Inmediatamente después del devastador sismo que sacudió el norte de Venezuela, la Iglesia católica se ha consolidado como uno de los principales pilares de la respuesta humanitaria. En entrevista con El Observador de la Actualidad, Mons. Ulises Gutiérrez, arzobispo de Ciudad Bolívar, relata cómo la solidaridad logró recorrer más de mil kilómetros para acompañar a quienes lo perdieron todo

Por Ana Paula Morales

El reloj marcaba las 6:04 de la tarde cuando la tierra comenzó a estremecerse. En Ciudad Bolívar, a más de mil kilómetros del epicentro, Mons. Ulises Gutiérrez concluía la celebración de la Eucaristía. El movimiento fue intenso, pero los fieles conservaron la calma. Minutos después comenzaron a conocerse las primeras noticias: dos sismos consecutivos, de magnitudes 7.2 y 7.5, habían golpeado el centro-norte de Venezuela, desencadenando una de las mayores catástrofes naturales de la historia reciente del país. De acuerdo con Vatican News, la dimensión del desastre movilizó desde las primeras horas a la Iglesia venezolana, que activó sus redes pastorales y de asistencia para atender a los damnificados.

Según informó la agencia Reuters, con base en cifras oficiales difundidas por el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez, el balance al 8 de julio ascendía a 3,811 personas fallecidas, 16,740 heridas y 17,907 que perdieron su vivienda, mientras los equipos de rescate continuaban la búsqueda de sobrevivientes entre los escombros y en comunidades de difícil acceso.

Las zonas más castigadas fueron La Guaira, principal puerto del país, y diversos sectores de Caracas, donde decenas de edificios colapsaron y miles de familias quedaron sin hogar. De acuerdo con diversos reportes de Reuters y Associated Press, la emergencia reabrió el debate sobre la planificación urbana, la vulnerabilidad de numerosas construcciones y la capacidad de respuesta de las autoridades frente a un fenómeno de semejante magnitud.

«No aprendimos la lección»

Una de las primeras reflexiones que comparte Mons. Ulises Gutiérrez nace de la memoria.

«No aprendimos la lección», afirma con serenidad durante la conversación con El Observador de la Actualidad.

El prelado recuerda que La Guaira ya había sufrido, hace más de dos décadas, la devastadora tragedia de Vargas de 1999, considerada uno de los peores desastres naturales registrados en América Latina.

«Sobre esos terrenos que no son aptos para la construcción se levantaron urbanismos, edificios enormes y muchas viviendas. Ojalá que esta vez aprendamos como país que deben respetarse las normas para construir en territorios tan frágiles.»

Sus palabras coinciden con las advertencias formuladas durante los últimos días por ingenieros, urbanistas y organizaciones civiles. Según Reuters, mientras el gobierno encabezado por Delcy Rodríguez ha defendido la rapidez de su respuesta, especialistas han insistido en la necesidad de revisar los criterios de construcción y la supervisión de proyectos inmobiliarios levantados en zonas de alto riesgo geológico.

Un desastre que pudo haber sido aún mayor

El arzobispo considera que hubo un elemento providencial que evitó un saldo todavía más dramático.

«Los terremotos ocurrieron a las seis de la tarde», explica.

A esa hora, miles de personas permanecían aún en oficinas, centros comerciales o desplazándose hacia sus hogares.

«Si hubiera sido a la medianoche, cuando prácticamente toda la población estaba durmiendo dentro de sus apartamentos, el número de muertos habría sido abismal.»

La observación cobra especial relevancia si se considera que numerosos edificios residenciales colapsaron en cuestión de segundos. De acuerdo con Reuters, las brigadas de rescate continúan trabajando entre estructuras derrumbadas mientras decenas de familias siguen esperando noticias de sus seres queridos desaparecidos.

Una respuesta inmediata desde la fe

Aunque Ciudad Bolívar se encuentra a más de mil kilómetros del epicentro, la respuesta de la Iglesia fue prácticamente inmediata.

«En toda Venezuela, en todas las arquidiócesis y parroquias, las más cercanas y las más lejanas, nos abocamos a recolectar insumos para llevarlos a los centros de distribución.»

La movilización fue casi espontánea.

