Por P. Fernando Pascual
Cada uno vive la enfermedad de modo diferente. Todo depende del tipo de enfermedad, de las atenciones que nos ofrecen los médicos, de las terapias, de las limitaciones que provoca en nuestro estilo de vida.
Algunas enfermedades resultan especialmente pesadas, por los dolores que provocan, por la imposibilidad de hacer tantas cosas que quisiéramos poner en práctica.
Gracias a Dios, muchas enfermedades pueden ser curadas, y ello alimenta la esperanza en el enfermo, que descubre ante sí un horizonte para el día del alivio que, según se desea, puede ser casi completo.
Por ello, cuando experimentamos la curación, sentimos alegría, paz, gratitud, y un deseo de reemprender con energía las tareas cotidianas.
Quizá haya consecuencias que duren cierto tiempo, algo de cansancio, y la necesidad de ejercicios para recuperar el movimiento de una parte del cuerpo. Ello alarga por algunas semanas la convalecencia, pero normalmente aceptamos ese tiempo con serenidad.
Luego, cuando un día podemos trabajar a pleno ritmo, cuando empezamos a caminar como antes, cuando el oído percibe mejor los sonidos, cuando la respiración ya está en plena forma, sentimos una enorme alegría.
La experiencia de ser curados nos permite acometer aquello que llevamos en el corazón, deberes que requieren nuestro tiempo, relaciones que deseamos mantener con quienes amamos y nos aman.
No podemos olvidar, sin embargo, que seguimos siendo frágiles. La experiencia de una enfermedad nos recuerda esa vulnerabilidad que a veces nos asusta, pero que es parte integrante de toda existencia humana.
Tampoco deberíamos olvidar a quienes no consiguen la deseada curación, porque no encuentran un buen tratamiento, o porque carecen de dinero para pagar medicinas y hospitales, o porque la enfermedad es, tristemente, incurable.
Hemos sido curados. Empezamos una nueva etapa. Queremos vivirla con gratitud hacia Dios, que nos da esta nueva oportunidad; y con gratitud hacia los médicos y familiares que nos ayudaron.
Queremos vivirla también con una mayor sensibilidad a tantas personas que, cerca o lejos, siguen enfermas y necesitan, como nosotros cuando estábamos enfermos, apoyo, cercanía y esperanza en medio de los sufrimientos que ahora experimentan.
Imagen de fernando zhiminaicela en Pixabay

