Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Aristóteles (384-322 a.C.) nos ofrece en su Retórica un análisis preciso sobre el miedo: ‘El miedo es un cierto pesar o turbación, nacidos de la imagen de que es inminente un mal destructivo o penoso… Los males demasiado lejanos no dan miedo, ciertamente; todo el mundo sabe que morirá, pero, como no es cosa próxima, nadie se preocupa’ (Libro II, 5.1, Biblioteca Clásica Gredos.
Entre nosotros aparece, por el contrario, una turbación producida por un miedo social o por la inseguridad, por el bache criminal e impune por el cual pasa nuestro pueblo, ante narrativas optimistas que chocan con la realidad: desaparecidos, crímenes, extorciones, endeudamiento billonario.
Hay que reconocerlo, las instituciones políticas, sociales y económicas, han sido rebasadas por la inconciencia ética, con el riesgo inminente de posturas dictatoriales, de control, no de soluciones reales y conformes a la dignidad y grandeza de toda persona humana en las condiciones insustituibles de la búsqueda del bien común.
Necesitamos vivir la superación del miedo mediante una confianza absoluta en Dios, al estilo de Jesús nuestro Redentor y asumiendo nuestras responsabilidades. Él nos invita ‘a no tener miedo’ (cf Mt 10, 26-33).
Si crece el miedo decrece la confianza en Dios. En Jesús y por Jesús, hemos de vivir con paz y sin miedo y sin angustias.
Necesito esa experiencia de Dios, esa que se experimenta grandemente en el corazón.
Dios me ama incondicionalmente, pero he de responder a su amor con una confianza ilimitada, al estilo de los santos como Charles de Foucault:
‘Padre, me pondo en tus manos, haz de mí lo que quieras, lo acepto todo con tal de que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus creaturas…’
Por supuesto que existen miedos humanos y el santo temor de Dios, principio de la sabiduría, que se debe de entender como amor reverencial a Dios nuestro Padre y a todo lo santo. Este santo temor, es una confianza ilimitada en el amor y en la omnipotencia de Dios, aunque permita nuestro sufrimiento en virtud de un bien mayor. Es Dios quien nos da la seguridad que busca el niño en brazos de su madre.
Quien ama a Dios no tiene miedo (cf 1Jn 4, 18).
El que cree en Jesús, como adhesión plena a él, no se asusta ante nada, porque estamos en las manos de Dios nuestro Padre.
Imagen de Lauren H. en Pixabay

