Por Carlos Díaz Hernández
“Destruir al hombre es difícil, casi tanto como crearlo; no ha sido fácil, no ha sido breve, pero lo habéis conseguido, alemanes. Henos aquí dóciles bajo vuestras miradas: de nuestra parte nada tenéis que temer: ni actos de rebeldía, ni palabra de desafío, ni siquiera una mirada que juzgue. Es ingenuo, absurdo, e históricamente falso creer que un sistema infernal como el nacionalsocialismo convierta en santos a sus víctimas; por el contrario, las degrada, las asimila a él, tanto más cuanto más vulnerables sean ellas, vacías, privadas de un esqueleto moral o político. El sobrevivir sin haber renunciado a nada del mundo moral propio no ha sido concedido, si exceptuamos aquellos casos en los que la fortuna ha intervenido de una manera directa y poderosa más que a poquísimos individuos superiores, de la madera de los mártires y de los santos”. Ciertamente, la mirada penetrante de Primo Levi es un aviso contra el olvido que amenaza incluso a nuestras formas de recordar.
Después de Auschwitz continúa Auschwitz, no hay una llave que clausure su puerta nunca del todo cancelada. Cuán grande es la habilidad para hacer copias de esas llaves falsas por los victimados al principio y victimadores conforme a la ley del talión que rige nuestras zonas más repulsivas donde el agresor recibe el mismo daño que ha producido, y la víctima se hace culpable del mismo delito. Nuestra forma de recordar olvida incluso que cada uno de nosotros puede convertirse en un Hitler monstruoso en su propia vida cotidiana odiando y matando con saña infinita incluso a los muertos, y cada vez que eso se olvida se recrudece la historia de la humanidad en sus individuos, la filogénesis en su ontogénesis.
Ciertamente, en no pocas ocasiones se habla del horror del odio nazi con el corazón lleno de odio, y eso perpetua la sinrazón en la historia. Entonces somos la schlechte Seite, el lado infausto del género homo. Como máximo se palían los resultados de este ordo intencional en los togados tribunales de justicia, pero perdonar el odio y sus consecuencias —la otra cara del ser humano— es ir más allá de la justicia, que en no pocas ocasiones resulta ser una forma esteticista de asegurar la impunidad. Pero el perdón hunde sus raíces más allá incluso del bien y del mal, razón por cual no hay palabras para él porque su última palabra es el silencio operante dentro del ordo amoris intencional, siendo la historia del perdón la historia de ese último silencio dinámico. La palabra perdón, profiéranla los labios que la profieran, es inferior al silencio del perdón del que brota.
Pero, gracias a la liberación del presente y del futuro de la carga que imponen los actos perversos cometidos en el pasado y en el presente —un presente inmediatamente pasado—, el perdón como acto intencional resulta insuperable en su capacidad de anular ese presente y ese pasado en orden a un futuro devenido presente perpetuo: el corazón duro en alma bella, el corazón de piedra mutado en cor/razón sin fisura maléfica. Ahora el tiempo se ha convertido al mismo tiempo en pasado, presente y futuro, esa utopía que san Agustín reputaba impensable racionalmente. El perdón nos convierte de este modo en extratemporales dentro del tiempo, en suprahistóricos en el seno más íntimo de la historia, incipit vita nova, se acabó el odio por odio y culpa por culpa. La victoria del amor es la única posible sobre la derrota del odio, pues acaba con las vendettas, que son las guerras de los monederos falsos.
