Por P. Fernando Pascual
Parece algo sencillo, pero exige tiempo, mente y corazón: acompañar a otras personas, especialmente cuando sufren en su cuerpo o en su espíritu.
Acompañar implica estar allí, abrirse a la escucha, ofrecer palabras y gestos que sirvan para crear puentes, para ayudar, para recibir.
Acompañar requiere su “arte”, porque no basta la simple presencia física para que la otra persona se sienta amada, escuchada, apoyada en sus necesidades.
En ese arte, la disponibilidad ocupa un puesto clave, pues el otro necesita descubrir que estamos a su lado solo por un motivo: para ofrecerle ese cariño que tanto necesita.
Además, el arte de acompañar exige tacto, pues cada uno espera ser ayudado según su modo de ser, con una atención orientada a sus características personales y a su situación concreta.
Es posible que, con buenas intenciones, cometamos errores a la hora de acompañar al otro: no siempre encontramos las palabras adecuadas, ni sabemos escuchar con la suficiente empatía.
Aunque a veces nos equivoquemos, si el otro percibe nuestro afecto auténtico y nuestro deseo de ayudarle, apreciará el rato que estemos a su lado, o el mensaje enviado como un puente que supera distancias.
Luego, quien se ha visto bien acompañado, experimentará esa alegría propia del recibir afecto, como quien descubre que ocupa un lugar importante en el corazón de un amigo verdadero.
En el camino de la vida, todos podemos acompañar a tantas personas en las diferentes situaciones que puedan atravesar. Igualmente, todos podemos experimentar ese consuelo que surge cuando nos vemos bien acompañados, desde el cariño de un familiar o un amigo que ofrece tiempo, manos y corazón para estar ahí, simplemente, a nuestro lado…
Imagen de Gundula Vogel en Pixabay

