Por José Luis Oliva

Aún hay quien piensa que la Iglesia católica se mueve con lentitud. Y sí, su aproximación formal a la Inteligencia Artificial llegó con cautela (apenas recientemente el Vaticano, a través del Dicasterio para la Doctrina de la Fe, ha profundizado en el tema).

Pero esa percepción ya no alcanza para describir lo que está ocurriendo.

Porque mientras algunos ven lentitud, en la práctica —y particularmente en México— la Iglesia comienza a moverse con una agilidad inesperada, explorando el uso de la IA en distintos frentes pastorales. No es futuro. Es presente.

Primero, la evangelización digital. Equipos pastorales utilizan herramientas de IA para generar contenido, estructurar mensajes y comunicarse con jóvenes en su propio lenguaje. No se trata de ser virales, sino de ser comprensibles.

Segundo, la catequesis asistida. Plataformas como Magisterium AI o ChatLumen permiten responder preguntas sobre fe y moral con base en el Magisterio, reduciendo errores frecuentes en modelos genéricos. Aquí la IA no improvisa: se ancla en la tradición.

Tercero, la formación de líderes. Instituciones como la Academia Internacional de Líderes Católicos ya capacitan a laicos y clero en el uso de herramientas como ChatGPT para comunicación, diseño y planeación. No es moda: es preparación.

Cuarto, la consolidación de la Pastoral Digital. En encuentros recientes en Ciudad de México, representantes diocesanos han trabajado en integrar la IA como herramienta de colaboración. El cambio es claro: de esfuerzos aislados a estrategias coordinadas.

Quinto, el discernimiento ético. La IA se utiliza también para explorar temas complejos, como la bioética, desde una perspectiva cristiana. No sustituye el juicio humano, pero sí lo enriquece.

La postura de la Iglesia es clara: la IA es instrumento, no sustituto. No reemplaza la oración ni la relación personal, pero exige formación y criterio.

Prueba de ello es el ciclo de foros que impulsó la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM), donde se abordan con gran profundidad los desafíos éticos, culturales y humanos de esta tecnología.

La Inteligencia Artificial no está cambiando a la Iglesia desde fuera. La está desafiando desde dentro. Y la pregunta ya no es si debe usarse o no, sino cómo hacerlo sin perder lo esencial: seguir siendo presencia viva en un mundo que ya piensa con máquinas.

El autor es ingeniero especializado en implementación de software empresarial de misión crítica.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 3 de mayo de 2026 No. 1608