Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

La vida moderna ha traído grandes beneficios, indudablemente. En la búsqueda incuestionable del bienestar se entra en el torbellino de las actividades, de los problemas, de las multi relaciones. Vida moderna sinónimo de vida agitada. Aún las vacaciones no ofrecen la paz anhelada. Fatiga y cansancio, parece el logro de los esfuerzos.

Incluso las doctrinas doctas de los expertos en religión, a veces carecen del espíritu de los pobres y sencillos, que se encuentran con el Dios vivo y verdadero, que tiene entrañas de Madre.

Jesús hace cercano al Padre, su Padre y nuestro Padre. Por eso le da gracias porque los misterios del Reino los ha revelado a la gente sencilla (Mt 11, 25-30), no a los que tienen la conciencia de su propia excelencia y menosprecian, a los incultos, pobres e ingenuos. Prefieren la ortodoxia fría y soberbia que rompe la comunión, porque son más sabios y entendidos de lo acartonado del pasado y no de la tradición viva y operante en la Iglesia de Jesús a través de los siglos.

Ante las fatigas y cansancios Jesús nos ofrece su Corazón, como remanso de paz, como el Sabath,-Descanso, que se identifica con Dios mismo, como lo atestigua  Jacob Neusner en  su obra  ‘un Rabino habla con Jesús’ y, por eso, aun amigo de católicos y protestantes, no se convirtió al cristianismo.

Las condiciones que pone Jesús es venir a él y aceptar su carga y su yugo; recibir su amor y amar como él; con él indefectiblemente aprenderemos la mansedumbre y la humildad de su Corazón santísimo.

Ricos y pobres, al fin personas, se encuentran extenuados por la riqueza que trae sus conflictos o con la misma pobreza, fuente de carencias.

Ricos, victimas del estrés; pobres víctimas de la indigencia.

El Corazón de Jesús, con ese corazón traspasado, es el camino para la paz y el descanso; él mismo es el Descanso, que nos introduce en la experiencia mística del Seno del Padre, el Cielo.

 
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