Por P. Fernando Pascual

Nos causa pena y confusión ver que algunos pecados se repiten una y otra vez. Los confesamos con un gesto de humildad, deseamos romper con el mal hábito, pero el pecado reaparece, hasta llevarnos a pensar que no vamos a poder superarlo.

Surge la tentación de rendirnos, de tirar la toalla. ¿Para qué confesarnos, si luego volveremos a caer? ¿Para qué hacer propósitos si sabemos que no los vamos a cumplir?

La tentación puede incluso dañar nuestro modo de ver a Dios. Sabemos que es misericordioso, pero su misericordia no anula su justicia. Quizá Dios se cansa de perdonarnos una y otra vez. Quizá piensa que no tenemos remedio…

Es una tentación terrible que nos empuja hacia la falta de esperanza. Para vencerla, necesitamos una gran ayuda de Dios y una reacción firme desde la fe: creo que Dios es más grande que mis pecados; creo que desea perdonarme; creo que, si me dejo ayudar y pongo los medios adecuados, siempre puedo volver a empezar.

Ante esos pecados que se repiten necesito abrir los ojos al mensaje del Evangelio, y recordar que Cristo no vino por los justos, sino por los pecadores. Yo soy uno de esos “escogidos”, yo soy uno de esos hombres y mujeres que caen y se levantan, que experimentan siempre esa maravillosa mirada de Amor misericordioso del Maestro.

Hay que luchar, hay que poner medios, hay que evitar las ocasiones próximas de pecado, hay que ser prudentes y firmes. Pero si vuelvo a caer, será más fuerte mi confianza en Dios, hasta abrirme a su gracia y volver, con pena pero con esperanza, a pedir nuevamente perdón en el sacramento de la penitencia.

No sé lo que ocurrirá mañana, ni si tendré fuerzas para vencer tentaciones que vuelven una y otra vez. Pero estaré seguro de que Dios está a mi lado, y con Él siempre es posible el milagro de la conversión; una conversión quizá por ahora solo en cosas pequeñas, pero que un día puede llevarme a romper con un pecado repetido y a corresponder con amor a quien tanto me ama.

 
Imagen de mleonascimento0 en Pixabay