Para Evaristo Villar, teólogo y escritor español, el Babel donde “el mundo entero hablaba la misma legua con las mismas palabras” (Gn 11,1-9),  ya no es una torre en Mesopotamia. Ahora tiene fibra óptica, estudios de televisión y cuentas verificadas. Babel desayuna tertulias donde cuatro personas hablan simultáneamente con la convicción de que el volumen sustituye a la razón. Es un político pronunciando la palabra “diálogo” mientras bloquea al opositor en X, la red social antes conocida como Twitter y ahora conocida como “ese sitio donde la gente se insulta con emojis patrióticos”.

Lo que ocurre en cuestión de geopolítica tampoco lo decepciona. Ve soñar a Trump con muros tan grandes que probablemente “quieran verse desde Marte; Putin intenta reconstruir el siglo XIX con tanques del XXI; y Xi Jinping imagina una armonía universal tan perfectamente ordenada que hasta las discrepancias deberían rellenar un formulario previo”. Los tres comparten una nostalgia curiosa: un mundo donde todos hablen, finalmente, el idioma del poder propio. Una Babel global con inteligencia artificial, vigilancia y banderas enormes.

Y pone como ejemplo a España, donde la polarización se ha llevado a niveles de fina artesanía. “Ya no basta con discutir: antes de escuchar una idea necesitamos saber de qué pie ideológico cojea quien la dice. La conversación pública se parece a una cena de Navidad retransmitida en directo: todos interrumpen, nadie escucha y siempre aparece un cuñado explicando Oriente Medio con la seguridad de quien jamás ha encontrado Siria en el mapa”.

Pentecostés: el escandaloso milagro de entenderse

Frente a todo eso, afirma, Pentecostés (Hch 2, 1-15) propone algo casi ofensivo para nuestro tiempo: que personas distintas puedan entenderse sin dejar de ser distintas.

Villar considera que el milagro no es lingüístico, sino moral. “Nadie abandona su lengua, su acento o su cultura. Lo extraordinario es que alguien quiera escuchar de verdad al otro. Y eso, en plena era del algoritmo, resulta sospechoso”.

Y explica cómo las redes sociales han perfeccionado exactamente lo contrario. Son, dice, el anti-Pentecostés: millones de personas hablando el mismo idioma “de indignación permanente y sin comprender absolutamente nada”. Lamenta que el dialecto dominante ya no sea el castellano, sino el “tuit del enfado”: frases cortas, mayúsculas tácticas y una puntuación escrita como si el teléfono celular estuviera ardiendo.

Además, el teólogo considera que Pentecostés desmonta una fantasía muy moderna: creer que la unión exige uniformidad. “La lógica babeliana siempre termina igual: si el otro piensa distinto, sobra. Pentecostés responde a algo mucho más incómodo: quizá precisamente porque es distinto tenga algo que enseñarme”.

Migraciones: donde Babel levanta muros, Pentecostés pone mesas

El fenómeno de la migración es uno de los escenarios más emblemáticos donde esta tensión teológica y política deja de ser un debate teórico para encarnarse en realidades de carne, papeles y ventanillas de la administración pública.

Bajo el lente de Babel, el migrante es el extranjero perpetuo: alguien cuya lengua, comida o religión activa todas las alarmas de identidad. Europa, puntualiza Villar, “levanta vallas con el mismo entusiasmo con que antes levantaba catedrales. Hemos sustituido las torres por burocracias infinitas: formularios imposibles, citas para dentro de ocho meses y sellos administrativos más difíciles de obtener que la vida eterna”.

El resultado, considera, es perverso: “personas que trabajan nuestros campos, cuidan ancianos y sostienen sectores enteros de la economía pagando alquiler, pero jurídicamente viven suspendidas en una especie de purgatorio”.

Pentecostés, asegura, propone lo contrario: regularizar no como limosna moral, sino como reconocimiento. Decirle al otro: “tu cultura también tiene sitio aquí. Porque una sociedad no se rompe por tener muchas culturas; se rompe cuando convierte las diferencias en trincheras permanentes”.

Villar ironiza al decir que quienes más temen la diversidad suelen beneficiarse diariamente de ella. “Les molesta el migrante abstracto, pero no el camarero ecuatoriano, la cuidadora hondureña o el repartidor pakistaní que les trae la cena mientras escriben en internet que ‘ya no cabemos en España’”.

Los diferentes: esos sospechosos habituales

El autor español nos recuerda el detalle incomodo de Pentecostés: los protagonistas son galileos, provincianos sin prestigio, gente a la que la sociedad judía miraba mayormente por encima del hombro. Y que son precisamente esos galileos quienes hacen posible el entendimiento.

“La unión no nace desde arriba, desde emperadores, oligarcas o gurús geopolíticos. Nunca la construyen quienes hablan de “orden mundial” desde alfombras gigantes. La construyen quienes saben lo que significa ser considerados secundarios. Lo mismo pasa en la Iglesia”.

Hoy esos galileos son el migrante, el musulmán, el cristiano marginado, incluso el vecino que vota distinto y al que se trata como si fuera una amenaza para la civilización.

Conclusión: bajar de la torre antes de que se caiga sola

Cómo parte de sus conclusiones, Villar asegura que Babel y Pentecostés no son dos historias antiguas. “Son dos maneras de vivir que compiten cada día dentro de nosotros”.

Por ello, la sociedad elige Babel cuando escucha solo para responder. Elige Pentecostés cuando escucha para comprender. Elige Babel cuando una ley de migración está diseñada para sospechar. Elige Pentecostés cuando está diseñada para integrar.

Evaristo Villar piensa que la diversidad se complica cuando la gente tiene que bajar de la torre. Arriba está cómoda, porque todo parece simple, especialmente las personas. “Pero la vida real ocurre abajo, en el barro de los acentos mezclados, los cafés compartidos y las
conversaciones hasta torpes”.

Esta le parece la ironía definitiva: “después de milenios construyendo imperios, muros y algoritmos para clasificarnos, el verdadero milagro sigue siendo absurdamente sencillo: dos personas distintas que logran entenderse sin dejar de ser distintas”.

Todo lo demás, finaliza, —las cumbres internacionales, los discursos grandilocuentes y los tuits furiosos escritos a las dos de la madrugada— “tal vez no sea más que ruido de obras en la eterna reconstrucción de Babel”.

Con información de religiondigital.org

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de mayo de 2026 No. 1611

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay