Por P. Fernando Pascual

Toda existencia tiene algo de misterioso. Esta piedra, esta casa, esta persona, existen. Pero la piedra, la casa y la persona podrían no existir.

¿Por qué existen? Las explicaciones pueden ser exhaustivas, hasta llegar a un punto misterioso del pasado donde empezaron los átomos a moverse de un modo único y sorprendente.

Pero el momento inicial de todo el universo no se explica a sí mismo, sino que nos pone ante una causa, un origen, que está más allá y más lejos de todo lo material: un Dios que, en un acto misterioso de amor, quiso que el mundo empezase a existir.

Luego, el proceso cósmico avanzó a través de etapas y cambios sumamente complejos, hasta que llegamos un día a encontrarnos con una piedra, con una casa y con una persona, que podrían no existir, pero que están aquí, ante nosotros, con todo su misterio y sus potencialidades.

En cierto sentido, todo existir es un milagro, porque tiene algo de sorprendente y de maravilloso, porque nos pone ante un designio eterno que, en la mente de Dios, quiso que cada realidad empezase a existir en un momento concreto de la historia.

Incluso uno mismo, yo que pienso y que amo, yo que veo piedras, casas y personas, soy un milagro, porque sé que no existo como algo necesario, sino que solo puedo explicar mi existencia por una conjugación de mil causas que dieron un día origen a mi cuerpo y a mi alma.

Aquí estoy, como un prodigio surgido de las manos de Dios (Sal 139,14), como un milagro que convive con millones de milagros, como un ser humano que se maravilla ante ese don maravilloso de la vida, que empezó un día en esta tierra y que está llamada a existir, eternamente, en el corazón enamorado de un Dios que ama todo lo que ha creado (cf. Sab 11,24-26).

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