Por Martha Morales
Este divino nombre es una mina de riquezas, escribe Paul O’Sullivan. Cada vez que decimos este nombre deseamos ofrecer a Dios todas las Misas dichas en todo el mundo por nuestras intenciones y, además, participamos de ellas. Al decir “Jesús” ofrecemos las Misas celebradas para gloria de Dios, por nuestras intenciones y por el mundo entero.
El nombre de Jesús nos salva de innumerables males y nos rescata del poder del enemigo. Este nombre nos irá llenando de paz gradualmente. Refuerza de tal manera que nuestros sufrimientos parecen ligeros. San Pablo escribe: “Todo cuanto hacéis, sea de palabra o de obra, sea hecho en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Col 3, 17).
Muchas personas que no pueden dormir encontrarán ayuda y consolación si invocan en esos momentos de insomnio el santo nombre de Jesús.
Santa Matilde ofrecía la Pasión del Señor junto con las Misas celebradas en el mundo por las ánimas del purgatorio. Nuestro Señor le mostró cientos de almas que subían al Cielo como resultado de su oración.
Podemos consolar a Jesús diciendo: “Jesús, te quiero, te adoro en todas las hostias consagradas, y te doy gracias por haberte quedado entre nosotros y en los tabernáculos”.
Cuando nuestro Señor colgaba de la cruz, nos vio a todos y ofreció sus dolores por nosotros y cada gota de su Sangre. Al comulgar Dios viene a nosotros con toda la plenitud de su divinidad, viene con un amor infinito y espera una respuesta de cada uno de nosotros.
Jacques Philippe escribe: «Bienaventurado quien sabe descansar en Dios, en la confianza y la esperanza. Bienaventurado el que permite a Dios reposar en su corazón, quien no fatiga a Dios con su incredulidad…
Bienaventurado aquel cuyo corazón pacificado se convierte también en un lugar de descanso para sus hermanos y sabe acogerlos con ternura y bondad…
Si nos dejamos pacificar por Dios creciendo en la fe, la esperanza, el amor, la amistad con Jesús el Príncipe de la Paz, entonces seremos artífices de paz, verdaderamente pacíficos podremos ofrecer nuestro corazón como el hogar de paz y de descanso a quienes el Señor pone en nuestro camino (cfr. Jacques Philippe, “Bienaventurados los pacíficos”, en La felicidad en donde no se espera, Ed. Rialp).
En una revelación privada Jesús nos dice:
SON YA SIGLOS QUE EL HOMBRE ME LLAMA, Y SIEMPRE CON POCO AMOR. JESUS
Santo, soberano y glorioso es Mi Nombre en el Cielo y venerado en la tierra. Al resonar de este Mi nombre, huye todo el infierno y el que Me invoca, el que Me llama de corazón, encuentra lo que pierde, se consuela en toda aflicción y abre el corazón a la esperanza.
He determinado dar a quien Me invoca con afecto, con fe, una especial recompensa en el Cielo: tantas veces Me llamó en la tierra y otras tantas será alabado por todos los bienaventurados en el Cielo. Pero el que Me llama distraídamente o por costumbre, ¿qué quiere de Mí si ni siquiera repara en Mi Nombre? Mi Nombre no da fuerza si no Me aman; no puede suscitar sentimientos de piedad si no se pronuncia con el corazón más que con los labios. ¿Quién conoce el poder que encierra el Nombre que Me dio Mi Padre? ¿Quién conoce la dulzura que contiene este nombre que fue revelado a Mi Madre Virgen?
Son ya siglos que el mundo Me llama y siempre con poco amor. ¡Qué letanias de distraídos llegan a Mis oídos sensibles y atentos! Pero, ¿por qué no me entienden, no reflexionan que sólo Yo tengo el santo, el glorioso Nombre que es salvación y amor?
Llámenme siempre con confianza. Sin pensar si tienen gracias que pedirme; mientras menos Me pidan, más recibirán. Llámenme siempre porque quiero estar cerca de ustedes y darles todo de Mí. A toda hora, de noche, de día, en el trabajo, en todas partes, llámenme apasionadamente: ¡JESUS!

