Por Martha Morales

La Misa es acción de Dios. Es Dios quien convoca, quien habla, quien se entrega. En cada celebración eucarística se hacen presentes el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: el Padre acoge el sacrificio, el Hijo se entrega, y el Espíritu santifica. Comprender esta dimensión trinitaria nos permite ver que es una acción que Dios realiza por nosotros. En la Misa acontece el sacrificio redentor de Cristo: se actualiza el sacrificio del Calvario. El mismo Jesucristo se ofrece, de manera incruenta al Padre, sin derramamiento de sangre, pero el algo real.

En ella Cristo actúa como Sacerdote eterno, como Víctima y es, al m ismo tiempo, el Altar donde se ofrece. Con la Misa el creyente entra en el acontecimiento central de la Redención. Al iniciar la Misa podemos colocar en la patena del sacerdote el trabajo, la familia, las intenciones y preocupaciones, las alegrías y los dolores y la creación entrena para devolverla al Creador. Es un encuentro real con Cristo vivo en el presente.

Cuando se leen las lecturas, hemos de tomarlas como dirigidas a uno mismo, Jesús nos habla en la Palabra, se entrega en el Sacrificio y, finalmente, se da como alimento. La celebración eucarística es un diálogo de amor entre Dios y el hombre. El Señor sale a nuestro encuentro.

Todo lo que sucede en el altar está llamado a proyectarse hacia nuestro mundo. De la Misa sale la fuerza para amar mejor, para perdonar, para trabajar con sentido, para dar valor redentor a lo pequeño. La Misa puede ser el corazón que da unidad a nuestra existencia. La Eucaristía es un misterio de fe y de amor.

Félix. Ma. Arocena dice: La vida cristiana es ser ofrenda permanente. En la Santa Misa toda la acción de Cristo y la nuestra, se unen. Todos los sacrificios espirituales que somos capaces de realizar a lo largo del día –el deporte, el trabajo, el descanso, las obras de misericordia, el estudio- son un martirio que no es de sangre, pero es un martirio cotidiano, que es la vida cristiana.

Cuidar la Santa Misa cuidando la limpieza y el adorno de nuestra alma. En ella nos sentimos acompañados de personas del mundo entero, de los que tenemos en nuestras intenciones, de creyentes y no creyentes. Cristo está presente entre nosotros en la Misa y podemos decirle, con los Apóstoles: “Quédate con nosotros”.

 
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