Por Rebeca Reynaud

El Himno Adorote devote es una profesión maravillosa de las verdades de la fe. Este himno es un diálogo personal con Jesús sacramentado. Comienza con un acto de adoración a la Eucaristía: Te adoro con fervor deidad oculta, que estás bajo estas formas escondida. En este sacramento “están contenidos verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro señor Jesucristo. y, por consiguiente, Cristo entero” (Concilio de Trento, sesión XIII, Decreto sobre la Sagrada Eucaristía, canon 1). Jesús se halla presente, pero no se le ve: está oculto bajo las especies de pan y vino.

Dios está presente siempre en nuestra vida. “Dios habita en lo más alto y mira las cosas pequeñas” (Salmo137, 6 Vg): se fija con amor en cada uno de nosotros.

No hemos de tener reparo en manifestarle a Dios que le amamos y le adoramos, decirle: ¡Creo que eres Tú, que estás en las especies sacramentales!, ¡te adoro, te amo!

A Ti mi corazón se rinde entero, y desfallece todo si te mira.

Pasmarse ante este misterio de amor, ante la entrega de Jesucristo en la Eucaristía: se humilló hasta esos extremos por amor a cada uno de nosotros, para colmar las necesidades de nuestro pobre corazón. Jesús se ha quedado en la Eucaristía para saciar nuestras ansias de amar, para ayudar a nuestra flaqueza, para remediar nuestras angustias y nuestra soledad; para sostenernos en la lucha y para enseñarnos a amar.

La lógica eucarística supera toda lógica humana; su donación desborda la pequeñes del espíritu humano. La frecuencia con que visitamos al Señor está en función de dos factores: la fe y el afecto. Hay que sentirnos interpelados por Jesús, que dio su vida por nosotros.

Ante el Santísimo sacramento, fallan la vista, el tacto y el gusto, sólo con el oído se puede tener fe segura. Sólo el oído salva al hombre del naufragio sensible ante la Eucaristía. Sólo oyendo la Palabra de Dios se puede saber que la sustancia, aunque lo parezca, no es pan sino el cuerpo de Cristo, que no es vino sino la sangre del Redentor. San Josemaría decía: Creo más que si te escuchara con mis oídos, más que si te viera con mis ojos, más que si te tocara con mis manos” (Carta 28-III-73, n. 7).

Cuanto el Hijo de Dios ha dicho creo, pues no hay verdad cual la verdad divina.

“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. Si alguno come este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Juan 6,51). Jesús no hablaba en términos figurados, sino que son palabras de espíritu y vida (cfr. Juan 6,63). Son palabras que revelan el amor de Dios a la humanidad, que anuncian la Buena Nueva, para ello hay que “saber oír” y “saber querer”.

En el sagrario se esconde la fortaleza que nos hace falta para perseverar. Es el sacramento de la Nueva Alianza, de la Alianza eterna, y hemos de acogerla con novedad de sentido.

En la Cruz la deidad estaba oculta, aquí la humanidad yace escondida. Y uno y otro creyendo y confesando, imploro yo lo que imploraba Dimas.

La celebración de la Eucaristía nos sitúa en el Calvario. Se inmola incruentamente aquel mismo Cristo que una vez se ofreció en el altar de la Cruz (Hb 9,27). La Santa Misa es un Sacrificio real, actual y propiciatorio. Dimas veía la humanidad de Cristo, pero no la divinidad. Nosotros no vemos ni la divinidad ni la humanidad en Jesús sacramentado, pero decimos: “¡Creo!”. Nadie debe acercarse a comulgar con conciencia de pecado mortal, por muy contrito que le parezca estar, sin antes confesarse. En la cruz, por la fe y un dolor sincero, Dimas “asaltó” a Jesús, le robó el corazón y entró con Él en la gloria.

Y el himno continúa: No veo como vio Tomás tus llagas, más por su Dios te aclama el alma mía; haz que siempre Señor en Ti yo crea; que espere en Ti, que te ame sin medida. Ocho días después de la Resurrección, Jesús interpela a Tomás y éste responde: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20,28). A Tomás le costó aceptar la Resurrección de Jesús, pero las diversas apariciones de Jesús vencieron sus reservas. Cuando nos llegue un momento de prueba nosotros podemos ir a las Llagas de Cristo y decirle: “Dentro de tus llagas, escóndeme”.

Oh memorial de la Pasión de Cristo, oh Pan vivo que al hombre das vida; concede que de ti viva mi alma, y guste tus célicas delicias. El crecimiento de la vida espiritual va a la par con el crecimiento de la devoción eucarística. El ocultamiento de Jesús en las especies eucarísticas responde a su deseo de Dios de no forzar la libertad humana. Ocultándose el Señor nos invita a buscarle. La Eucaristía es pan vivo y también es pan vivificante.

Jesús mío, pelicano piadoso, con tu sangre mi pecho impuro limpia, que de tal sangre una gota puede todo el mundo salvar de su malicia. La antigua creencia de que el pelícano alimenta a sus crías con su sangre, haciéndola brotar de su pecho con el pico, ha sido un bello símbolo eucarístico. En la Misa se efectúa la obra de nuestra redención. Su Sangre engendra hombres y mujeres de cuerpo casto y corazón limpio. Bastaba una sola gota de la Sangre del Hijo de Dios para borrar los pecados de la humanidad, pero quiso derramarla toda.

Jesús, a quien ahora veo oculto, cumple, Señor, lo que mi pecho asía, que a cara descubierta contemplándote, por siempre goce de tu clara vista. Así sea. La Eucaristía nos concede un anticipo de la vida definitiva. Su recepción nos da serenidad ante la muerte y la garantía de la resurrección corporal al final del mundo. María y José están de algún modo presentes junto al sagrario, como lo estuvieron en Belén y Nazaret.

 

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