Por P. Fernando Pascual

La encíclica Magnifica humanitas (MH, firmada el 15 de mayo de 2026) del Papa León XIV, dedica el capítulo quinto al tema de la guerra en el contexto del uso de las nuevas tecnologías y de la inteligencia artificial (IA).

Como señala el Papa, la “revolución digital está modificando la gramática de los conflictos. […] La IA entra en estos procesos como factor de aceleración, en un contexto en el que muchas tecnologías son intrínsecamente ambivalentes: lo que nace para proteger puede convertirse rápidamente en ataque, y la frontera entre protección y agresión tiende a difuminarse. La IA puede potenciar la defensa y la protección de los civiles, pero también puede bajar el umbral del uso de la fuerza, hacer opacas las responsabilidades y alimentar una cultura en la que el enemigo queda reducido a un dato y la víctima a un daño colateral” (MH, n. 183).

En este tema se evidencia claramente la contraposición de dos perspectivas: la que promueve una cultura del poder, y la que busca instaurar la civilización del amor. Ambas perspectivas quedan reflejadas en las imágenes expuestas en el prólogo: la de la torre de Babel, y la de la reconstrucción de Jerusalén en tiempo del gobernador Nehemías (MH, n. 184).

La encíclica ofrece luego una serie de análisis sobre la situación mundial a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. En ese largo periodo conviven esfuerzos por promover la paz y evitar nuevos conflictos, y tendencias que abrazan una “cultura del poder”, que llega incluso a “normalizar” la guerra como camino para imponer los intereses de algunos, mientras presenciamos un fuerte rearme de varios países (MH, nn. 188-196).

En esta situación, la IA altera el modo de usar las armas y de percibir sus efectos. Existe el peligro de producir y usar armas dotadas de “autonomía operativa” (MH, nn. 197-198). Como señala Magnifica humanitas, “no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable. La IA no libera al conflicto de su intrínseca inhumanidad: solo puede hacerlo más rápido e impersonal, bajando el umbral del recurso a la violencia y transformando la defensa en previsión operativa, con las víctimas reducidas a datos” (MH, n. 198).

Frente a ese peligro, el Papa propone criterios éticos irrenunciables y concretos: la responsabilidad personal, contar con el tiempo necesario para un juicio moral, proteger a los civiles, establecer reglas compartidas, entre otros (MH, nn. 199-200).

A continuación, la encíclica recuerda otros aspectos de la situación en la que vivimos: la crisis del multilateralismo (MH, nn. 201-204), la tendencia a aceptar como útil un supuesto realismo político, que, contrariamente a lo que su nombre indica, huye de la verdad y deja a un lado los límites éticos (MH, nn. 204-209).

Frente a los nuevos peligros, la encíclica invita a trabajar en la construcción de una civilización del amor a partir de un texto de Pablo VI (MH, nn. 186-187 y 210-228). El cristiano reconoce el mal que existe en el mundo, pero sabe ir más allá de ese mal, pues ve la historia de un modo más completo. “No interpretamos el presente como un destino cerrado, sino como un campo abierto a la conversión personal y colectiva. Y creemos en la fuerza del Reino, que se desarrolla a partir de la pequeñez de un grano de mostaza, como una semilla que, una vez sembrada, brota y crece (cf. Mc 4,26-32)” (MH, n. 210).

El compromiso a favor del bien puede parecer desproporcionado, pero resulta fecundo desde la confianza en Dios. Por eso cada uno puede poner su parte y asumir aquella responsabilidad que le corresponde, sabiendo que otros luego seguirán la tarea (MH, nn. 211-213). A continuación, el Papa expone diversos ámbitos para construir la civilización del amor. El primero consiste en desarmar las palabras, superando prejuicios y cuidando el modo de hablar, sin miedo a decir la verdad, y con un deseo de aconsejar y apoyar a quienes necesitan consuelo (MH, n. 214). Otro ámbito se encuentra en la búsqueda de la justicia, requisito necesario para que haya paz (MH, n. 215). Igualmente, hay que saber atender a las víctimas, pues no podemos vivir con indiferencia ante quienes sufren cualquier forma de injusticia (MH, nn. 216-217). Y hay que adoptar una visión realista que no es cinismo ni resignación, sino búsqueda de lo que sea posible llevar a cabo a favor de la paz y de la tutela de los civiles (MH, n. 218).

El ámbito del diálogo también aparece en esta sección. El diálogo se da a nivel interpersonal y a nivel político. En este segundo nivel, hace falta aprender a escuchar, a respetar, a promover una cultura de la negociación, todo ello desde el encuentro con el otro, también con el diferente, el extranjero o el que tiene otra religión (MH, nn. 219-223). Del diálogo surge la defensa de la diplomacia y del multilateralismo, abordado en siguientes números de esta sección (MH, nn. 224-227). La encíclica se fija aquí, nuevamente, en algunos peligros que pueden surgir desde usos equivocados de la IA: “los ataques informáticos, la manipulación de datos y las campañas de influencia orquestadas con la ayuda de la IA pueden desestabilizar países enteros, incluso antes de que se llegue a un enfrentamiento armado abierto” (MH, n. 225). Esos peligros invitan a una mayor atención, al mismo tiempo que se impone la tarea de relanzar organizaciones internacionales, como la ONU, para que puedan promover eficazmente la paz entre los hombres (MH, n. 226).

El capítulo quinto termina con una invitación a confiar en Dios, pues el trabajo por la paz solo puede nutrirse desde la oración. “No nos cansemos de orar por la paz y de comprometernos a hacerla realidad en nuestras relaciones y en la sociedad” (MH, n. 228).

 
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