Monseñor Antoine Denys Chahda, arzobispo de Alepo, advierte que la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades empujan a los jóvenes a abandonar el país. Aunque las iglesias permanecen abiertas, pide apoyo para conservar la presencia cristiana en una tierra vinculada desde los orígenes a la historia del Evangelio.

Por Ana Paula Morales

Quince años después del comienzo de la guerra, los cristianos de Alepo continúan reconstruyendo templos, viviendas y vidas. Las bombas ya no caen con la intensidad de otros años, pero la pobreza, la inseguridad y la falta de oportunidades siguen debilitando a una comunidad que disminuye día tras día.

Monseñor Antoine Denys Chahda, arzobispo sirio-católico de Alepo, conoce de cerca esa destrucción. Durante los enfrentamientos, un proyectil impactó la catedral de Nuestra Señora de la Asunción y provocó daños que obligaron a restaurarla. La recuperación del templo se convirtió en símbolo de una Iglesia que se niega a desaparecer.

“Después de quince años de guerra que hemos sufrido en Siria, especialmente en Alepo, el número de cristianos disminuye día tras día”, afirmó en entrevista con El Observador de la Actualidad.

“Los cristianos de Alepo buscan la manera de salir de Siria y comenzar una nueva vida en el exterior. Lamentablemente, esa es la realidad, porque hasta el momento no vemos una luz clara de esperanza”, explicó.

De las protestas a una guerra devastadora

Bashar al Assad gobernó Siria desde el año 2000 y mantuvo el sistema autoritario heredado de su padre, Hafez al Assad. La guerra comenzó en 2011, cuando el Gobierno reprimió las protestas inicialmente pacíficas que, en el contexto de la Primavera Árabe, reclamaban reformas, mayores libertades y el fin de la corrupción. El levantamiento se militarizó y derivó en un conflicto en el que participaron grupos rebeldes, organizaciones yihadistas —entre ellas el Estado Islámico— y potencias extranjeras.

El régimen cayó el 8 de diciembre de 2024, fecha vinculada a la solemnidad de la Inmaculada Concepción, cuando las fuerzas rebeldes entraron en Damasco y Assad huyó a Rusia. La coincidencia tuvo para muchos cristianos una resonancia espiritual, aunque el cambio político no puso fin a la pobreza, la violencia ni la crisis humanitaria.

Libertad religiosa, pero una seguridad frágil

Monseñor Chahda reconoce que las nuevas autoridades han permitido a las comunidades cristianas celebrar públicamente su fe. Las iglesias permanecen abiertas y los fieles pueden acudir a la Eucaristía.

“Gracias a Dios, podemos practicar nuestra religión libremente. Hasta el momento, el nuevo Gobierno no nos ha impedido celebrar y las puertas de las iglesias están abiertas”, señaló.

Sin embargo, la libertad de culto convive con el temor. El 22 de junio de 2025, un atacante abrió fuego y detonó explosivos dentro de la iglesia greco-ortodoxa de Mar Elías, en Dweila, cerca de Damasco. El atentado dejó 25 muertos y más de 60 heridos, según las cifras recogidas por Reuters y Associated Press.

“Después de lo ocurrido en algunas iglesias queda el miedo”, reconoció el arzobispo.

Las autoridades protegen algunos templos durante las celebraciones dominicales. Chahda valora la medida, pero recuerda que la paz exige también empleo, servicios públicos y educación.

Promesas que aún no llegan a la vida diaria

Chahda mantiene una actitud prudente ante la transición: las nuevas autoridades recibieron un Estado devastado, con la economía y la infraestructura destruidas.

“El Gobierno anterior nos dejó en la ruina y en la pobreza. El nuevo Gobierno está tratando de hacer algo, pero necesita mucho tiempo y muchos años de trabajo para mejorar la situación”, aseguró.

La preocupación de las familias, añadió, es sencilla y urgente: “Tener una vida tranquila, seguridad y un medio de ganancia que les permita sostener a sus hijos”.

Naciones Unidas calcula que 15.6 millones de personas necesitan asistencia humanitaria en Siria. A ello se suman más de cinco millones de desplazados internos y millones de refugiados que abandonaron el país desde el inicio del conflicto.

“Hasta el momento son promesas. Se habla mucho, pero la gente todavía no encuentra trabajo ni una mejoría real en su vida económica”, lamentó.

“No queremos perder a nuestros jóvenes”

La emigración juvenil es su principal preocupación.

“Les digo a los jóvenes cristianos que, por favor, procuren quedarse en Siria. No queremos perder a más jóvenes”, expresó.

Aunque comprende que busquen una vida mejor en Europa, Canadá o Australia, advierte que cada partida afecta a familias y parroquias.

“Muchas familias tienen solamente uno o dos hijos. Cuando se marchan, los padres se quedan solos. Son padres que envejecen sin tener cerca a sus hijos”, explicó.

