Por Jaime Septién

Este año se cumple el primer centenario del inicio de La Cristiada, un conflicto que duró hasta 1929 motivado por la rebelión de los católicos ante la imposición de leyes que violaban sus derechos, especialmente el derecho a la libertad religiosa.

Al extraordinario historiador francés nacionalizado mexicano, Jean Meyer, corresponde el mérito de haber “abierto” un boquete en la coraza en la que la historia oficial había encerrado esta guerra interna en la que hubo entre muertos a balazos y muertos de hambre cerca de 250.000 seres humanos. Con los tres volúmenes sobre La Cristiada, publicados por Jean en Siglo XXI recuperó una gesta, para muchos heroica, del pueblo católico de México. Pero: ¿quién fue ese “pueblo” que se levantó en armas contra el gobierno del general Calles?

En Pro Domo Mea (La Cristiada a la distancia, Siglo XXI), Jean Meyer lo dice con toda claridad: La Cristiada no fue un movimiento ni fundamentalmente agrícola ni fundamentalmente político. “Mantengo que fue un movimiento masivo, popular en su mayoría, nacional en su extensión y no regional, que fue —y entro en el campo peligroso de los juicios de valor—una reacción de legítima defensa de un pueblo que se sintió agredido por sus autoridades.” De un David que no tuvo otra salida que enfrentar a Goliat con la sola arma del escapulario, el pendón de la Virgen de Guadalupe y el grito que entronizaba a Cristo como Rey de México.

Más cáustico y mucho más acertado que cualquiera de los historiadores “oficiales”, don Luis González y González, ese maravilloso autor de Pueblo en vilo, dejó muy claramente dicho qué fue La Cristiada: “para los pueblos la Iglesia es la madre y el Estado el padre; pues bien, en 1926, los hijos (los pueblos) vieron al padre borracho golpear a la madre: se indignaron.”

Así las cosas, lejos de haber sido un conflicto para evitar el reparto agrario o para erigir un proyecto político liderado “por los curas”, La Cristiada fue el levantamiento de un pueblo desesperado, mayoritariamente católico, que quiso defender — y defendió— la vigencia de los sacramentos en su vida cotidiana. Poco a poco el velo se ha ido descorriendo: a cien años de su inicio, ya es tiempo de que se descorra por completo y deje ver a los mexicanos lo que fue de verdad. Para recordarlo y para no repetirlo jamás.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 5 de abril de 2026 No. 1604

 


 

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