Por Mario De Gasperín Gasperín, obispo emérito de Querétaro

ADVERTENCIA

El que Ignora que el tiempo ha quedado preñado de eternidad con la encarnación del Hijo de Dios, y que así nuestra mísera existencia se ha convertido en una “maravillosa humanidad”, borra de un tirón la “Historia de la Salvación”.

El tiempo pasa y se nos acaba. La eternidad nos asusta y buscamos mejor ignorarla. Las más de las veces nos la imaginamos como una prolongación indefinida del tiempo y nos las arreglaremos para seguir viviendo distraídamente. “Donde quiera que estés”, leemos en algunas esquelas mortuoria, pensando el autor brindar consuelo al deudo o apaciguar su conciencia.

Y aquí se asoman las “sollozantes mitologías” que, desde el subconsciente ancestral, ofrecen poéticas y fantasiosas soluciones, como lo fueron los mitos de la antigüedad greco-romana y, más cercanos a nosotros, los sombríos del Mictlán para los muertos comunes y los carros de fuego en torno al sol para las madres generosas y los guerreros victoriosos. Todas estas mitologías rebosan de una religiosidad asombrosa, pagada a un precio que pasmó a los mismos misioneros. Pero, dejando a un lado poesía religiosidad y fantasía, la verdad es que la eternidad pone fin al tiempo, y que todos, como creaturas que somos, tendremos que enfrentar esta realidad asombrosa cuando nuestro tiempo desemboque en la eternidad.

Ahora bien, por más abstruso que esto nos parezca, aquí se juega nuestra identidad como católicos, miembros de una comunidad de salvación, la Iglesia. Porque, quien no comprende, aunque sea a media luz, este desposorio entre el tiempo y la eternidad, pierde su significado y su valor. El que Ignora que el tiempo ha quedado preñado de eternidad con la encarnación del Hijo de Dios, y que así nuestra mísera existencia se ha convertido en una “maravillosa humanidad”, borra de un tirón la “Historia de la Salvación”.

Nuestra fe católica nos ha enseñado a apreciar todos los logros que la razón humana ha hacho respecto a Dios, por cierto sorprendentes. Pero más nos debe sorprender que ese mismo Dios nos salga al encuentro, sin pensarlo ni merecerlo nosotros; y que, el fruto de este diálogo sea el que nuestra mísera humanidad haya descubierto su “dignidad infinita”, y se haya convertido en una “magnífica humanidad” que ahora, dice el papa León XIV, está bajo nuestra responsabilidad. El misterio del hombre sólo se esclarece a la luz del Verbo encarnado, nos dijo el concilio.

El cristianismo es una religión (si así quieren llamarle) eminentemente histórica. Profesa en el credo y celebra en la liturgia los acontecimientos históricos, los hechos reales, sucedidos en un tiempo y espacio determinados, con proyección gloriosa hacia Dios. A Dios le llamamos el Eterno porque él mismo es la eternidad. San Pablo lo dice mejor: “Estaremos todos con el Señor”.

El cristianismo, desde su raíz es historia, no mito. Su naturaleza exige su incidencia en la historia humana (levadura en la masa decía Jesús), participando de sus penas y alegrías, dolores y esperanzas, y colaborando así a la transformación de la creación y a la nueva fraternidad de los hijos de Dios. Esta no es una utopía, sino Esperanza, cuyo autor y garante es Dios. La Eucaristía dominical es su “sacramento”, promesa y adelanto, para recordárnoslo: Pan de vida eterna.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 5 de julio de 2026 No. 1617