RECORDAR PARA NO REPETIR: A CIEN AÑOS DE LA CRISTIADA

Por Luis Alfonso Orozco, LC

Antecedentes

Más de un siglo de la historia de nuestro país estuvo marcado por las difíciles relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica, religión predominante en México. La tensión ejercida por los diversos gobernantes contra los católicos desde mediados del siglo XIX culminó en los años álgidos de 1926-1929 con el estallido de la guerra cristera o Cristiada, llamada así por tratarse de una verdadera epopeya de los católicos mexicanos en defensa de sus derechos más sagrados. Las Constituciones, tanto de 1857 como la de 1917, lesionaban estos derechos humanos elementales.

Gobiernos de la revolución

Con la llegada al poder de ciertos generales de la revolución, en especial Álvaro Obregón (1920-1924) y sobre todo Plutarco Elías Calles, aumentó considerablemente la persecución contra la Iglesia y los católicos, quienes conformaban entonces el 98% de la población. El presidente Elías Calles (1924-1928) estaba decidido a “desfanatizar” a México [1], por los medios que fueran, y se hizo sordo al diálogo y a los requerimientos de los obispos y de la sociedad para respetar su derecho a practicar libremente su fe católica. Su actitud intransigente con la Iglesia católica y la aplicación del código penal que reformó en materia de religión en 1926, conocida como “Ley Calles “, fueron la causa del levantamiento armado de los católicos mexicanos en defensa de sus derechos ultrajados, una vez que habían agotado todos los recursos.

Para la generación que vivió esa época de cambios sociales profundos era imposible permanecer ajenos al conflicto, porque vieron comprometidos su fe y sus derechos humanos elementales. Participar en la Cristiada significó para muchos mexicanos el ser protagonistas de los grandes acontecimientos que han marcado nuestra historia nacional; se vieron arrastrados por las aguas revueltas del río negro llamado “Revolución” en que estaba convertido México. Los jóvenes de la ACJM (Asociación Católica de la Juventud Mexicana) y todos los católicos de esa época –nuestros abuelos– tenían muy claro que en conciencia actuaban por una causa justa. La defensa de la fe y del derecho a la libertad de culto, que se veían amenazados por el gobierno de Calles, era considerada una misión ante la cual no podían permanecer indiferentes. ¡Primero hay que obedecer a Dios antes que a los hombres! [2].

La Cristiada fue un levantamiento popular

Los cristeros tomaron las armas en 1926 como último recurso que les quedaba para defender su fe y sus vidas ante la intransigencia del gobierno federal, sin que los obispos ni los sacerdotes les hubieran incitado a ello, como muchas veces se ha afirmado de manera falsa y gratuita. Es importante que esto quede claro para respetar la verdad histórica: no fue la jerarquía eclesial la que inició el movimiento cristero. Fueron los católicos mexicanos quienes asumieron la defensa armada de su fe bajo su riesgo y responsabilidad, pues se trataba de personas adultas y sabían lo que hacían. Afirmar lo contrario –que fue el clero quien los movió a tomar las armas– es simplemente deformar la verdad histórica.

El alzamiento de los católicos no fue una revolución más de las que estaban en curso, ni mucho menos una rebelión de forajidos; se trató del recurso a la legítima defensa contra el dictador opresor. Así surgieron los cristeros, nombre despectivo que les aplicaron los soldados federales a los campesinos católicos alzados en armas. Y cristeros sería el nombre con que serían universalmente conocidos. Sin embargo, inicialmente ellos se denominaban a sí mismos, Ejército Nacional de Liberación, con sus tres proclamas públicas: ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Virgen de Guadalupe! y ¡Viva México!, que eran al mismo tiempo su grito de combate.

La Guerra

El levantamiento cristero o Cristiada es uno de los capítulos menos conocidos de la historia en México. Se trata de una epopeya heroica en defensa de la fe, cuyo protagonista fue el valiente pueblo católico mexicano, y que produjo numerosos mártires durante los años que se extendió el conflicto. Es importante que se sepa la verdad, porque un pueblo que desconoce su propia historia no sabe de dónde viene ni a dónde va exactamente. La gesta de los cristeros mexicanos y de los numerosos mártires que murieron en la defensa de la fe, a 100 años de que sucedieron los hechos, debe ser recuperada para la memoria nacional, valorada como amerita y conocida por los católicos del presente y del futuro. Otro motivo que habla de la importancia de la epopeya cristera en México quedó ratificado el 21 de mayo del año dos mil, cuando el Papa Juan Pablo II canonizó en Roma a los primeros 25 mártires mexicanos de la persecución cristera, 22 de ellos sacerdotes. Y la posterior beatificación de 13 mártires –3 sacerdotes y 10 seglares–, el 20 de noviembre 2005 en Guadalajara.

