Por Jaime Septién
Suele decirse: “contra viento y marea”. Y es verdad: hemos caminado juntos por 31 años. En un periódico como éste, hecho sin otro sustento más que el de sus lectores, sus bienhechores, sus anunciantes y sus amigos de aquí y de allá, con el favor de Dios, hemos arribado, el 16 de julio, a este cumpleaños.
“Contra viento y marea”, se suele decir. Y está bien que así sea. Que el viento ayuda a surcar el mar encrespado; que la marea alta aguza el sentido de la creatividad; que el surcar aguas procelosas ayuda a aprovechar al máximo las horas de paz y genera la confianza en que Dios está con nosotros.
Él pone el viento, el mundo la marea alta.
“Contra viento y marea”. La cobardía es buscar justificaciones. Como en Moby Dick, cuando se ve cerca la orilla supuestamente acogedora, hay que virar la barca y entrar en medio de la tormenta. Buscar la orilla nos hace olvidar los arrecifes puntiagudos. Y vamos a encallar irremisiblemente. Es la superficialidad la que corroe aventuras periodísticas como ésta. Cuando el celo por la verdad no nos consume estamos a merced de la necedad que conoce el precio de todo y el valor de nada.
“Contra viento y marea”. Está bien dicho. Hay que trabajar hasta el agotamiento para producir un periódico que se ha convertido en una luz pequeñita, sí, pero constante. Una vela modesta, como el dibujo a lápiz de “Las juchitecas” que hizo Leticia Armengol, herencia de Gabriela Guzzy de la Mora a mi mujer. Una familia rezando, una mesa desnuda. Apenas un salero para las tortillas. La oración de la esperanza.
“Contra viento y marea”. El poeta Federico García Lorca, en un discurso cuando inauguró una biblioteca popular en España dijo a los presentes que, si él tuviera que salir a la calle a pedir limosna, pediría “medio pan y un libro”. El medio pan alimenta, el libro construye. También se cuenta una anécdota de Confucio. Compró un día arroz y flores. Le preguntaron que por qué esa rara combinación. Su respuesta fue maravillosa: el arroz para vivir y las flores para tener por qué vivir.
“Contra viento y marea”. En El Observador queremos ser esas palabras impresas que pedía García Lorca; esas flores que llevaba a su casa Confucio. Desoír las voces de las sirenas que nos piden abandonar la tarea y echarnos a la holganza. Esos turbios lamentos que nos invitan a hacer un periodismo piadosito y acurrucarnos bajo la sotana, o a cerrar “porque ya nadie lee”. Lo decimos con toda la pasión de un grupo de católicos que, además, son periodistas: no lo haremos hasta que se apague esa vela y el entusiasmo por la luz, el pan de la palabra y a las flores se desvanezca en el tumulto de la indiferencia.



