Por Rebeca Reynaud

Pentecostés es sin duda una de las mayores solemnidades –tradicionalmente la mayor después de Pascua- del año litúrgico. En algunos lugares se le llama “segunda Pascua” (aunque es impropio). Pentecostés no es una fiesta en honor al Espíritu Santo. Pentecostés es uno de los domingos más importantes del año. Es, también, la conclusión de la Cincuentena pascual. No es una fiesta de “arranque” sino de “plenitud”. El Espíritu Santo es Don del Resucitado.

Don Benito Badrinas, postulador de varias causas de canonización, dice: “La Iglesia no tiene otra misión que la de hacer santos”. Y cuenta que hay un niño de 9 años en proceso de canonización. Si el Bautismo es llamada a la santidad, lo normal es que haya un desarrollo en ese sentido y que muchos laicos sean canonizables. Un bautizado no debe contentarse con una vida mediocre. El Espíritu Santo se esfuerza en tener amistad con nosotras. El es el santificador.

Una persona puede poseer más intensamente al Espíritu Santo si ha sabido sufrir por Jesús, si ha sabido ofrecerle lo pequeño y lo grande. El Papa Juan Pablo II escribe: Jesucristo tomó sobre sí el sufrimiento y la muerte.

“Él ha cambiado el sentido del dolor: debería ser un castigo por las culpas cometidas; en cambio, ahora (…), se ha convertido en materia de una posible ofrenda al amor divino para la formación de una nueva humanidad (…) Jamás un hombre ha sufrido tan intensamente, tan completamente, y este hombre es el Hijo de Dios (…) El sufrimiento humano nunca es enviado por Dios con la finalidad de aplastar, ni disminuir a la persona, ni de impedir su desarrollo. Tiene siempre la finalidad de elevar la calidad de vida, estimulándola a una generosidad mayor (…) Jesús no ha venido a instaurar un paraíso terrenal, de donde esté excluido el dolor. Los que están más íntimamente unidos a su destino, deben esperar el sufrimiento (…) En el designio divino todo dolor, es dolor de parto; contribuye al nacimiento de una nueva humanidad” (Juan Pablo II; Audiencia general, 4 mayo 1983).

Un joven trapense de 25 años, el Hermano Rafael Arnáiz, se dejaba guiar por el Espíritu Santo, y escribió:

A Dios se va por muchos caminos: unos van volando, otros andando, y otros, la mayor parte, a tropezones. “La única ciencia posible en el mundo es colocarnos donde Dios nos tenía destinados”. Enferma gravemente y tiene que regresar a su casa, escribe: Dura, muy dura, es la prueba que estoy pasando, pero ni tiemblo ni me asusto, ni desconfío de Dios. Veo su mano en todo lo que me ocurre. Es dulce abandonarse en las manos de tan buen Padre. Feliz el que sufre por Cristo (…). Cuando yo me fui a la Trapa a Él le entregué todo lo que yo tenía: mi cuerpo y mi alma… Mi entrega fue absoluta y total, muy justo es, pues, que Dios ahora haga de mí lo que le plazca, sin que haya por mi parte ni una queja ni un movimiento de rebeldía. Dios es mi dueño absoluto

San Agustín entendió bien que el Espíritu Santo es Don de Jesús Crucificado, de su dolor, de la Cruz, y rezaba así: “Graba, Señor, tus llagas en mi corazón, para que me sirvan de libro donde pueda leer tu dolor y tu amor; tu dolor, para soportar por ti toda suerte de dolores; tu amor, para menospreciar por el tuyo todos los demás amores”.

 

Imagen de Pete unseth, CC BY-SA 4.0, via Wikimedia Commons