La Cristiada fue una guerra sangrienta y fratricida que no alcanzó a cubrir todo el territorio nacional, pero que se desarrolló con mayor intensidad en la zona centro occidental: Guanajuato, Jalisco, Michoacán, Colima, sur de Zacatecas y sur de Durango fueron los principales escenarios de la lucha. Para 1929 había ya cerca de cincuenta mil cristeros levantados en armas en las sierras y campos de México, quienes contaron con el apoyo logístico que se les brindaba desde ciudades y pueblos por parte de los miembros de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa y de la admirable organización femenina las Brigadas Santa Juana de Arco.

El ejército federal no pudo derrotar a los cristeros en los campos de batalla, a pesar de contar con armamento y efectivos muy superiores en cantidad. A los cristeros los animaba una santa causa que los motivaba profundamente, al grito solemne de “¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva la Santísima Virgen de Guadalupe!”, mientras que los soldados federales peleaban obligados y sin motivación, aliados de los agraristas, quienes eran grupos de campesinos armados que luchaban contra los cristeros, con la promesa de obtener tierras; vestían igual que los cristeros, pero eran enemigos de su causa.

Rasgos de la Cristiada

La guerra cristera, 1926-1929, fue especialmente intensa en la región de los Altos de Jalisco, en el sur de Jalisco, en Guanajuato, en Michoacán, en Zacatecas y en Colima. Desde sus orígenes y a lo largo de la contienda, se trató de una guerra eminentemente rural. El gobierno federal controlaba las ciudades, mientras que los cristeros eran dueños del campo y de las poblaciones menores. Siempre fue una guerra desigual; una epopeya entre Goliat y un nuevo David cristero. El principal problema que detenía a los cristeros era el aprovisionamiento de municiones y de armas, que en buena parte dependía de las que arrebataban a los soldados federales en combate, y otra parte no menos despreciable les era suministrada por las heroicas brigadas femeninas Santa Juana de Arco, las cuales arriesgaban su vida para llevar parque y víveres a los campamentos cristeros, escondiéndolos bajo sus vestidos. Algunas de estas heroicas mujeres también dieron su vida, al quedar descubiertas por el enemigo, pero prefirieron ser deportadas a la prisión de las Islas Marías, o morir como mártires con el grito de ¡Viva Cristo Rey! en sus labios, antes que traicionar la santa causa. Los heroicos cristeros tuvieron su complemento en las no menos admirables mujeres de las brigadas Santa Juana de Arco [3].

Solamente 5 sacerdotes –de los cerca de 4 mil que había entonces en México– tomaron las armas, desobedeciendo a los obispos y por su cuenta y riesgo. Los sacerdotes combatientes más famosos fueron el P. José Reyes Vega y P. Aristeo Pedroza [4], ambos de Jalisco. Según Jean Meyer, el historiador francés autor de la trilogía titulada La Cristiada, por cada baja cristera resultaron tres los caídos en el bando contrario, entre soldados federales o agraristas que luchaban contra los cristeros. En 1929 el balance de la guerra se inclinaba a favor de los cristeros, pero el fin de la contienda se veía muy lejos y, debido a su escasez de municiones, era prácticamente imposible que pudieran derrocar al gobierno, el cual además contaba con el apoyo material y político de los Estados Unidos. Ni el gobierno había podido con los cristeros, ni estos tenían la victoria cercana, aunque sí habían causado serios dolores de cabeza al gobierno federal, quien ya miraba con preocupación y más respeto el alzamiento cristero. La situación parecía prolongarse indefinidamente sobre todo con agravio para el pueblo creyente, privado por casi tres años de sus sacerdotes y alejado de los sacramentos y del culto religioso. Esto era lo que más preocupaba a la jerarquía católica mexicana y también a Roma que seguía atentamente de cerca los hechos.

