Por P. Joaquín Antonio Peñalosa

De la gente deshabitada de bienes como casa ruinosa y vacía, de la gente menesterosa carente de raíz y de sustento, solía decirse que tenía una vida de perro. Porque efectivamente hubo una época anticanina en que las manadas de perros vivían y morían de hambre y de olvido en las calles y los arroyos.

Pero decir ahora que una gente lleva vida de perro, es tanto como decir que vive disfrutando de lujos, comodidades y demasías. Sobre todo, si se trata de perros japonés, tal como nos llega la noticia desde Tokio.

Porque los perros japoneses, imperiales y primermundistas, beben agua mineral, oyen música especialmente diseñada para oídos perrunos en discos compactos, duermen sobre mantas bellas como los kimonos y las crisantemas, dentro de unas perreras con aire gracioso a pagoda los japoneses industriosos y prósperos, alimentan a sus perros con galletas de diversos sabores, las vitaminas y las proteínas, recurren a vaporizadores si el hocico despide mal aliento; y el rito diario del baño, la loción, las lacas para las uñas. Hay fotógrafos especializados en retratar perros, cuyas fotos usan sus dueños para calendarios, llaveros y tarjetas de felicitación.

Dígame usted si el indígena y el campesino en-cani-jado de este mundo tercero de la edad terciaria puede darse la vida de un perro japonés, cuando ni siquiera se le aproxima a esa catástrofe llamada clase media, la declinante y suspirante clase media.

Sigue vigente la reclamación de Cristo. Las aves tienen nidos preciosos, palacios colgantes, hamacas floridas. Las fieras tienen unas cuevas funcionales a la medida de sus necesidades. Pero el hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza.

Pobre y pobreza son términos polivalentes, esto es, contienen tan diversos significados, que si sólo se considera la carencia de dinero, se cae en un falso reduccionismo y en una demagogia estéril. Cualquier persona que sufre una carencia en su carne, en sus bolsillos, en su mente, en su corazón, es un pobre y necesitado de ayuda: analfabetos, emigrantes, exiliados, huérfanos, ancianos, madres solteras, marginados, prostitutas, drogadictos, enfermos, presos, solitarios, alcohólicos, angustiados. Todo cuanto aflige, esclaviza, disminuye, abate, degrada, deshumaniza a la persona o atenta contra su dignidad, bajo cualquier forma de mal, eso es pobreza.

Vida de perros. Muerte de perros. Las funerarias caninas de Japón recogen a domicilio el cadáver del perro, lo conducen en elegante furgoneta y, luego de incinerarlo, un monje budista preside la ceremonia de incienso, plegarias y cantos, todo al módico precio de 425 dólares. Los dueños depositan las cenizas perrunas en un pequeño altar que montan en casa para seguir venerando al fallecido cuadrúpedo.

Lejos, a muchos cielos y mares de distancia, un muerto de hambre del tercer mundo no tiene siquiera un petate donde caerse muerto.

Artículo publicado en El Sol de San Luis, 24 de abril de 1993.

 

Imagen de Ilona Krijgsman en Pixabay

 

Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 2 de agosto de 2026 No. 1621