Por P. Fernando Pascual
Toda guerra se construye sobre el binomio victoria-derrota: cada ejército busca vencer y hace todo lo posible por no ser derrotado.
Desde luego, las guerras tienen un sinfín de causas, de tipo económico, político, territorial, incluso por motivos personales (honor o parecidos).
Luego, cuando empiezan las hostilidades, cada dirigente, sea general o sea guerrillero, busca alcanzar victorias decisivas, y busca evitar derrotas que puedan arruinar sus aspiraciones de vencer.
Con el pasar del tiempo, las guerras suelen terminar con la victoria de unos y la derrota de otros, aunque hay situaciones en las que no se sabe exactamente quién ganó, o incluso se llega a sospechar que todos perdieron.
Si vamos más a fondo, podremos reconocer que toda guerra es siempre una derrota. Aunque un ejército gane, aunque se hagan fiestas y homenajes por la victoria, el hecho de haber usado la fuerza de unos contra otros siempre es una derrota.
Es derrota de la justicia, porque no habría guerra si los gobernantes y la gente respetase la justicia y resolviese los litigios con un sano espíritu de diálogo.
Es derrota de la vida, por los cientos o miles de soldados, y no soldados, muertos y heridos en las diferentes batallas y otras acciones que dañan ciudades y campos.
Es derrota de la civilización, pues ningún pueblo puede ser verdaderamente civilizado si busca imponer sus intereses sobre otros con el uso arbitrario de la violencia.
La historia humana está llena de guerras, con sus batallas aparatosas o sus conflictos de bajo nivel. También hoy algunos gobiernos o grupos humanos promueven la guerra como camino para defender sus intereses, intereses que en muchas ocasiones son claramente injustos.
Pero la guerra en sí misma es un terrible mal, y todo lo que hagamos por evitarla ayuda a promover un mundo abierto al amor y la justicia. Como enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2308), “todo ciudadano y todo gobernante están obligados a empeñarse en evitar las guerras”.
Frente al dolor de cada guerra, frente al terrible daño que unos y otros se infligen, vale la pena todo esfuerzo por denunciar el recurso a la guerra como uno de los peores males humanos, y por trabajar en favor de la paz basada en la conversión de los corazones, en la justicia, y en el respeto a la vida y a los derechos de todos.