En junio de 1929 se calcula que habría cerca 50 mil cristeros en armas por los campos y serranías del país, organizados en mandos militares, cuando el Gobierno y algunos obispos mexicanos –luego de hacer estas consultas a la Santa Sede– pactaron un cese al fuego. Al repique de las campanas los cristeros se desbandaron como habían venido, muchos sin tomarse la pena de presentarse a las autoridades para recibir el salvoconducto y la amnistía prometida, que después se vio no resultó tal. Los cristeros se habían levantado espontáneamente y de la misma manera comenzaron a regresar a sus jacales, a sus ranchos –si es que aún existían–, a sus pobres milpas para labrar la tierra. Regresaban tan pobres como habían salido. Ya no había Causa. La Causa, como ellos decían, había sido la de Cristo y de su Madre Santísima. Cristo había vuelto a sus altares, las campanas de las iglesias y templos sonaban de nuevo por los campos y los valles; poco a poco los “padrecitos” volvían a decir misa; muchos sacerdotes habían sido sacrificados como mártires de la fe, y los que estaban escondidos, ahora volvían a celebrar públicamente. La guerra terminaba como había empezado: prácticamente de la nada. El gobierno federal no pudo vencer a los cristeros en los campos de batalla.

Testimonio del cristero Francisco Campos

El 31 de julio de 1926, unos hombres hicieron que Dios nuestro Señor se ausentara de sus templos, de sus altares, de los hogares de los católicos; pero otros hombres hicieron de modo que volviera. Estos no vieron que el gobierno contaba con innumerables soldados, armas y dinero incalculable; no lo vieron, lo que vieron fue la defensa de su Dios, de su Religión de su Madre la Santa Iglesia, esto fue lo que vieron. No les importaba a esos hombres dejar a sus padres, sus hijos, sus mujeres y cuanto tenían; marcharon a los campos de batalla, a buscar a Dios nuestro Señor. Los torrentes, las montañas, los bosques, las colinas son testigos de que esos hombres hablaban a Dios nuestro Señor gritando el santo nombre ¡Viva Cristo Rey, Viva la Santísima Virgen de Guadalupe! ¡Viva México! Los mismos lugares son testigos de que esos hombres regaron el suelo con su sangre y que, no contentos con esto, dieron su misma vida para que Dios nuestro Señor volviera, y Dios nuestro Señor, viendo que esos hombres lo buscaban de verdad, tuvo la bondad de volver a sus iglesias, a sus altares, a los hogares de los católicos, como podemos verlo hoy [5].

Los “arreglos” de 1929

A los obispos mexicanos (la mayoría estaban en el exilio) y a la Santa Sede les preocupaba mucho el hecho de que el pueblo católico llevaba ya tres años privado del culto y del ministerio de sus sacerdotes, quienes vivían escondidos porque el gobierno mataba o encarcelaba a los sacerdotes que lo-graba capturar. En los tres años de la guerra cristera se dieron cerca de cien martirios de sacerdotes. El caso más famoso fue el fusilamiento del mártir Padre Miguel Agustín Pro, ordenado por Calles y llevado a cabo en la ciudad de México en noviembre de 1927 y ante numerosos reporteros de prensa. Su martirio fue conocido en muchos países, y con ello se supo también de la persecución religiosa que padecía México.

En mayo de 1929 se empezó entonces a hablar de llegar a algún acuerdo con el gobierno, que ya no estaba en manos de Calles sino de su sucesor, Emilio Portes Gil. Así pues, el cese formal del conflicto se dio en junio de 1929, con los llamados “arreglos” entre el gobierno de Emilio Portes Gil y unos representantes del episcopado mexicano: el obispo de Tabasco Pascual Díaz y el arzobispo de Morelia Leopoldo Ruiz y Flores, quienes actuaron de buena fe, confiados en la palabra del ejecutivo, aunque de modo precipitado porque no pudieron consultar a otros obispos mexicanos, quienes estaban en el exilio. Todo esto se llevó deprisa [6] y a espaldas de los insurrectos, por lo que significó para muchos combatientes cristeros convencidos, como una traición. Jesús Degollado Guízar, el general jefe de los cristeros, obedeció la orden de dejar las armas y fue entonces cuando vino la traición gubernamental y la cacería de jefes y cristeros amnistiados.