La crisis también redujo el tamaño de las familias: el costo de la vivienda, los servicios, los alimentos y los medicamentos hace que muchas parejas tengan solo uno o dos hijos.

“Antes había familias cristianas con siete, ocho o diez hijos. Ahora son muy pocas las que tienen tres o cuatro, porque todo es muy caro”, señaló.

El éxodo dificulta la reconstrucción: Siria pierde jóvenes, profesionales y trabajadores que podrían reactivar la economía y renovar la vida comunitaria. Algunas familias han regresado del extranjero, pero son pocas. La mayoría encontró empleo, escolarizó a sus hijos y construyó una nueva vida fuera.

“Quienes regresan tampoco encuentran fácilmente trabajo aquí. Volver no significa poder reconstruir inmediatamente su vida”, puntualizó.

Una Iglesia que alimenta, cura y acompaña

En medio de la precariedad, la Iglesia continúa siendo uno de los principales apoyos para las familias cristianas de Alepo. Las parroquias distribuyen alimentos y medicamentos, visitan hogares y ayudan a quienes no pueden pagar el alquiler.

“Necesitamos medicinas, comida y apoyo para los ancianos, los pobres y los enfermos. Las necesidades siguen presentes, pero muchas organizaciones internacionales han reducido considerablemente las ayudas”, explicó.

“La única ayuda que reciben algunas familias es la de la Iglesia y de unas pocas organizaciones. Ya no es como antes”, advirtió.

La arquidiócesis trabaja además en la restauración del Asilo de Ancianos San Elías, que continuará recibiendo y atendiendo a entre 40 y 50 personas. El centro acompaña especialmente a adultos mayores en situación de pobreza, soledad o vulnerabilidad, muchos de ellos afectados por la emigración de sus familiares.

La prioridad, sostiene Chahda, debe ser crear oportunidades para que los jóvenes permanezcan: “Necesitamos ayudarlos a conseguir trabajo y un ingreso para sostener su vida diaria, formar una familia, enviar a los niños al colegio y comprar medicamentos”.

Una convivencia que debe fortalecerse

El arzobispo afirma que las relaciones entre cristianos y musulmanes siguen siendo, en términos generales, pacíficas.

“Entre nosotros siempre ha habido diálogo, reuniones e iniciativas”, aseguró.

Sin embargo, algunos gestos institucionales de cercanía todavía no se han recuperado. Antes, las autoridades visitaban a las comunidades cristianas durante la Navidad y la Pascua, mientras los representantes eclesiales correspondían durante las festividades musulmanas.

“Esperamos que esto cambie en el futuro”, expresó.

Para Chahda, esos gestos expresan reconocimiento y voluntad de construir una patria compartida. Los cristianos no piden privilegios, sino ciudadanía, libertad religiosa y participación en el futuro de Siria.

“No necesitamos solamente dinero”

El llamado del arzobispo a los cristianos de Occidente va más allá de la asistencia económica.

“No necesitamos solamente dinero. Necesitamos libertad, tranquilidad y apoyo moral. Necesitamos que el mundo comprenda que queremos conservar nuestra fe y nuestra presencia en Siria”, afirmó.

Antes de concluir, dirigió un mensaje especial a México:

“Pido a la Virgen de Guadalupe, patrona de México, que bendiga a todos los lectores de El Observador y les ayude a comprender que nosotros, desde Siria, buscamos una luz de esperanza, de tranquilidad y de paz”.

La catedral restaurada de Nuestra Señora de la Asunción expresa la esperanza de una comunidad herida, pero viva. Sus piedras recuerdan la destrucción de la guerra y también la determinación de quienes han decidido permanecer.

Desde la caída de Assad, el 8 de diciembre de 2024, Siria vive una transición incierta. Para Chahda, el verdadero cambio llegará cuando las promesas se conviertan en seguridad, trabajo y condiciones dignas para los jóvenes.

“Queremos quedarnos”, insiste.

La frase resume la petición de una Iglesia que no quiere convertirse en un recuerdo histórico: seguridad para celebrar, trabajo para sus jóvenes, dignidad para sus familias y cercanía espiritual para seguir anunciando el Evangelio desde Siria.

SIRIA: UNA CRISIS EN CIFRAS

  • 22 millones: La población antes de la guerra.
  • 6 millones: Las personas que necesitan asistencia humanitaria.
  • Más de 5 millones: Los desplazados internos.
  • 9 millones: De refugiados al cierre del 2025.
  • 5 millones: Los cristianos antes del 2011.
  • Entre 300 mil y 500 mil: Los cristianos que permanecen actualmente.

La autora es licenciada en Publicidad y Relaciones Públicas y en Teología, con maestrías en Neuromarketing y Teología, especializada en información eclesial y asuntos internacionales.

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de agosto de 2026 No. 1621