Por P. Fernando Pascual
Hay momentos en los que surgen dudas sobre el amor de Dios. Una enfermedad, un fracaso, un pecado que no desaparece, lleva a las personas a dudar de que Dios les ame.
La duda puede ser más intensa ante el sufrimiento de un ser querido. ¿Cómo es posible que Dios permita el dolor de un niño inocente, el desprestigio de quien es calumniado falsamente, la decepción de quien se descubre traicionado por la esposa o por el esposo?
Nos cuesta sufrir cuando no encontramos sentido al propio dolor, y nos cuesta, a veces más, ver sufrir a otros. Entonces surge una duda sobre Dios, que llamamos Padre pero que parece guardar un silencio incomprensible.
Cada uno afronta esa duda de maneras diferentes, pero no resulta fácil continuar en el camino de la vida con una pregunta íntima y difícil: ¿dónde está Dios ante este sufrimiento?
La respuesta de la fe nos dice que Dios está siempre a nuestro lado. Incluso nos hace reconocer que la gran respuesta fue dada en el Calvario y en la mañana de la Pascua.
El corazón, sin embargo, necesita hacer suya esa respuesta, hasta descubrir en la Pascua el consuelo y la luz que permite ver el sufrimiento de otra manera, unido a un amor que solo Dios nos puede dar.
Entonces uno puede dejar a un lado la duda sobre el amor de Dios, y empezar un camino interior que lleva a la esperanza, que sostiene la fe, que infunde la caridad verdadera.
No todo se resolverá, pero al menos la vida se afrontará de una manera nueva y única cuando superamos la duda del amor de Dios y cuando renovamos la certeza que nos lleva a confesarlo como Padre bueno, misericordioso y siempre cercano a todo sufrimiento humano.
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