La mayoría entregó las armas obedeciendo las órdenes de la jerarquía católica y otros, los menos, continuaron en la lucha al menos para defender la vida [7], porque una vez que entregaron las armas comenzó la cacería y asesinato vil de los cristeros, allí donde se les encontraba desarmados. Fue el gobierno quien alevosamente faltó a su palabra. Varios veteranos cristeros dan fe de esto en sus respectivas Memorias, como las del mismo general Jesús Degollado Guízar, de Heriberto Navarrete (“Por Dios y por la Patria”) o también otro general cristero José G. Gutiérrez en su libro “Mis recuerdos de la guerra cristera”.

Como premio a la fidelidad de los héroes de la Cristiada, la máxima autoridad de la Iglesia Católica, el Papa Juan Pablo II, donó a México la canonización del primer grupo de 25 mártires de la guerra cristera, durante el Gran Jubileo en Roma, el 21 de mayo del 2000. Y el 20 noviembre de 2005 se tuvo la beatificación de otros 13 mártires en Guadalajara [8].

Los mártires de Cristo Rey

Popularmente la gente habla de los “mártires cristeros”, dado que fueron muchos los que murieron por la fe al grito sagrado de “¡Viva Cristo Rey!”, fuera en los campos de batalla o ante el paredón de fusilamiento. Los méritos de todos esos héroes y sinceros católicos defensores de la fe Dios los tiene bien presentes, porque al Juez Supremo nada se le escapa. Sin embargo, la Iglesia es prudente al declarar a una persona como mártir y elevarla a los altares –beato o santo– dado que se convierte en un referente universal, digno de imitación y de devoción popular. Por eso lo correcto es llamarlos mártires de Cristo Rey, y no mártires cristeros, a quienes la autoridad suprema de la Iglesia ha elevado a los altares, y que fueron el fruto más valioso de toda aquella época de persecución violenta que sufrió México y el catolicismo durante largas décadas del siglo veinte.

Entre nuestros mártires más conocidos destacan Sto. Toribio Romo, que tiene un gran santuario en la localidad de Sta. Ana de Guadalupe, Jal., y el jovencito de Sahuayo, José Sánchez del Río. Jalisco cuenta nada menos que con 17 santuarios de mártires de Cristo Rey, todo un tesoro poco conocido y digno de visitar en peregrinación. Este año del centenario es muy recomendable para visitar algunos de estos santuarios.

Apéndice

El Juramento Cristero (habla por sí solo del espíritu que animaba a los cristeros)

Yo, NN, prometo solemnemente, por mi palabra y por mi honor de caballero, y juro delante de Dios, Juez Supremo, que me tendrá en cuenta todos mis actos, y ante nuestra Madre y Reina Sta. María de Guadalupe, Patrona del Ejército libertador:

Trabajar con todo entusiasmo por la noble causa de Dios y de la Patria, y luchar hasta vencer o morir, adhiriéndome al plan del Movimiento libertador.

Juro también obediencia y subordinación a mis superiores y evitar todas las dificultades con mis hermanos en la lucha, olvidando rencores personales, a fin de obrar en todo de acuerdo hasta obtener el triunfo. Juro, además, que por ningún motivo o circunstancia revelaré algo que pueda comprometer a mis hermanos en la lucha, sino que prefiero morir antes que ser traidor de la santa Causa.

Prometo y juro, finalmente, por la salvación eterna de mi alma, portarme como verdadero cristiano y no manchar la santa Causa que defendemos, con actos indignos.

(Juramento al pie del volcán de Colima, cf. Spectator, Los cristeros del volcán de Colima)

Heroínas de México

Las mujeres mexicanas no empuñaron las armas para defender su derecho a profesar la fe, mas no se quedaron al margen de la Santa Causa que todo el pueblo fiel defendía. Miles de jóvenes y señoras valientes se organizaron y fundaron las Brigadas Santa Juana de Arco, nacidas con el fin de equipar con pertrechos, municiones, ropa y medicinas a los combatientes cristeros que andaban dispersos en las montañas y en los campos de México. Ellas fueron las dignas compañeras de los cristeros porque se portaron a la misma altura de los varones en la defensa de la fe. Ellas merecen la gratitud y la admiración del pueblo mexicano fiel por aquella heroica gesta que supo dar a Cristo el primer lugar y al César lo que le corresponde.

