En un tiempo marcado por la dispersión del conocimiento y la búsqueda de respuestas inmediatas, la reflexión sobre Dios vuelve a plantearse como una cuestión central: no solo desde la razón, sino desde el anhelo profundo del corazón humano.

Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Pareciera que sabemos muchas cosas. En el campo de la filosofía en la línea escolástica, se consideraba la ciencia de todas las cosas por sus causas últimas y supremas en la línea del tercer grado de abstracción y por tanto en el estudio del Ser que existe por sí y de los seres contingentes que existen por el Ser necesario. Y así es. Pero en nuestros días los planteamientos no son tan claros; existen parcelas de conocimiento filosófico, grandes verdades, confusiones y contradicciones, que conocemos por el amplio campo de la historia del pensamiento filosófico. Otro tanto podríamos agregar en la línea del conocimiento adquirido por el método científico, planteado por el mismo Galileo. El conocimiento en este campo es pormenorizado, que podríamos decir que dicho conocimiento está atomizado. Quizá no conocemos del todo la cantidad de ciencias que hoy por hoy existen y las que se habrán de adquirir y corregir a lo largo del tiempo, como la actual astrofísica.

Sobre Dios pareciera que ya se le conoce. Quienes aceptan simplemente su existencia, los que la niegan porque solo aceptan el conocimiento de lo inmediato, carentes de un planteamiento filosófico objetivo y serio; el defecto está no en el objeto, sino en el sujeto. Ya Santo Tomás nos señalaba cuando nos decía al principio de la Suma Teológica, que Dios no es evidente para nosotros; debe llegarse a la certeza de su existencia por las cinco vías para demostrar su existencia.

Pero esto no basta. Ni tener un conocimiento superficial y vago de Dios, ni conformarse con repetir planteamientos que no provoquen ese encuentro gozoso con el Dios vivo y verdadero. En este encuentro gozoso, podemos ubicar la comparación del Reino de Dios con el tesoro escondido en el campo o el hallazgo de la perla de gran valor (cf Mt 13, 44-46). El Dios oculto es el gran secreto de la vida, el más bello, verdadero y atractivo. Es lo esencial de la vida, lo anhelado desde siempre; lo que da sentido a toda existencia humana, nos aclara ese misterio personal que nos rodea y es más interior que nuestra propia interioridad. Por eso el dicho de san Agustín, el gran buscador de la verdad: ‘nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta no descansar en ti’.

No se puede vivir la vida sin haber gustado ‘cuan bueno y delicioso es el Señor; dichoso quien se acoge a él’, como reza un salmo.

Este gusto de Dios, el saborearlo, nos lleva a un gozo progresivo e inacabable, no solo en el tiempo, sino en la eternidad; gozo y alegría, ‘in crescendo’, inagotable por infinito.

Descubrir al Dios ‘oculto’, el tesoro por hallar, comporta su proyecto de amor. Con toda razón san Juan Pablo II, en sus años juveniles, nos dejó este legado, ‘el amor me lo aclaró todo’.

Esto es lo verdaderamente importante, esencial y trascendente, ‘buscar el Reino de Dios y su justicia’.

Es necesario despojarse de lo superfluo; perder, para ganar.

Hoy más que nunca, no podemos acallar nuestro interior con banalidades, el deseo de Dios, que anhela nuestro corazón, tan lleno de limitaciones y con tendencias de barro.

Hemos de buscar a Dios con gran humildad y suma sinceridad; no a través de ascéticas fanáticas, sino volver a encontrar en nuestro interior ese nacer de nuevo y el renacer en la condición de niño, de bebé en las manos de Dios Padre, quien tiene entrañas de Madre.

Buscar al Dios escondido, más allá de las categorías filosóficas de los racionalmente maduros. Y esto nos llevará a un comportamiento de conciencia ética; con el mismo san Agustín, pensemos, que ‘Solo lo que hace bueno al hombre puede hacerlo feliz.

De aquí debe surgir esa práctica efectiva de la oración, más allá de teorías o reflexiones sesudas. Esta es la decisión por excelencia, tomar la ‘decisión determinada de hacer oración’, para recorrer el castillo interior del alma, según la guía de santa Teresa de Jesús, y llegar a la séptima morada, en donde se goza la presencia divina y se saborea lo que signifique la esencia de Dios uno y tripersonal.

 
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