Desde parroquias ubicadas en regiones remotas comenzaron a llegar alimentos, agua potable, medicamentos, artículos de higiene, ropa y cobijas. Incluso comunidades situadas a casi diez horas por carretera de Ciudad Bolívar enviaron camiones cargados de víveres con destino a Caracas y La Guaira.

Uno de los gestos que más conmovió al arzobispo fue la disponibilidad de numerosos transportistas.

«Quienes normalmente trasladan hortalizas desde los Andes pusieron sus enormes camiones refrigerados al servicio de la emergencia para llevar la ayuda humanitaria hasta las zonas de distribución.»

No solo comenzaron a movilizarse recursos materiales.

También empezó a crecer algo mucho más difícil de organizar: la esperanza convertida en solidaridad.

Cáritas, «la caricia de Dios» para Venezuela

Si hay una institución que aparece constantemente en el testimonio del arzobispo, esa es Cáritas Venezuela.

La describe con emoción.

«Cáritas es nuestra institución eclesial maravillosa. Tiene una credibilidad total. Ha sido la mano de Dios, la caricia de Dios para el pueblo venezolano.»

Sus palabras encuentran respaldo en una larga trayectoria. De acuerdo con Vatican News, Cáritas Venezuela ha desempeñado un papel decisivo durante la emergencia alimentaria, la pandemia de COVID-19, la atención a migrantes y otras crisis humanitarias que ha atravesado el país en las últimas décadas. Esa experiencia permitió que, apenas ocurrido el sismo, las parroquias se transformaran en centros de acopio y distribución de víveres, medicamentos y artículos de primera necesidad.

Sin embargo, la magnitud de la emergencia ha superado incluso la capacidad de una organización acostumbrada a responder en escenarios difíciles.

«Cáritas se ha visto desbordada en su capacidad de almacenamiento y distribución», reconoce Mons. Gutiérrez.

Aun así, destaca que los equipos de voluntarios no han dejado de trabajar.

«Han dado lo mejor de sí para hacer llegar toda esta ayuda a nuestros hermanos», resaltó el Arzobispo.

El despertar de la solidaridad

Si la magnitud del desastre sorprendió al país, la respuesta de miles de venezolanos también lo hizo.

Lejos de la imagen de un pueblo resignado, la emergencia despertó una movilización ciudadana que encontró en las parroquias uno de sus principales centros de organización. Jóvenes, familias, profesionales y transportistas comenzaron a ofrecer su tiempo, sus recursos y sus capacidades para atender a quienes habían perdido prácticamente todo.

Mons. Ulises Gutiérrez asegura que la respuesta fue inmediata.

«El número de voluntarios que han querido hacerse presentes es abismal. Centenares de jóvenes de todas las edades, estudiantes de bachillerato y universitarios se han hecho presentes para apoyar y ayudar.»

El arzobispo explica que la Iglesia contaba con una estructura básica de atención a emergencias, fruto de la experiencia adquirida durante años de crisis humanitaria. Esa organización permitió coordinar rápidamente el trabajo de los voluntarios, distribuir responsabilidades y canalizar la ayuda hacia las zonas más afectadas.

«Inmediatamente nos organizamos como Iglesia para poder manejar esta crisis. Contábamos con una pequeña organización que ya tiene experiencia en el manejo de emergencias.»

A esa red se sumaron personas que ofrecieron vehículos particulares, espacios para almacenar víveres e incluso bodegas y salones parroquiales para clasificar los donativos antes de enviarlos a Caracas y La Guaira.

Para el prelado, esta movilización constituye uno de los signos más esperanzadores que deja la catástrofe.

Mucho más que alimentos

Con el paso de los días, las necesidades también comenzaron a cambiar.

Si durante las primeras horas la prioridad fue rescatar sobrevivientes y proporcionar atención médica urgente, ahora el desafío consiste en sostener durante meses a miles de familias que perdieron su patrimonio.

«Las necesidades más urgentes son alimentos, medicinas, agua, enseres básicos, cobijas y todo aquello que permita a las personas protegerse, porque muchas permanecen a la intemperie.»

De acuerdo con la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), una parte importante de la población afectada continúa necesitando refugio temporal, acceso a agua potable, atención sanitaria y apoyo psicosocial, especialmente niños, adultos mayores y personas con discapacidad.

