Por Jaime Septién
El papa León XIV fue a África a confirmar en la fe a millones de seres humanos que representan el futuro inmediato del catolicismo en el mundo. Aunque oficialmente México (101 millones) y Brasil (115 millones) vayan a la cabeza de los países católicos, es África (Congo ocupa ya el quinto lugar después de Filipinas y Estados Unidos –donde muchos hispanos católicos son mexicanos) el continente en el que la Iglesia crece con mayor rapidez.
“No me interesa en lo más mínimo debatir con Donald Trump”, cortó tajante el Papa a los periodistas que le insistían en que continuara una polémica que solamente interesa al propio Trump y a su vicepresidente J. D. Vance. Las cosas en Irán y el Estrecho de Ormuz o los papeles del archivo de J. Epstein no van bien para la Casa Blanca. Y el manual de la política indica que el control de daños tiene, casi por fuerza, que encontrar un “enemigo” a quien echarle la culpa de los fracasos y de los peligros.
Escucho voces católicas que vuelven con el estribillo: “¿Por qué el Papa se mete en política?” Pienso que esas voces están cayendo en una trampa que desde hace siglos le han tendido a la Iglesia los propios políticos. La atraen para repelerla porque saben muy bien su arrastre en el mundo. Mil 400 millones de católicos respaldan mayoritariamente al Papa. Por lo tanto, representan una pieza de cacería mayor. “Si gano la polémica tengo garantizado mi poder”. Pero se equivocan de cabo a rabo tanto los políticos que llevan ese ardid en la boca como quienes piden que el Papa esté calladito, lanzando bendiciones y hablando de santos.
El “siervo de los siervos de Dios”, es decir, el Papa, tiene una sola misión: propagar el amor de Cristo y hacerlo visible por la fe. Y el amor, hasta donde yo sé, no tiene fronteras ni partidos ni busca pasar a los libros de la Historia (con mayúscula). Es algo pequeñito, apenas perceptible, que cambia a los hombres y los vuelve hermanos. Cosa que a los malos políticos les cae en la punta del hígado.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 26 de abril de 2026 No. 1607

