Por Juan Diego Camarillo
En el día en que celebramos la Natividad de San Juan Bautista ha circulado una noticia lamentable: el sacerdote español Damián María Montes ha anunciado que abandona el ministerio sacerdotal.
Damián María Montes era conocido en el ámbito de las redes sociales, especialmente en TikTok, donde compartía sus dotes artísticos y reflexiones sobre diversos temas y cuestiones delicadas relacionadas con la Iglesia y el mundo.
Sin embargo, su caso no es aislado. En los últimos años hemos conocido a otros sacerdotes con una importante presencia mediática que también han dejado el ministerio. Cada historia tiene circunstancias distintas y merece ser vista con respeto y prudencia. No obstante, estos casos invitan a una reflexión que vale la pena plantear desde la comunicación.
¿Qué reflexión o qué consejo puede ofrecerse a un sacerdote que comunica en el espacio público? ¿Cómo deben relacionarse la Iglesia y sus ministros con una cultura digital en la que la audiencia suele seguir más al creador de contenido que al contenido mismo?
Desde la experiencia del Evangelio encontramos una frase de San Juan Bautista que bien podría convertirse en el manual de estilo de todo sacerdote comunicador: «Es necesario que Él crezca y que yo disminuya». (Jn 3,30)
Esta afirmación parece contradecir la lógica influencer, donde con frecuencia se busca ser visto, construir una audiencia o fortalecer una marca personal. Dar rostro a un perfil no es un problema en sí mismo; el desafío aparece cuando el protagonista deja de ser Cristo.
Pienso que el antídoto frente a esta situación es mirar la comunicación con una lógica más cercana al periodismo que a las tendencias. Las estrategias digitales cambian constantemente y se adaptan a cada época; el periodismo, en cambio, ofrece principios más estables sobre los cuales apoyarse para custodiar y transmitir la noticia más extraordinaria de todas: Jesucristo.
A lo largo de los años hemos visto sacerdotes comunicadores sólidos en su ministerio, fieles evangelizadores y poco interesados en el protagonismo. Los vimos en la televisión, los escuchamos en la radio, permanecieron discretos detrás de una columna, una redacción o un micrófono. Estaban presentes, pero su presencia nunca fue más importante que el mensaje que anunciaban.
Esta realidad también representa una llamada de atención para los seminarios. La comunicación debe ocupar un lugar importante en la formación sacerdotal, no sólo desde la técnica, sino también desde la reflexión sobre sus fundamentos, riesgos y responsabilidades.
Cuando un seminarista, una religiosa o un sacerdote asumen sin discernimiento la lógica de los influencers, corren el riesgo de depender excesivamente de una visibilidad pública que, por naturaleza, es cambiante y frágil. La tentación consiste en sostenerse en los números, el alcance o el reconocimiento, olvidando que la verdadera fortaleza del ministerio proviene de Cristo.
El periodismo, entendido como servicio, ofrece una perspectiva distinta. Su pregunta fundamental es: «¿Qué es importante que la gente conozca?». Aplicada a la evangelización, esa pregunta se transforma en otra: «¿Qué es importante que la gente conozca de Cristo?».
La lógica de las redes sociales, en cambio, puede llevarnos —a veces sin que lo advirtamos— a formular una pregunta diferente: «¿Qué hará que la gente me vea?».
La distancia entre ambas preguntas parece pequeña, pero en realidad marca dos formas muy distintas de entender la comunicación.
Pidamos hoy la intercesión de San Juan Bautista para que, como él, sepamos reconocer el lugar que nos corresponde. Somos canales, observadores y testigos de la realidad más maravillosa de la historia: el Verbo se encarnó, murió, resucitó y permanece con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
De nosotros depende elegir qué perfil comunicador buscar: El personaje de reconocimiento efímero o ser la voz del Pastor que permanece para siempre.
Como decía san Josemaría Escrivá: «Que sólo Jesús se luzca».
Disminuir no significa desaparecer. Significa comprender que nuestra voz, nuestros talentos y nuestros medios de comunicación encuentran su plenitud cuando ayudan a que otros descubran a Cristo. El Señor sabrá recompensar todo esfuerzo que, en lugar de dirigir las miradas hacia nosotros, las conduzca hacia Él.