El perdón no es compatible con la amnesia, la amnesia es una frivolidad del re/cuerdo, de aquello que nos hace cuerdos con un cor/razón activo, alerta, combativo. Cuando la memoria decae, también el perdón. Si no recordamos la ofensa, no perdonamos. Mientras estamos conscientes, el alzheimer existencial es incompatible con la desmemoria y con la pereza. Hay que recordar lo acontecido para no repetirlo, pero recordarlo como perdonado, como gozosamente desculpabilizado, entonces el perdón rompe las cadenas del mal, el perdón desencadena, “el dolor del daño, de lo perdido quizás irrecuperablemente, se convierte bajo la perspectiva del perdón en motivación para construir un presente y un futuro liberados. Olvidar ni es ni puede ser perdonar. Un perdón que hiciese desaparecer la irreversibilidad del daño producido, que minimizase sus efectos o dilúyese la responsabilidad del victimario se convertiría en cómplice de la injusticia, imposibilitándose para ser partera de un nuevo comienzo. Por esta misma razón, el perdón no puede unificar a la víctima y al victimario en una comunidad indiferenciada de culpables del tipo ‘puesto que todos somos pecadores debemos perdonarnos todo’. El supuesto ‘nosotros’ que los engloba carga con una herida, con una brecha, que ha de ser reconocida”.
El perdón lo pulveriza todo, incluso la mirada de la historia, que carga intencionalmente con una herida que clava a los culpables a la luz de sus pasados, sin capacidad para revertir nada. Pero, dentro de la historia universal, están (y ello exige un rigor en la descripción fenomenológica de los individuos concretos) los atlantes santos que sostienen sobre sus espaldas el peso de la bola del mundo y de sus inmundicias. Sodoma y Gomorra se salvarán por un solo santo, que nos dice con Hillell: el mundo está mal, algo hay que hacer; si los demás no lo hacen, ¿por qué no lo hago yo?”. Ese movimiento intencional amoroso del justo (el que Platón calificó como ‘aquel que es capaz de soportar las mayores ignominias hasta la muerte, y muerte en la cruz’) constituye una obligación existencial de cada persona, de lo contrario estaremos echando más leña a la caldera de fuego de Auschwitz, más madera, como los hermanos Marx.
¿Podríamos minimizar la historia del odio individual y maximalizar el común a todos, aunque los crímenes contra la humanidad representen un exceso de mal imposible de comprender, un mal radical? Lo diabólico en la historia de la (in)humanidad, lo separador antítesis de lo simbólico congregador, es una carga pesada que no se hubiera tenido en pie si no la hubiésemos sostenido los individuos con nuestros pies de barro. No hay culpabilidad universal sin culpabilidad particular, aunque no sean iguales las conductas de Hitler, Stalin o Trump que san Francisco de Asís, no hay simetría entre los individuos y la humanidad. No todos somos iguales, pero pocos los mejores; las secuelas del odio no sólo aplastan a las víctimas, sino también al conjunto de la sociedad. Si empezásemos a acusarnos de todos los crímenes desde la prehistoria, no quedaría en pie un solo inocente sobre la tierra, ni por ende nadie capaz de adoptar la posición de juez o de árbitro. El perdón podría ser una de las formas en la que las víctimas del odio luchan contra lo irreversible histórico.
¿Quién podría arrogarse la posibilidad de perdonar en nombre de la víctima?, ¿sería una acción límite en los límites, la posibilidad radical, incondicionada y gratuita de lo imposible, la ruptura de la lógica vencida por el amor sin rastro de odio, independiente del arrepentimiento, ni siquiera reclamada por el culpable, sin contraprestaciónes ni contrapartidas condicionales ni sujeta a intercambio?
Lo indudable es que perdonar desencadena en la persona el proceso de conversión; perdonar moviliza todos los ámbitos de la persona; perdonar abre la interioridad a la alteridad; perdonar reestructura el proceso relacional; perdonar fundamenta una nueva personalidad; perdonar transforma la dimensión político-social; perdonar exige la conversión del propio corazón; perdonar supera toda barrera, incluso la del victimario que no pide perdón: suplet ecclesia… El poder de perdonar no muere en los campos de la muerte.
El autor es filósofo, uno de los grandes intérpretes del pensamiento de Emmanuel Mounier y difusor del personalismo comunitario en todo el mundo. Ha publicado más de 300 libros, entre ellos Amo, luego existo.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de mayo de 2026 No. 1611

