Por Arturo Zárate Ruiz

Pareciera, según nos acusan algunos fundamentalistas protestantes, que los católicos no cumplimos con los mandamientos. Leemos en el Éxodo:

«No te harás estatua ni imagen alguna de lo que hay arriba, en el cielo, abajo, en la tierra, y en las aguas debajo de la tierra».

De hecho, abundan en nuestros templos esas imágenes. Lo que hay que aclararles a los protestantes es que no las adoramos ni consideramos dioses, y la prohibición consiste en «No te postres ante esos dioses». No lo son para nosotros.

Además, los mismos judíos tenían imágenes de querubines resguardando el arca de la alianza. Y no por ello se les podía acusar de idólatras.

Cabría agregar que las imágenes cumplen varias funciones muy importantes.

Son ante todo un lenguaje. Hubo un tiempo, previo a la invención de la imprenta, en que la mayoría de las personas no acostumbraba leer por no tener libros a la mano. De haberlos, era carísimo comprarlos. Un profesor mío investigó sobre este asunto y averiguó que eran más caros que el mismo castillo que los albergaba. Ciertamente, no eran cualquier libro. Eran textos en pergaminos carísimos y llenos de colorido, escritos a mano con muchas ilustraciones. Las guerras se peleaban en la Alta Edad Media no por un reino, sino por esos valiosísimos libros, dijo.

Pues bien, dentro de los templos era más barato narrar los hechos bíblicos en piedra que en pergamino, y con esculturas, en lugar de letras. Lo que resultaba además más agradable e inspirador para una gran mayoría que acudía, y todavía acude, a los templos a alabar a Dios.

Las imágenes, pues, no sólo exponían o explicaban, también servían para referir la gloria del altísimo. Todavía nos sirven para ello. Según lo recomienda el Magnificat, «todo mi ser proclama la grandeza del Señor».

Y esas imágenes, entre mejor hechas, mejor mueven a los fieles a unirse en la misma alabanza. De manera análoga se explica el cuidado de una bella liturgia: además de alabar a Dios de manera apropiada, atrae más a los fieles a participar en cantar las glorias al Señor.

Aunque esas imágenes por lo regular se hacen por encargo a artistas o, debe reconocerse, a fábricas que las producen en serie con materiales baratos, no por ello generan no sólo piedad religiosa, también identidad que une a los fieles de la localidad. A nivel nacional, no hay imagen que más una a los mexicanos que la milagrosa de la Virgen de Guadalupe. En Jalisco están las de la virgen de Zapopan y la de Talpa; en Nuevo León, la del Roble; en Tamaulipas, la del Chorrito; en Chalma, el Señor en la Cruz; en la Catedral de México, el Santo Cristo del Veneno.

Ahora bien, que sean estas imágenes por encargo no excluye a los fieles en la labor misma de hermosear los templos. Sus retablos por lo regular requieren de carpinteros y obreros locales. Los mismos templos son construidos, si no es que diseñados por albañiles y arquitectos de allí mismo.

Esa labor continúa a lo largo de los siglos, si no modificando la generalidad de la construcción, sí proveyendo los adecuados ornamentos para las celebraciones de cada tiempo litúrgico. Dichos ornamentos suelen ser nuevos cada año y confeccionados por los fieles que acuden regularmente a Misa y ayudan al sacerdote en el cuidado de su templo o parroquia. Los católicos que viven la Misa con regularidad reconocen por qué luce el altar y el sacerdote de verde, de blanco, de rojo, o de morado, según el día.

En ese sentido, la labor artística en cada iglesia no es algo que ya ha concluido. Es algo continuo que forma a la población no sólo en la contemplación, también en la confección de la belleza. Esa formación trasciende el templo y promueve las artesanías del lugar, contribuyendo a su desarrollo turístico y la propagación de la fe entre los visitantes.

En fin, aun si el único lenguaje permitido fuese la Biblia en sí, no olvidemos que sus libros fueron fijados por la Iglesia hasta fines del siglo IV. ¿Acaso no existió previamente la cristiandad?

Antes de la Biblia, la Palabra fue proclamada por los apóstoles a viva voz, y, sí, también con imágenes en los templos donde se celebraba Misa, como lo confirman las investigaciones arqueológicas. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo nos unen a los católicos como el Pueblo de Dios, no leer la Biblia de manera privada como a cada uno se le dé la gana.

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