Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
El tatuaje es un dibujo grabado en la piel humana que se logra introduciendo materias colorantes bajo la epidermis. No puede borrarse, lo dibujado queda, a menos de un tratamiento doloroso y peligroso. Hubo el caso de un hombre que se tatuó el cuerpo entero, excepto el rostro, sin dejar limpio ni un centímetro cuadrado de piel. Era una pintura ambulante. Un fresco en dos pies.
Hace unos meses, en una ciudad de la India, encarcelaron a una mujer durante dos semanas por haber robado un bolso. Antes de liberarla, además de darle una paliza, le tatuaron la frente con la palabra jebkatri, ladrona. Por donde vaya desde ahora hasta el fin de su vida, la mujer irá marcada y humillada por una acción que cometió una vez en tiempos pasados como si su persona, su ser, su existencia, se identificaran con aquel hecho delictivo. Nadie es ladrón, ni colérico ni orgulloso minuto a minuto de día y de noche, a tiempo completo.
Por eso nos parece excesivo y humillante el tatuaje con que marcaron para siempre a la pobre mujer, sin reflexionar que nosotros también tatuamos a ese ente bípedo llamado prójimo o próximo y que en realidad deberíamos llamar “lejano”, porque nos importa un cuerno, un pito, un soberano comino.
Tatuar a los demás, he aquí el juego en que todos participamos. Este es un jacobino de la era terciaria, aquel un conservador petrificado, el de más allá un comerciante hambreador del pueblo y aquel con cara de beata es un hipócrita bien maquillado. Mi mujer es superficial y frívola, según el tatuaje que le aplica el marido, lo único que tiene profundo es el sueño.
A cada gente la fichamos, la etiquetamos, la encasillamos, como si en verdad la conociéramos a fondo y como si la gente jamás pudiera cambiar.
Somos tan expertos en el arte de tatuar a los demás, que nos formamos una idea inmovilista de la persona según damos por hecho que es como a nosotros nos parece y que nuestro juicio es seguro e inapelable.
Así somos de duros, inflexibles e intransigentes para juzgar a los demás, mientras somos benignos y miopes para juzgarnos a nosotros mismos.
El ingenioso comediógrafo Bernard George Shaw, nacido en Dublín, Premio Nobel de Literatura 1925, escribía: Me hubiera gustado vivir bajo el Primer Imperio, porque en aquella época sólo había uno que se creía Napoleón. En cambio hoy, nos creemos tan impolutos e invictos napoleones que tatuamos y manchamos a los demás, mientras creemos que somos los únicos de piel de magnolia y corazón de diamante.
Artículo publicado en El Sol de México, 23 de junio de 1994; El Sol de San Luis, 25 de junio de 1994.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 24 de mayo de 2026 No. 1611

