Por Rebeca Reynaud

Esta iniciativa en la propia formación lleva a algunas personas a hacer un plan de lecturas y de estudio para un año, dos o más. Hay muchos libros de los Padres de la Iglesia que podrían ser parte de ese plan, además de la lectura de la Biblia con sus notas explicativas, las vidas de santos y novelas clásicas de las que no pasan de moda porque son de grandes escritores y libros de formación profesional.

Dentro de ese plan personal de formación se puede incluir cursos de desarrollo y capacitación de la propia carrera o área de trabajo. Ahora mismo la oferta es amplia. Varias universidades ofrecen cursos de Historia, Literatura, Filosofía, Psicología, Orientación familiar, Tecnologías digitales, Bellas Artes, manejo de la inteligencia artificial, Finanzas y más. También existen ofertas de cuidado de enfermos, gastronomía, repostería, Cursos de la Fundación Carlos Slim y más.

Un observador europeo decía que lo que más necesitaba la juventud de hoy era fomentar dos virtudes cardinales; la fortaleza y la templanza. Fortaleza para no descalificarse a la primera dificultad, sino tener temple y perseverancia en el esfuerzo. Templanza para no comer a cada rato, para limitar el uso de las pantallas y limitar el alcohol, entre otras cosas.

Cuando una persona hace su propio plan de formación es más probable que lo lleve a cabo porque ha medido sus necesidades, su tiempo, su esfuerzo y su interés. Luego cada uno elegirá el modo de evaluarse.

Hay un Taller del Buen Samaritano en la República Mexicana que consiste en tomar una clase de dos horas a la semana por un año, y es completamente gratuito, ayuda a sanar heridas y al crecimiento personal

Hace poco me decía una amiga que tenía deseos de hacer su oración meditando los salmos, una iniciativa del Espíritu Santo acogida por ella. Tomó el Salmo 121 que dice:

Alzo mis ojos a las montañas y me pregunto: ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi auxilio me viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra. No permitirá que tropiece tu pie, no duerme el que te guarda… El Señor es tu guardián, el Señor a tu derecha, es tu sombra protectora. De día no te dañará el sol, ni la luna de noche. El Señor te guarda de todo mal, guarda tu alma. El Señor guarda tus salidas y tus entradas.

Y sacaba esta oración:

Tu eres el dueño de cada montaña, de cada planta, de cada animal, de cada alma. No permitas que resbale ni que me duerma en mis laureles o que el orgullo me ciegue; hazme humilde. Quiero corresponder a tu gracia. Tú, Rey del universo, me cuidas, aunque yo piense que no. Todo es para bien porque el Señor está junto a mí. El sol no me dañará, y la luna tampoco. Me revisto de los méritos de Cristo y de los méritos de Santa María. Por último, te ruego que protejas a aquellos que amo, que protejas a todo este país, lo limpies con tu Preciosa Sangre y aumentes su fe. Gracias, Señor, y protege nuestro camino. Amén.

 
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