RECORDAR PARA NO REPETIR: A CIEN AÑOS DE LA CRISTIADA

Por P. Tomás de Híjar Ornelas

Nada o muy poco sabríamos hoy en día de los primeros cristeros mexicanos sin las investigaciones de los doctores Andrés Cervantes Varela y Ulises Íñiguez Mendoza, que literalmente descubrieron en el Plan de Nuevo Urecho, un manifiesto político que se publicó el 3 de marzo de 1875, lanzado por Abraham González y Antonio Reza en la comunidad michoacana de aquel nombre, y en el que proponían nada menos que abolir, empuñando las armas contra el gobierno federal, la Constitución de 1857, por su carácter anticatólico. Su argumento fundamental consistía en un principio del todo congruente: el dislate de no tener los católicos en su país reconocimiento público, siendo mayoría absoluta.

Ahora bien, los dardos de los sublevados se lanzaron directamente en contra de una sola persona, el presidente de México Sebastián Lerdo de Tejada, cuya política pasó del anticlericalismo al anticatolicismo, pues no sólo elevó al rango constitucional las leyes de reforma, que luego de haberse restaurado la república y la sobredicha Constitución carecía ya de sustento, sino que quitaban de un tirón la sutura al caso “sentimiento religioso de la nación”, pues se aplicaban principal y casi únicamente contra las prácticas, usos y costumbres de la cultura popular mexicana desde la confesión católica en la que se había modelado durante más de 300 años.

Orígenes del levantamiento religionero

Gracias a los sobredichos investigadores sabemos lo siguiente:

  • Que en 1833, a muy pocos años de la independencia de México y no mucho después de que la Valladolid novohispana pasara a denominarse Morelia en reconocimiento al caudillo e ideólogo don José María, presbítero que fue del clero de Michoacán, tuvo lugar allí el primer alzamiento que tuvo como divisa “Religión y fueros”.
  • Que a mediados de 1850 ese argumento alcanzó más definición ideológica y capacidad armada y de convocatoria.
  • Que tal irritación se enardeció hasta llegar a las guerras de Reforma (1858-1860) e Intervención (1862-1867) desde sus dos bandos, el liberal y el conservador, siendo el suyo un caso del todo distinto al de tantos forajidos y bandoleros, que bajo la menor provocación hacían suya causas que se reducían a pretextos para medrar al margen de la ley y de la incapacidad de gobiernos en bancarrota para someterlos de forma enérgica.

Descubren nuestros investigadores el recuerdo no siempre memorable de algunos de estos cabecillas religioneros / cristeros, pues ambos adjetivos se les aplicaron, y de ellos  recuerdan a Jesús González, el Ranchero, José María Castañeda y Socorro Reyes, que descollarán al lado de militares de carrera que lo perdieron todo con la caída del Segundo Imperio Mexicano, por haber participado a su favor, tal y como pasó con Juan de Dios Rodríguez y Eulogio Cárdenas y Blas Torres, pero también el de militares del bando liberal moderado que rompieron con sus correligionarios radicales, siendo esa la situación de Abraham Castañeda e Inés Arredondo.

Los embates a la propiedad comunal indígena

Un asunto no menor y apenas todavía analizado, que azuzó a los malquerientes del gobierno anticlerical / anticatólico en este contexto que aquí resaltamos, el del Plan de Nuevo Urecho, para abolir la Constitución de 1857 ya anticatólica con las adiciones lerdistas, es –nos dicen Cervantes e Íñiguez–, el de las “representaciones”, desde dos ramas, la forma en la que la cultura popular mexicana asimiló el catolicismo bajo los lineamientos del concilio de Trento y sin mezcla de lo que produjo en Europa el reconocimiento o ruptura con la Santa Sede, que convalidó los estados confesionales bajo lineamientos distintos para católicos y para protestantes, y los agravios que tanto venían lastimando a las comunidades indígenas respecto a sus usos y costumbres, entre ellos sus derechos a poseer en común tierras que la creación de los ayuntamientos les otorgaron en propiedad privada, abriendo así la ocasión para que los estancieros y ‘vecinos’ –los no indios (indígenas) de esos pueblos, pero avecindados en ellos y con intereses totalmente anclados en sus límites–, ensancharan los latifundios y redujeran a peones a quienes siempre fueron en sus tierras de comunidad, señores.

Ridiculizar y querer abolir a punta de desdén la cultura popular mexicana por considerarla bárbara fue, paradójicamente, un punto de contacto entre las dos facciones del liberalismo mexicano.

El autor es especialista en temas religiosos, arte, historia y filosofía.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 14 de junio de 2026 No. 1614