Por P. Fernando Pascual
La esperanza está presente en todo lo que hacemos. Nos invita a actuar. Nos abre a conseguir buenos resultados. Nos acompaña en la fatiga.
Así, porque tenemos esperanza vamos a trabajar: lo que hacemos tiene valor y sirve para otros y para uno mismo.
Porque tenemos esperanza pedimos una cita con el médico, para ver cómo estamos y para emprender, cuando haga falta, una terapia de la que esperamos buenos resultados.
Porque tenemos esperanza compramos un libro y empezamos a leerlo, seguros de que nos ayudará a conocer mejor un tema que nos interesa o de que nos acompañará en una trama literaria que nos humanice.
Porque tenemos esperanza rezamos a Dios, abiertos a su Amor, seguros de su presencia en el mundo, confiando que, si le pedimos algo bueno, nos lo concederá según su Voluntad.
Como explicaba el Papa Benedicto XVI, “toda actuación seria y recta del hombre es esperanza en acto” (encíclica Spe salvi, n. 35). Sin esperanza, en cambio, resulta difícil ponernos a trabajar, ni siquiera en asuntos tan sencillos como ir a comprar fruta o buscar unas tijeras en la cocina.
Existe el peligro de tener esperanzas demasiado humanas y en asuntos que van contra el bien. Un general que participa en una guerra injusta “espera” vencer, incluso a costo de eliminar en una batalla a miles de soldados enemigos.
Pero si nos acercamos a Dios, purificaremos nuestras esperanzas humanas, para que se orienten solo hacia lo verdaderamente bueno y justo. Al mismo tiempo, reforzaremos la esperanza cristiana, que se apoya en Dios a lo largo de las diferentes situaciones de la vida.
“La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1817).
Este día emprenderemos muchas acciones. Las ponemos ante Dios, para que nos guíe a la hora de tomar decisiones, y para que mantenga viva nuestra esperanza, apoyados en su fidelidad y en ese gran acontecimiento que da sentido a todo lo que hacemos: la victoria de Cristo el día de Pascua.