Y este ejército de mujeres, casi todas jovencitas, estuvo a la altura del heroísmo en multitud de ocasiones. Con abnegación, alegría y santo empeño, sin medir fatigas, ni peligros, tomaron a cuentas el cargo de proveer al Ejército de los cruzados de Cristo, de todo lo que era necesario: armas, parque, ropa, medicinas. Más aún, ellas mismas se daban sus artes para llevarlo al campo cristero cuando no había comisiona-dos para ello. Forradas con chalecos dobles de manta que las cubrían desde el pecho hasta las piernas, llevaban en ellos, entre tela y tela aquel su corsé o chaleco, una cantidad enorme de cartuchos que fuera de esos corsés, en alguna bolsa, por ejemplo, era difícil sostener por el peso de ellos. Y así caminaban en trenes y tranvías y aun a pie. Y descubiertas más de alguna ocasión, fueron torturadas, sin que el dolor del tormento jamás les hiciese descubrir nada, ni de su organización, ni de sus compañeros, ni de las personas que mediante ellas cooperaban en la cruzada cristera, con dinero, ropa u otros menesteres. [9]

Bibliografía recomendada para conocer más

  • Memorias de Jesús Degollado Guízar, editorial Jus, México 1957
  • Jean Meyer, La Cristiada (3 volúmenes), vv. Ediciones. Es la obra históri-ca básica
  • Lauro López Beltrán, La persecución religiosa en México, Tradición
  • Heriberto Navarrete, Por Dios y por la Patria, Tradición
  • Spectator, Los cristeros del volcán de Colima, Jus, dos vols., México 1961
  • Gutiérrez Gutiérrez José, Mis recuerdos de la gesta cristera, Guadalajara 1975
  • Hernández Quesada Alfredo, A salto de mata. Recomiendo visitar el museo de la Cristiada, en Encarnación de Díaz, Jal., cuyo fundador es el mismo autor.
  • Orozco Luis Alfonso, Madera de Héroes, 3ª ed., México 2026
  • Ídem, Martirio en México durante la persecución religiosa, Porrúa México 2006
  • Ídem, Héroes sin gloria, México, 2023

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  1. El presidente Plutarco Elías Calles manifestó al diplomático francés Ernest Lagarde, en agosto de 1926: “cada semana que transcurra sin ejercicios religiosos hará perder a la religión católica el dos por ciento de sus fieles…” y añade Lagarde que Calles “estaba decidido a terminar con la Iglesia y a desembarazar de ella a su país de una vez por todas”. Cf. MEYER Jean, La Cristiada, Siglo XXI ed., México 1973, tomo 1, p. 7
  2. Cf. Hechos 5, 29: “Obedecer a Dios antes que a los hombres” es un principio bíblico donde san Pedro y los apóstoles enfatizan la importancia de priorizar la obediencia a Dios por encima de cualquier autoridad humana.
  3. Sobre las Brigadas Femeninas, lamentablemente se dispone de muy poca información, debido en parte a que sus archivos fueron quemados después de terminada la Cristiada.
  4. Los Padres Reyes Vega y Aristeo Pedroza fueron de los poquísimos sacerdotes –cinco en total– que toma-ron las armas durante el conflicto cristero, por su cuenta y riesgo. Los otros tres fueron los Padres Carranza, Leopoldo Gálvez y Pérez Aldape. Cf. Positio Super Martyrio Christophori Magallanes, Vol I, Roma 1991, p. 33-34
  5. Este es el admirable testimonio de un cristero de Durango, Francisco Campos, reportado por Jean Meyer. Cf. MEYER, o.c., tomo 3, p. 314-315
  6. Al gobierno norteamericano le urgían esos “arreglos” para que el nuevo presidente, Portes Gil, ratificara los acuerdos de Bucareli, firmados con Á. Obregón en 1923, donde les favorecía en la explotación del petróleo mexicano.
  7. A los cristeros en armas se les llamó “La Segunda” o el “Rescoldo”, hasta su fin en 1940. Véase la admirable novela testimonial de Antonio Estrada, Rescoldo, donde narra los pormenores de su padre Florencio Estrada y los últimos cristeros de Durango.
  8. Uno de ellos, José Sánchez del Río, ya es santo canonizado.
  9. Cf. Spectator, Los cristeros del volcán de Colima I, ed. Jus, México 1961, pp. 335-336

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 31 de mayo de 2026 No. 1612