Por Martha Morales

El proceso de cada discípulo fue un caminar largo. Ellos vieron su entrega, sus sacrificios, sus milagros, su espíritu de servicio y su oración. Y ellos se fueron transformando, y más aún con la venida del Espíritu Santo.

En el correr de la vida hemos recibido heridas que han creado caos. Para anestesiar ese dolor a veces caemos en conductas destructivas que dañan nuestro ser y a las personas que amamos. Estas ataduras deben ser liberadas por el Señor, pero requiere nuestra colaboración, nuestra correspondencia a la gracia. Para cambiar hace falta leer la Palabra de Dios.

Jesús nos pide amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Hemos de estar en paz para anunciar la paz. El enemigo crea caos, confusión, pero tenemos a la fe que nos defiende y las palabras de la Escritura. La batalla es de cada día. Hay miedos, resentimientos, inseguridades, vacíos, son enemigos invisibles, pero presentes. Si dejamos de orar estamos desprotegidos, podemos ser presa de nuestros enemigos.

En el combate espiritual la Palabra es nuestra espada y acudimos a la oración revestidos de la Verdad, dice San Pablo (cfr. Efesios 6, 10-18).

¿Por qué tenemos que orar? Para recibir la sabiduría, solos no podemos. La oración es un diálogo entre nosotros y nuestro Padre Dios. La lectura de la Palabra alimenta nuestra oración. Hay muchos modos de hacer oración. Cada uno encuentra el modo más adecuado: oración rezada, cantada, dialogada, meditada, escrita, comunitaria y de pánico.

Lo ideal es hacerla en un lugar donde haya soledad y se preste al recogimiento. Silenciamos nuestra mente y dejamos en alerta a nuestros sentidos para escuchar la voz de Dios. Pedir: “Señor, quiero escuchar tu voz, quiero conocer tu voluntad para mí. Ilumíname, no sé hacer oración, pero quiero contarte mis cosas”. El deseo de hacer oración ya es orar, dice San Agustín. El Señor pide una oración constante y esta oración nos lleva a la presencia de Dios durante el día.

Al levantarnos orar: “Gracias Señor por un nuevo amanecer, te ofrezco este día para el bien de mi país, de mi casa y de los más necesitados”.

La oración debe ser el centro y el cimiento de nuestra casa, es decir, hay que construir sobre roca para que no se empantane nuestra vida. Somos dependientes de Dios, Él nos sostiene en los momentos difíciles. Dios es lo único absoluto.

Pedirle al Espíritu que nos ayude a hacer la oración, nos apoya para que estemos alerta y para no desanimarnos. El Espíritu intercede por nosotros, dice la Carta a los Romanos. Nuestra oración siempre es escuchada, pero los tiempos de Dios son distintos a los nuestros, por eso hay que perseverar.

Espíritu Santo inspírame lo que deba pensar, callar, escribir, lo que deba hacer para tu gloria y mi propia santidad. Dame agudeza para aprender y entender, gracia y eficacia para hablar, dame acierto al empezar y perfección al acabar. Madre, intercede por nuestra sanación.

La gran tentación puesta por el enemigo, es creer que no somos amados, que no somos escuchados, y eso es una gran mentira. Somos valorados a tal grado por Dios, que Él envió a su Hijo para cada uno de nosotros. Él pagó un gran precio por nosotros, no nos compró con oro y plata, sino con su Preciosa Sangre.

Jesús nos anima a perseverar, podemos empezar con cinco o diez minutos de oración diariamente. Si no sé por dónde empezar puedo tomar el Evangelio y leer meditando algún pasaje, rumiando cada palabra. Hay un folleto que nos lleva de la mano a hacer oración, se llama “15 minutos en compañía de Jesús Sacramentado”. Otros libros que ayudan a hacer oración son: Camino, de san Josemaría Escrivá, y El y yo, de Gabriela Bossis.

Los tres tanques de energía son: la oración, los sacramentos y el servicio a la comunidad. Los defectos de carácter pueden ser subsanados a través de la oración y la Confesión sacramental.

Todo es posible cuando la Virgen intercede, de ella es la victoria.

 
Imagen de Václav Závada en Pixabay