Domingo XV del tiempo ordinario – ciclo A
Por José Ignacio Alemany Grau, obispo Redentorista
Reflexión homilética 12 de julio de 2026
En este domingo, tanto Jesús en el Evangelio, como las primeras lecturas nos hablan de la necesidad de la lluvia, símbolo de la Palabra de Dios, para producir un fruto que valga.
Isaías
En un párrafo muy breve nos compara la Palabra de Dios con la lluvia y la nieve que hacen fecunda la tierra. Por su parte, Dios espera que su Palabra no regrese vacía a su fuente, sino que sea eficaz para que, quienes la reciban, hagan la voluntad de Dios y de esta manera se purifiquen y santifiquen.
Salmo 64
Se repite la comparación entre la semilla que da fruto y la Palabra de Dios que es fecunda en los corazones abiertos a su voluntad:
«La semilla cayó en tierra buena y dio fruto».
El Señor cuida de la tierra:
«La riegas y la enriqueces sin medida. La acequia de Dios va llena de agua» que favorece el fruto abundante.
Y así, con diversos detalles, el salmo alaba la fecundidad de la tierra por voluntad del Señor.
San Pablo
Empieza este párrafo de la Carta a los romanos diciendo:
«Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá. Porque la creación… está aguardando la plena manifestación de los hijos de Dios».
A continuación, el apóstol nos explica que la naturaleza está sometida a la frustración porque uno la sometió. Sin embargo, es «con la esperanza de que la creación misma se verá liberada de la esclavitud de la corrupción para entrar en la libertad gloriosa de los hijos de Dios».
Por este motivo San Pablo hace esta comparación: «La creación entera está gimiendo con dolores de parto», pero lo más importante es que «nosotros poseemos las primicias del Espíritu y gemimos en nuestro interior aguardando la hora de ser hijos de Dios, la redención de nuestro cuerpo».
Así nuestra vida debe glorificar a Dios porque a pesar de tanta maldad y pecado, la misericordia infinita del Señor hace fecunda nuestra vida hasta ser glorificados en Cristo.
Verso aleluyático
Hace alusión al Evangelio de este día y nos invita a meditar:
«La semilla es la Palabra de Dios; el sembrador es Cristo. Quien encuentra a Cristo vive para siempre».
Evangelio
El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús sentado y toda la multitud escuchando ávidamente sus palabras.
En esta ocasión les habló con la parábola del sembrador.
Un sembrador (símbolo de Cristo) tenía abundancia de semilla y la esparció por todas partes. Esta semilla simboliza, ni más ni menos, el mensaje que trae la Palabra de Dios.
Jesús mismo explica a sus oyentes lo que sucedió con esa Palabra.
Cuando los apóstoles le piden a Jesús que les explique a ellos esta parábola, les dirá:
La semilla es el mensaje, la Palabra de Dios; una parte cayó en el camino y los pájaros se la comieron; es decir, se perdió la Palabra.
Otro poco de semillas cayó en terreno pedregoso y con la salida del sol se abrasó y quemó, porque no había echado raíces.
Parte cayó entre zarzas y estas ahogaron el brote que apenas nacía.
Finalmente, parte cayó en tierra buena y dieron fruto abundante: «unos ciento; otros sesenta; otros treinta».
De esta manera Jesús compara la predicación de la Palabra según la capacidad de acogida que tiene cada corazón. A algunos no les importa nada su mensaje; otros aparentan interés; otros comienzan a actuar bien, pero se dejan arrastrar por malas compañías, malos ejemplos, ideologías modernas… Y finalmente, y es lo que nos importa a nosotros, la Palabra de Dios es oída, penetra en los corazones buenos y fecundos que la acogen y viven con fidelidad. Estos se santifican y glorifican a Dios.
Recordemos siempre que nuestra obligación primera es oír la Palabra y ponerla en práctica, como Jesús mismo decía: «Siempre hago lo que agrada a mi Padre».
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