Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.
Jesús, ha sido el gran creador y contador de parábolas. Está más allá de los saberes de los letrados y filósofos de escuela. Con ellas nos ha acercado a los misterios del Reino de los Cielos. Nos ha iluminado con su sencillez para adentrarnos en contenidos que rebasan la simple razón e introducen en una verdadera contemplación.
Podríamos incluso atrevernos a decir, en un lenguaje contemplativo y plenamente teológico, que él mismo es la Parábola viviente del Padre: lo que dice, lo que hace, su vida, sus milagros, envuelven en sí la enseñanza del Padre, que nos arrebata a la contemplación de esa unidad de su ser humano y divino, de Hombre que nos introduce en su misterio divino como Hijo unigénito del Padre pleno de gracia y de verdad.
Con las parábolas se dice a sí mismo, como quien irrumpe en la historia de ayer, de hoy y de siempre, y así la construye.
De los más variados temas, de viñas, de sembradíos, de redes, semillas, etc.; en Mt 13, 1-17, del campo sembrado por los labriegos, cuya semilla se esparce en diversos terrenos, hasta el buen terreno, sembrado a voleo, que da diversos frutos, el ciento, el sesenta y el treinta y la semilla desaprovechada porque cayó en el camino, en terreno pedregoso, o el lleno de zarzas, no dio el fruto por las malas disposiciones: almas camino, almas con dificultades y sin profundidad.
Jesús no solo es el divino sembrador, sino es la Palabra que se siembra en los más variados corazones, superficiales o llenos de obstáculos, hasta los sinceros y bien dispuestos, tierra buena, como la Tierra santa, María Santísima nuestra Madre, que nos ofrece a su Hijo, Palabra y Parábola del Padre.
Sembrador paradójico, que no solo siembra en el buen campo, sino en todos los espacios.
Siembra con gestos de bondad y de misericordia; con esperanza y compasión. Es la Palabra Parábola, Evangelio vivo, con la fuerza salvadora de Dios.
A sus seguidores nos exige sinceridad, disponibilidad total; la eficacia depende de él, del Espíritu Santo y de la gracia que nos acompaña, antes, durante y después.
Jesús continúa la siembra de su mensaje; él mismo es el Mensaje, que se siembra en nuestros corazones.
Ninguno de nosotros puede poner coto a los terrenos. Sembrar a voleo, en el mundo científico, en los mundos de sistemas, en los mundos variopintos de hoy. Toda la tierra y todos los ámbitos son dignos de recibir la semilla del Reino.
Se ofrece a Jesús, Semilla, Palabra y Parábola del Padre. En su humanidad se nos da su divinidad que se oculta y a la vez se revela, con la sencillez y su majestad propias del Logos encarnado, del Verbo que se acerca a nosotros para llenarnos de su vida y transformarnos en él: hijos, en el Hijo, para ser engendrados por el Padre en él, ahora y en la eternidad.



