito. La “digitalidad”, al superar el tiempo y el espacio físicos, parece inaugurar nuevas formas de límites digitales, más lábiles e indistintos. Esto crea la sensación de que una vastedad casi infinita de cosas se abre al deseo personal.
En la capacidad de reconocernos como limitados, se manifiesta el lugar adecuado para relacionarnos con el misterio de Dios. Si se pierde este situarse en la pequeñez humana, también se desvanece el asombro ante la inmensidad de lo divino. La pedagogía del asombro busca precisamente que nuestra limitación no se convierta en un obstáculo frustrante, sino en un trampolín hacia lo inefable, lo misterioso, lo desconocido que nos sostiene.
❿. Cortar, cerrar, concluir
Este último elemento sugiere que aprendamos a decir adiós, a seguir adelante, a respetar los ciclos de la vida que nos hemos acostumbrado a alterar, a manipular, desde que, por ejemplo, la electricidad entró en la vida moderna. No se trata aquí de despreciar los avances de la ciencia, sino de sopesar en qué medida cada uno de ellos puede ayudarnos a vivir mejor la vida.
Hay que ayudar a los niños y a los jóvenes a experimentar las fragilidades de cada etapa de su existencia, a celebrar cada uno de los acontecimientos significativos de la vida reconociendo su final, a despedirse de las personas que mueren, a desprenderse de forma sana de lo que ya no puede ser. De lo contrario, el residuo, el asunto inconcluso queda como un karma inacabado que reclama espacio en los momentos de fragilidad e incertidumbre, volviendo a cuestionarlo todo. Y como la labilidad es una tendencia propia de estas nuevas generaciones, la omnipotencia infantil se siente desafiada y no quiere renunciar a nada, para quedarse, paradójicamente, sin nada: el vacío de una vida sin decisiones.
La fe necesita desarrollarse, y sólo puede hacerlo si uno logra pasar una etapa, si la termina, si la deja ir y no espera – inclinándose hacia atrás – que vuelva lo que nunca volverá, o si se encierra mágicamente en un punto quieto y sin vida. La vida nos exige elegir lo que percibimos como nuestro, lo que Dios nos invita a vivir. Pero no podemos hacer una elección positiva sin recortes y pausas. En última instancia, si no hay muerte, no habrá resurrección.
Publicado en La Civiltà Cattolica, revista cultural de la Compañía de Jesús. el 9 de septiembre de 2022. El autor es profesor de letras y licenciado en Filosofía, estudió teología en la Pontificia Universidad Javeriana. Es rector del Colegio de la Inmaculada Concepción de Santa Fe (Argentina).
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 12 de abril de 2026 No. 1605

