Por P. Fernando Pascual
Una colmena acaba de perder su reina. Tiene huevos recientes. En seguida, las abejas obreras empiezan a construir celdas reales, también llamadas realeras. Hay que “fabricar” abejas reinas.
Surgen las preguntas: ¿quién “enseña” a las obreras jóvenes cómo hacer celdas reales? ¿Dónde “aprendieron” que se trata de celdas diferentes, orientadas hacia abajo y más grandes que las celdas normales?
Además, hay que introducir un huevo en cada una de esas celdas construidas a toda prisa, y ofrecerle una dieta de jalea real, para que en unos 16 días nazca una reina joven preparada para ser fecundada en su vuelo de bodas.
Se podrán ofrecer diversas explicaciones ante un fenómeno tan complejo, y existen muchos otros parecidos en el mundo de los insectos. Porque producir una reina requiere colaboración en un proyecto común de diferentes abejas obreras, casi siempre sin que ninguna de esas obreras haya visto cómo en el pasado otras obreras habían “fabricado” abejas reinas.
Puede satisfacer a muchos la explicación de que las abejas tienen un ADN o unos instintos que les llevan a reaccionar ante la ausencia de una reina con la construcción de celdas reales.
Esa explicación, sin embargo, requiere una no pequeña fe en las leyes naturales y en los instintos para explicar un comportamiento sumamente complejo. Si añadimos, además, el hecho de que se fabrican varias reinas a la vez, y luego la primera reina que nace busca eliminar a sus “hermanas”, la fe tiene que aumentar ante comportamientos tan sofisticados.
Una colmena acaba de quedar huérfana de reina. Un grupo de obreras se pone a trabajar con entusiasmo para “producir” nuevas reinas. En unos días, la reina que triunfe sobre las demás, volará con cientos de abejas, obreras y zánganos, y será fecundada, si todo va bien.
Cuando regrese, esperará unos días y luego empezará a poner huevos de obreras. La colmena, entonces, estará salvada. El sistema ha funcionado. Y el apicultor constata con sorpresa cómo un comportamiento milenario funciona también en nuestro mundo tecnológico.
Gracias a ese comportamiento resulta posible conservar la vida de unos insectos que tantos beneficios producen en el planeta, y que alegran a quienes consumen miel, polen, propóleo y jalea real, productos de abejas generosas y llenas de misterios…

