Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

El uso y sonido de la campana, podríamos decir, es típicamente católico. Y no sin largas batallas, algunas todavía en pie. Escribo esto a propósito del comentario de algunos fieles católicos bien enterados que, al escuchar repicar la campana durante la inauguración de la pequeña capilla provisional que se construyó para dar inicio formal a lo que será la nueva catedral, comentaron en tono de alegría y gratitud: “¡Qué bueno que se han acordado de nosotros! Ya no estamos solos. Es la voz de Dios que nos llama”, y expresiones semejantes.

¿Qué significa o qué ofrece, pues, el sonido de la campana para un católico? ¿Por qué se extraña su silencio? ¿Por qué su uso milenario en los templos católicos, a pesar de tantas adversidades y ahora en ajuste con la “modernidad”?

La iglesia católica no asumió sin más, sino que reinventó con gran prudencia, esa especie de cilindro que repercutía en templos y fiestas paganas de su entorno. Con sutileza e ingenio fue ampliando la circunferencia inferior con medidas diferenciadas y así se obtuvo variedad de sonidos, con menor rudeza y mayor amplitud, que llegó a cubrir la totalidad de la comunidad o parroquia. Su sonoridad conquistó espacio y formó comunidad. Los feligreses se sentían acogidos, llamados, custodiados e identificados como familia cristiana en torno a la cruz de su parroquia y al campanario de su templo donde resonaba la voz de su Pastor.

Llegó a gozar de tanto aprecio la campana, en particular la que llamaban la “mayor”, que se le recibía con un rito litúrgico casi personalizado: se le rociaba con agua bendita, se signaba con varias cruces, se le ponía el nombre de un santo, se le ungía con el santo crisma y sólo el personal especializado podía hacerla sonar. Ser campanero era una profesión de honor.

Durante su fundición, la cuidadosa trata y medida de los materiales le daba tal sonoridad que al percutirla no solo vibraba el campanario sino el corazón de la comunidad, de modo que se convertía en un “instrumento vivo”, capaz de comunicar alegría y vida sin discriminación alguna. Su sonido vibrante y cálido va a tener que enfrentar dura lucha contra la membrana reseca del altavoz.

La bendición que ahora nos ofrece el ritual católico de las campanas, insiste en la voz de Dios que nos elige y llama, que nos convoca a la escucha de su palabra, a la oración, a la unidad fraterna y a la solidaridad con los gozos y penas con los hermanos para construir la fraternidad. El ritual anterior incluía la protección contra el Diablo, contra los vicios y contra las tempestades.

La gran virtud de la campana es que genera una maravillosa sintonía con el corazón del ser humano y su sensibilidad religiosa, sin agraviarlo con los golpeteos estridentes del instrumental moderno, como lo son el altavoz, la bocina y hasta el micrófono. El abuso de este instrumental no sólo ha dañado el simbolismo cristiano de nuestras campanas, sino que ha endurecido el oído del corazón humano para escuchar a los hermanos y para abrirnos a la comunicación con Dios. El haber convertido sus metales sonoros y gloriosos en cañones asesinos ha sido un símbolo de barbarie que debemos lamentar. La voz de la campana ha sido siempre la primera en llegar.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de mayo de 2026 No. 1609

Imagen de Klaus-Peter Huschka en Pixabay