Por Rodrigo Guerra López

Para reflexionar

Quienes hoy llegan al poder en nombre del orden deberán entender que el orden sin justicia se vuelve autoritarismo; que la seguridad sin derechos humanos se transforma en abuso; que el crecimiento sin inclusión reproduce resentimiento.

América Latina no se mueve pendularmente a nivel ideológico. La cuestión es otra. América Latina parece girar. En varios países, candidatos abiertamente de derecha, e incluso de derecha extrema, han comenzado a ganar terreno frente a fuerzas de izquierda que, hace apenas unos años, parecían encarnar una ola histórica. Algunos analistas hablan ya de un “retorno de la derecha”, de un “fin del ciclo progresista” o de un “nuevo giro ideológico regional”. La imagen es sugerente, pero quizá demasiado simple. La región no está virando serenamente a la derecha. Está, más bien, castigando gobiernos que generan decepción y frustración. Y eso es otra cosa.

El matiz importa. En muchos países latinoamericanos, el voto que hoy favorece a candidatos de derecha nace menos de una súbita conversión ideológica que de una mezcla de cansancio, inseguridad, inflación, corrupción, precariedad económica y hartazgo frente a liderazgos de izquierda que prometieron redención social y terminaron administrando conflicto, polarización o incompetencia.

El péndulo no se mueve porque las sociedades hayan leído de pronto a Hayek, redescubierto el liberalismo clásico o decidido abandonar toda sensibilidad social. Se mueve porque millones de ciudadanos, especialmente pobres, trabajadores informales y clases medias vulnerables, sienten que la promesa de cambio volvió a fallar. Votaron esperando protección y recibieron incertidumbre. Esperaron justicia social y encontraron clientelismo. Escucharon discursos de pueblo, dignidad y justicia social, pero siguieron padeciendo extorsión, desempleo, deterioro de servicios públicos y miedo cotidiano.

El caso colombiano es ilustrativo. El eventual ascenso de una derecha dura no puede entenderse sólo como adhesión a un proyecto ideológico alternativo. También expresa una reacción frente a la inseguridad, la crispación política, las dudas sobre la capacidad estatal y la frustración de sectores que esperaban una transformación más eficaz. La estrechez de los resultados exhibe, además, que no estamos ante una sociedad unificada en torno a un nuevo consenso conservador, sino ante una comunidad profundamente dividida.

Perú ofrece una lección semejante. Allí la inestabilidad ha sido tan intensa que la elección no parece expresar una deliberación programática madura, sino una búsqueda desesperada de alguna forma de orden. El elector peruano no se mueve en un laboratorio de ideas, sino en un paisaje de descrédito institucional, presidentes fugaces, partidos débiles, sospechas de corrupción y fatiga democrática. En ese contexto, una cierta derecha puede aparecer como refugio, pero no necesariamente como destino. Puede ganar por rechazo a la izquierda, no por amor a sí misma.

Quienes hoy llegan al poder en nombre del orden deberán entender que el orden sin justicia se vuelve autoritarismo; que la seguridad sin derechos humanos se transforma en abuso; que el crecimiento sin inclusión reproduce resentimiento. Lo que urge es seguridad sin militarizar la vida pública; mercados dinámicos sin abandono social; instituciones fuertes sin desprecio por los pobres; políticas sociales sin clientelismo.

Por eso el nuevo ciclo, si en realidad existe, muy posiblemente será inestable. América Latina no se mueve pendularmente en materia ideológica. Lo que pide son gobiernos que no traicionen a una sociedad exhausta y profundamente decepcionada.

El autor es secretario de la Pontificia Comisión para América Latina.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 5 de julio de 2026 No. 1617