En Ciudad Bolívar, aunque distante del epicentro, la arquidiócesis ha comenzado a recibir familias desplazadas desde las zonas devastadas.

«Ya hemos acogido a bastantes familias. Les hemos conseguido vivienda en la medida de nuestras posibilidades y también apoyo con enseres, atención médica y acompañamiento psicológico y psiquiátrico.»

Mons. Gutiérrez destaca especialmente el trabajo de los especialistas en salud mental que colaboran con la arquidiócesis.

«Tenemos un equipo estupendo de psicólogos y psiquiatras que está acompañando a quienes han perdido familiares, viviendas o todo su patrimonio.»

La reconstrucción —advierte— no será únicamente material.

También será profundamente humana.

El desafío comenzará cuando pase la emergencia

Mientras continúan llegando donativos desde distintas regiones del país, el arzobispo expresa una preocupación que considera decisiva.

«El temor es que pase el ‘boom’ del primer momento y que la necesidad continúe.»

La experiencia de otras emergencias le hace pensar que, cuando disminuya la atención mediática, miles de personas seguirán enfrentando enormes dificultades para reconstruir su vida cotidiana.

«Esta gente se ha quedado sin trabajo, sin viviendas, sin enseres; prácticamente sin nada. Van a seguir necesitando nuestro apoyo.»

Precisamente por ello, considera que la misión de la Iglesia apenas comienza.

«Aquí está el papel de la Iglesia y el papel de Cáritas: seguir dando lo mejor para que toda esa ayuda llegue a nuestros hermanos.»

Según Vatican News, diversas diócesis venezolanas han insistido en que la reconstrucción requerirá un esfuerzo sostenido durante meses e incluso años, tanto por la magnitud de los daños como por las dificultades económicas que ya enfrentaba el país antes del movimiento telúrico.

Una lección para toda Venezuela

Más allá de los daños materiales, Mons. Ulises considera que esta experiencia deja una enseñanza que interpela a toda la sociedad.

La naturaleza volvió a recordar la fragilidad del ser humano.

Pero también mostró la capacidad de un pueblo para unirse cuando el dolor golpea sin distinción.

«Esta catástrofe ha traído como consecuencia el despertar de la solidaridad, el despertar del amor y de la caridad.»

El arzobispo insiste en que esa respuesta no puede limitarse a los días posteriores a la emergencia.

Debe traducirse en decisiones responsables, mejores políticas públicas y una cultura de prevención que permita reducir el impacto de futuros desastres naturales.

«Tenemos que hacer las cosas bien para que estos acontecimientos no vuelvan a repetirse o, al menos, para minimizar sus consecuencias.»

La esperanza también se reconstruye

Mientras las excavadoras continúan removiendo toneladas de escombros y miles de familias intentan recuperar parte de su vida, la Iglesia venezolana sigue abriendo templos, salones parroquiales y centros pastorales para recibir donativos, organizar voluntarios y acompañar espiritualmente a quienes atraviesan el duelo.

De acuerdo con Vatican News, el Papa ha expresado su cercanía con las víctimas y ha alentado a la Iglesia en Venezuela a perseverar en el servicio a los damnificados, recordando que la caridad cristiana adquiere un rostro concreto precisamente en medio del sufrimiento.

Desde Ciudad Bolívar, a más de mil kilómetros del lugar donde la tierra se abrió paso con violencia, Mons. Ulises Gutiérrez contempla cómo ese mismo país herido ha comenzado a levantarse gracias a miles de gestos silenciosos que difícilmente ocuparán los titulares internacionales.

Camiones cargados de alimentos recorriendo largas distancias. Jóvenes clasificando víveres hasta altas horas de la noche. Médicos, psicólogos y voluntarios ofreciendo gratuitamente su tiempo. Parroquias convertidas en refugios. Familias abriendo las puertas de sus hogares para acoger a quienes lo perdieron todo.

Quizá esa sea la imagen más elocuente que deja esta tragedia.

Porque cuando la tierra tembló, también despertó una inmensa corriente de fraternidad que recuerda que, incluso en medio del dolor más profundo, la esperanza puede encontrar caminos para reconstruir no solo edificios, sino también el corazón de un pueblo.

Imagen de portada: caritasvenezuela.org