Por Redacción/El Observador
En México y en distintas partes del mundo, las celebraciones dedicadas a la Virgen María están envueltas en color, música y expresiones sinceras de fe y esperanza que inundan iglesias, calles y hogares. Danzas, pirotecnia, flores y adornos acompañan peregrinaciones —a veces kilométricas— por una sola razón: ella es Nuestra Madre.
Un ejemplo emblemático es la celebración del 12 de diciembre en nuestro país. Durante esta fecha y los días previos, se vive un ambiente de fiesta que cobra su mayor magnitud en la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe. Este recinto reúne, tan solo en ese día, a cerca de 10 millones de peregrinos que acuden para agradecer e implorar a la “Morenita del Tepeyac”.
Aquellas palabras pronunciadas a san Juan Diego en 1531: “¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?”, quedaron grabadas en el corazón del mexicano. Para el pueblo, estas palabras tienen un significado especial: protección, consuelo y amor maternal en momentos de angustia.
Por ello, no resulta ajena la imagen de la Guadalupana en los hogares, las calles, los negocios o en lo alto de un cerro. A María, en sus distintas advocaciones, se le venera y pide su intercesión por lo que es: la Madre de Dios y de la Iglesia.
Madre, Maestra y consejera
Pero, ¿por qué María es la Madre de la Iglesia? Retomando un poco de historia, la Virgen María fue proclamada “Madre de la Iglesia” durante el pontificado de Pablo VI. Tanto el discurso de clausura de la tercera sesión del Concilio Vaticano II (1964), como la encíclica Christi Matri (1966) y la exhortación apostólica Signum Magnum (1967) dan testimonio de ello.
El 21 de noviembre de 1964, el Concilio Vaticano II aprobó la constitución dogmática Lumen Gentium, con la que se completó la principal aportación del Concilio a la mariología. En Lumen Gentium 54 se puede leer:
“Por eso, el sagrado Concilio, al exponer la doctrina sobre la Iglesia, en la que el divino Redentor obra la salvación, se propone explicar cuidadosamente tanto la función de la Santísima Virgen en el misterio del Verbo encarnado y del Cuerpo místico cuanto los deberes de los hombres redimidos para con la Madre de Dios, Madre de Cristo y Madre de los hombres, especialmente de los fieles, sin tener la intención de proponer una doctrina completa sobre María ni resolver las cuestiones que aún no ha dilucidado plenamente la investigación de los teólogos…”
El Papa consideró que Lumen Gentium venía a completar la obra doctrinal del Concilio Ecuménico Vaticano I, al explorar el misterio de la Iglesia y delinear el designio divino sobre su constitución fundamental. Expresó su deseo de que la doctrina sobre el misterio de la Iglesia, tal como había sido formulada, tuviera una feliz repercusión en el corazón de los católicos, para que se llenaran de alegría al ver mejor trazado el rostro de la Esposa de Cristo y la belleza de su Madre y Maestra.
El pontífice agradeció a la Virgen Santa, “a aquella que queremos considerar protectora de este concilio, testigo de nuestros trabajos, nuestra amabilísima consejera, pues a ella, como celeste patrona, juntamente con san José, fueron confiados por el Papa Juan XXIII, desde el comienzo, los trabajos de nuestras sesiones ecuménicas”. Y tras justificar la oportunidad del momento, Pablo VI realizó la siguiente declaración solemne:
“Así pues, para gloria de la Virgen y consuelo nuestro, Nos proclamamos a María Santísima Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa, y queremos que de ahora en adelante sea honrada e invocada por todo el pueblo cristiano con este gratísimo título”.
Christi Matri
A la Virgen María, Pablo VI dedicó dos de sus siete encíclicas. El 29 de abril de 1965, en el segundo año de pontificado, el Papa escribió la encíclica Mense Maio, con la que invitaba a rezar a la Virgen María durante el mes de mayo. En ella hacía un llamado a reforzar la oración dirigida a María Santísima ante el momento histórico que atravesaba la Iglesia, embarcada en la última etapa conciliar, y ante la situación internacional sometida a graves amenazas para la paz. Al referirse a la primera motivación, el Papa utilizó el título de Madre de Dios:
“Para obtener las luces y las bendiciones divinas sobre este cúmulo de trabajo que nos aguarda, Nos colocamos nuestra esperanza en Aquella a quien hemos tenido la alegría de proclamar en la pasada Sesión Madre de la Iglesia”.
