Para los niños
Había una vez, en un lejano rincón del antiguo mundo, dos hombres que cambiaron la historia con su valentía y fe. Se llamaban Pedro y Pablo, y sus vidas estuvieron llenas de aventuras, desafíos y milagros. Pedro, cuyo nombre real era Simón, era un humilde pescador que vivía cerca del mar de Galilea. Pasaba sus días lanzando redes al agua y recogiendo peces.
Un día, conoció a un hombre muy especial llamado Jesús. Jesús le dijo: “Sígueme, y te haré pescador de hombres”. Desde ese momento, Simón dejó sus redes y siguió a Jesús, quien le dio el nombre de Pedro, que significa “piedra”. De esta manera, Pedro se convirtió en uno de los apóstoles más cercanos a Jesús y fue testigo de muchos milagros.
Por otro lado, Pablo, cuyo nombre original era Saulo, tenía una vida muy diferente. Era un hombre educado y seguidor de las leyes judías, conocido por perseguir a los primeros cristianos. Un día, mientras viajaba a Damasco, una luz brillante lo rodeó y cayó al suelo. Escuchó una voz que le decía: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Era Jesús hablándole desde el cielo.
Saulo quedó ciego, pero después de tres días, un hombre llamado Ananías le devolvió la vista y lo bautizó. Desde ese día, Saulo se convirtió en Pablo y dedicó su vida a predicar el mensaje de Jesús. Pedro y Pablo no se conocieron al principio, pero sus caminos se cruzaron mientras llevaban el mensaje de Jesús por todo el mundo. Pedro se quedó en Jerusalén, mientras que Pablo viajaba por muchas ciudades.
Hoy, san Pedro y san Pablo son honrados como fundadores de la Iglesia de Roma. Este 29 de junio, celebramos su solemnidad porque juntos representan todo el Evangelio de Cristo.
Imagen de Iglesia de Concepción, Chile

