Por Rebeca Reynaud
Raimo Goyarrola es un sacerdote español que vive en Finlandia hace varios años. Cuenta que iba en un transporte público y un borracho se dirigió a él, quizás porque iba vestido de sacerdote, y le preguntó a voz en cuello: ¡Qué bueno que lo veo! Quisiera saber la diferencia entre el luteranismo y el catolicismo. Él aprovechó la ocasión para explicárselo y varios viajeros dejaron su lectura para escuchar.
Otra vez, salía de su casa y estaban tres chicas jóvenes, con botes de cerveza, al verle le abordó una de ellas diciendo: “Quiero la absolución de mis pecados”. La amiga preguntó: “¿Qué es eso?”. Ninguna era católica. Otra quiso saber más de la conversión. Y el sacerdote aprovecho para explicar, entre otras cosas, que “la conversión es un camino personal” y la absolución, “un regalo de Dios a través del sacramento de la confesión”.
En su 2ª Visita a México, San Juan Pablo II dijo en San Juan de los Lagos:
Cada uno de vosotros, jóvenes amigos, sois los predilectos de la creación de Dios. Por eso habéis sido capacitados por Dios para inundar la tierra de su gloria, de su amor, justicia, vida y verdad (…) Jóvenes de México, no destruyáis vuestras cualidades y valores poniéndoos al servicio de los poderes del mal que existen en el mundo (8 de mayo 1990).
A veces no conocemos nuestra grandeza: El soldado más pequeño de Jesucristo puede tumbar al Goliat más grande de Satanás.
En la pintura de Caravaggio, La vocación de Mateo, Jesús mira a Mateo y extiende su mano: “Sígueme”. Entre ellos se produce un encuentro, un fenómeno de gran riqueza antropológica. Algo, que en el fondo, nos supera. A las personas accedemos así, no a través de lógicas demostraciones, sino mediante el encuentro. Una persona no es demostrable, es “encontrable”. Y lo mismo pasa con Jesús. Un verdadero encuentro no basta con la mera presencia física; no es algo puramente mecánico, biológico o psicológico. Requiere tomar postura respecto a los que reclama nuestra atención.
El encuentro no es algo que se pueda imponer, que se pueda confeccionar, planificar o arreglar, es algo imprevisible. El encuentro nos capta, nos sorprende, tiene un carácter irreductible, posee algo de único, de irrepetible. Y esto, porque el ser humano es así: libre e irreductible. En el cuadro, se ve que Jesús se hace el encontradizo, pasaba por allí. No fue algo que Mateo haya planificado. Caravaggio capta magistralmente los “instantes”: “fotografía” el instante más importante en la vida de Mateo. Hay aquí un encuentro entre lo divino y lo humano.
Sabernos instrumentos de Dios. Instrumentos ineptos y sordos, pero que se ponen a la disposición del Señor: “Aquí me tienes”. Y Él hará.
El pegar fuego, dar doctrina, preocuparse por los demás, es tarea de todos, y es una labor apasionante porque el protagonista principal es Jesús..

