Por Rebeca Reynaud

Estamos llamados a mejorar el mundo y la cultura de nuestro tiempo. ¿Qué es lo que más ha dañado la cultura de nuestro tiempo? Me atrevería a mencionar la ideología de género. Nuestro tiempo se caracteriza por la confusión: moral, religiosa, de identidades y más.

Santo Tomás escribe que sólo hay dos bienes que pueden presentarse como absolutos, y, por lo tanto, guiar el resto de las acciones: la gloria de Dios o la propia estima.

Juan Casiano, del siglo IV, dice: “No es tanto lo que se gana por la práctica de un ayuno como lo que se pierde por un momento de cólera; y el fruto que sacamos de la lectura, no iguala al daño que nos causamos por el menosprecio de un hermano” (Colaciones I, 7). Por consiguiente, conviene supeditar las cosas que están en un plano secundario, a la caridad, virtud primordial.

Toda la vida de Jesús estuvo dirigida a hacer la Voluntad de su Padre celestial. Sus primeras palabras: “debo dedicarme a las cosas de mi Padre”. Sus últimas palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

El Señor nos explica que quiere que nos habituemos a hacer todo por Él, que no esperemos que de cada cosa que hagamos recibamos un halago o una recompensa. Nos pide que pongamos nuestra caridad a un nivel mayor. Si no esperamos nada de nadie es más fácil ver a Cristo en lo que hacemos y en las demás. Hay que decirle al Señor: “Esto lo hago por ti”. Para tener libertad de espíritu hemos de tener rectitud de intención.

Cuando se dice que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,27), se está refiriendo fundamentalmente a la llamada a la santidad que tiene todo hombre. Decía una persona: “Yo busco mis intereses”. El interés, como lo define el Diccionario de la Lengua Española, supone “provecho, utilidad, ganancia”; es decir, un beneficio habitualmente material y a corto plazo. El egoísmo nos empequeñece, nos hace poco felices.

Una mística francesa, dramaturga, escribe: Yo le pregunté: Señor ¿en qué consiste unirse a ti? – El me respondió: Es simplemente pensar en mí. Hablar conmigo como en el seno de una íntima amistad. Es buscar mis intereses. Es sufrir por causa mía. Es recordar mis sufrimientos. Es dejar que el amor corra hacia dentro de mi propio amor en todo momento (1er Cuaderno 244).

Leamos lo que le dice a Gabriela Bossis: Yo te he dado todo lo que posees, y soy capaz todavía de doblar mis dones. Yo puedo santificarte en un instante; pero me gusta tu lento y paciente trabajo, que te mantiene en la humildad. Busca la humildad amorosa. Te elevará. El desaliento no ha levantado jamás a nadie. Camina. Y hazme el honor de llamarme en tu auxilio (315).

La batalla que nosotros, soldados, debemos combatir es la más importante, la más necesaria, la más urgente de todas las guerras que se combaten en el mundo. La más necesaria porque del éxito de esta batalla depende la vida o la muerte eterna. La más urgente porque las fuerzas bien organizadas y bien dirigidas del Mal quieren el predominio sobre las fuerzas del Bien y el prevalecer de éste sería determinante para el futuro de la Iglesia y del mundo. La más importante, si no quieren sucumbir en el tiempo y en la eternidad. Hay una gigantesca lucha que, desde la creación del hombre, está en acto en el mundo.

Dios fija sus ojos en el alma humilde. Sólo el alma humilde es capaz de mover la omnipotencia de Dios y de entrar en el Corazón de Jesús. ¿Por qué tanta insistencia en la humildad? Porque es la base de la posibilidad de las virtudes humanas y de las infusas. Dios se acerca al corazón humilde. Las críticas internas son parte de la soberbia de la vida. Cualquier juicio se hace desde el trono, porque el que juzga es el juez. Si juzgamos nos sentamos en el trono.

Estar dispuestos a ser nadie a los ojos del mundo. Lo nuestro es ser “instrumentos de la misericordia de Dios”. No estamos luchando sólo para salvarnos, sino para llevar a muchos al Cielo. La santidad no es una suma. Un solo acto en el momento de la muerte puede hacer a un santo, en el abandono y la confianza absoluta. Dios es como Sansón, pierde su fuerza de juez cuando un alma le expresa la fidelidad de su amor. No porque ese amor sea un gran amor, sino porque es el más grande que ella le puede ofrecer. Entonces le toca en lo más vivo.

También debemos convivir con la debilidad propia y la de los demás.

 
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