Cinco meses después, el 15 de septiembre de 1965, Pablo VI publicó su cuarta encíclica, la segunda dedicada a la Virgen María, titulada Christi Matri. Al igual que la anterior, se trató de un escrito breve, de tono exhortativo, cuya finalidad principal fue llamar a los fieles a intensificar la oración dirigida a la Virgen María durante el mes de octubre. El motivo de esta nueva llamada a la oración fue la situación de creciente tensión que amenazaba la paz internacional. El Papa invocó a María con el título “Madre de la Iglesia” y dejó luminosas pinceladas sobre su significado y su fundamentación en la tradición:
“Hemos de dirigirle instantes y asiduas preces a la que […] hemos proclamado […] Madre de la Iglesia, esto es, madre espiritual de ella” (CM 5).
Signum Magnum
Un año después, Pablo VI publicó la exhortación apostólica Signum Magnum sobre la necesidad de venerar e imitar a María. El documento comienza recordando la emoción con la que el Papa proclamó a la Madre de Dios como “Madre espiritual de la Iglesia”. El texto buscó ampliar la explicación de este título, centrándose en dos puntos:
- ∙ El culto: María resplandece como modelo de virtud ante la comunidad entera de los elegidos.
- ∙ La imitación: Proclamar a María como “Madre de la Iglesia” comporta tres deberes: agradecer a Dios por sus obras en ella, tributarle un culto de alabanza y amor, e imitar sus virtudes como camino seguro para imitar a su Hijo.
Pablo VI concedió el título de “Madre de la Iglesia” a la Virgen María no solo como un título devocional, sino como una verdadera declaración doctrinal. Este título ayuda a comprender el alcance de la maternidad espiritual de la Virgen sobre los fieles y su relación personal con ella. Además, este título lo acompañó en el cumplimiento de su ministerio petrino.
Incluso, el mismo año en que la Iglesia celebró, por mandato del Papa Francisco, la memoria litúrgica de la Virgen María, Madre de la Iglesia, el beato Pablo VI fue canonizado (14 de octubre de 2018).
¿Mediadora o corredentora?
Asimismo, a lo largo de los años, la devoción mariana ha enfrentado cuestionamientos debido al uso de otros títulos como Corredentora y Mediadora. Por ello, en el 2025 se publicó la Nota doctrinal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, Mater Populi fidelis, con la intención de clarificar dichas cuestiones.
Acompañando y alentando el amor a María, la Nota enfatiza que su cooperación en la obra de la salvación es subordinada, participada y de naturaleza materna (intercesión y cercanía). Al mismo tiempo, establece cautela sobre aquellos títulos que, por su ambigüedad o riesgo de malinterpretación (especialmente en un sentido ecuménico), podrían oscurecer la singular mediación sacrificial de Cristo y, por lo tanto, generar confusión en la armonía de las verdades de la fe cristiana.
En los puntos clave de la Nota Doctrinal se aclara lo siguiente:
- ∙ María es un modelo de fe al ser la primera discípula y la expresión más perfecta de la acción de la gracia de Cristo.
- ∙ No es “Corredentora” en un sentido de igualdad; el único mediador es Cristo y, al llamarla así, se corre el riesgo de oscurecer la única mediación salvífica de Cristo (Hch 4, 12).
- ∙ Recibe el título de Mediadora en un sentido subordinado. La terminología se centra en su cooperación y en su protección maternal.
Una vez más, se reafirma que María es Nuestra Madre. Su oración por nosotros tiene un valor y una eficacia que no se puede comparar con cualquier otra intercesión. Ella se manifiesta en las diversas advocaciones marianas e intercede para abrir nuestros corazones a la acción de Cristo en el Espíritu Santo.
Música e inspiración
Lo que María representa para el pueblo de Dios se ve reflejado en cada una de las festividades, en el fervor y en la música que ha inspirado a lo largo de los años a cientos de autores cuyas composiciones hoy, en el siglo XXI, son himnos del clamor popular.
Desde Franz Schubert hasta Bono (U2), creyentes, agnósticos o ateos… intérpretes los más diversos han sucumbido al encanto de María. ¡Cuántas y qué bellas versiones del Ave María! Cuántos intérpretes que, desde la belleza de su voz y sentimiento, nos han ofrecido la plegaria que conmueve y llega al fondo del alma. En iglesias y escenarios, en grandes conciertos al aire libre y en liturgias íntimas, se ha escuchado la plegaria más bella y universal: “Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum”.
La belleza sonora de las obras dirigidas a la Virgen María despierta en los fieles la nostalgia de Dios. En ellas se expresa el dolor que vivió por la pasión y muerte, la necesidad de encomendarse a ella por ser modelo de santidad y el ejemplo que nos guía para asemejarnos a su Hijo.
María es, por tanto, la Madre que inspira, protege, guarda, consuela y acompaña en el día a día. Ella es “Santa María del camino” pues, de su mano, nunca te pierdes.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 10 de mayo de 2026 No. 1609

