Por P. Joaquín Antonio Peñalosa
Comunista convencido, notable cineasta y escritor, Pier Paolo Pasolini estampó al frente de su película El evangelio según san Mateo, esta sentida dedicatoria: “A la querida y gozosa memoria de Juan XXIII”.
El 3 de junio de 1963 murió el Papa Juan XXIII. Una muerte que, según un periodista italiano, hizo rezar incluso a los ateos. Aquel muchacho de zapatos rotos, hijo de pobres campesinos, se convirtió en una de las figuras más universalmente admiradas de la historia contemporánea, por su esfuerzo en reconciliar fe y mundo moderno, por haber convocado al Concilio Vaticano II que ha sido el acontecimiento religioso del siglo y por brindar para el bien de los hombres, sus cartas Mater et magistra sobre los problemas sociales del día y Pacem in terris sobre la urgencia y necesidad de la paz.
Le bastaron 5 años de pontificado en plena vejez, de los 77 a los 82 años de vida, para iniciar una primavera en la Iglesia, un diálogo con las diversas religiones y una comprensión humanísima hacia los increyentes. Y todo ello con una cautivadora simpatía, una sencillez sorpresiva, un sabroso sentido del humor y unos brazos abiertos para quien fuere.
Unos turistas perdidos en el Vaticano se toparon con el papa Juan a quien no reconocieron: ¿podría usted decirnos por dónde podemos salir? Soy el papa, tengo aquí unos días y como ustedes ando también perdido. Un reportero le preguntó cuántas personas trabajaban en el Vaticano, a lo que el papa contestó socarronamente: Como la mitad.
Tenía sus insomnios como todo padre de familia, que se agravaron la víspera de anunciar la idea de un concilio. Dando vueltas a la cama, se decía -así lo refiere él mismo en su Diario: “¿Por qué no duermes, Juan? ¿Eres tú el que gobierna la Iglesia o es el Espíritu de Dios? Es el Espíritu de Dios, ¿verdad? Pues bien, Juan, duerme tranquilo”. Salía del Vaticano sin previo aviso, mientras la policía italiana lo buscaba afanosamente por aire, tierra y mar. Según el protocolo, tenía que comer solo; a los tres días protestó: No soy monje, les ruego traerme a quien sea para que comamos y platiquemos juntos.
En una recepción oficial cuando era nuncio en París, se topó con el embajador ruso. ¿Por qué no nos sentamos a platicar y pasamos felices esta velada? Tenemos ideas diferentes, objetó el embajador. Bah, ideas, ideas, respondió Roncalli, las ideas son tan poca cosa entre amigos. Y desde esa noche, lo fueron de verdad.
Adjuvei, director del periódico soviético Izvestia y su esposa, hija del primer ministro Nikita Kruschov, lo visitaron en el Vaticano. El papa no hizo sino mostrarles su corazón de abuelo. ¿Cómo se llaman sus hijos? Nikita, Alexis e Iván, respondió ella. Son tres bonitos nombres, sonrió el papa; Iván es mi propio nombre en ruso, cuando ustedes regresen a casa, acaricien a sus hijos, especialmente a Iván, los otros no se mostrarán celosos.
Por primera vez, muchos hombres que estaban en la otra orilla amaron a un papa. Por su atrayente sencillez, por el amable optimismo, por la profunda humanidad.
Artículo publicado en El Sol de San Luis, 6 de junio de 1992; El Sol de México, 11 de junio de 1992.
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 21 de junio de 2026 No. 1615

