Mons. Paulus Budi Kleden, arzobispo de Ende, relata cómo las comunidades de Flores enfrentan el duelo, miles de réplicas y una emergencia que ha dejado a decenas de miles fuera de sus hogares.

Por Ana Paula Morales (Poli)

Cuando la tierra comenzó a sacudirse en la isla indonesia de Flores, las familias de las comunidades costeras corrieron hacia las zonas altas por temor a un tsunami. Quienes vivían allí también tenían sus casas dañadas y apenas contaban con alimentos, pero no cerraron sus puertas: levantaron refugios, recibieron a los que huían y compartieron con ellos lo poco que tenían.

Esa es una de las escenas que Mons. Paulus Budi Kleden, SVD, arzobispo de Ende, conserva de los primeros momentos posteriores al terremoto de magnitud 7.7 que golpeó la provincia de Nusa Tenggara Oriental la madrugada del 15 de agosto. En entrevista para El Observador de la Actualidad, el prelado describió una población herida y temerosa, pero también una Iglesia que nació para la emergencia desde sus comunidades más pequeñas.

“La experiencia más conmovedora del primer día fue ver cómo las personas de las zonas altas, cuyas casas también estaban dañadas y que seguramente padecían escasez de alimentos, abrieron tiendas para acoger y preparar comida a quienes abandonaron la costa por miedo al tsunami”, relató.

El sismo, con epicentro mar adentro al norte de Flores y a poca profundidad, provocó derrumbes, daños en carreteras y cortes de comunicación que dificultaron el acceso a poblaciones cercanas al epicentro. Reuters informó en las primeras horas que los deslizamientos impedían a los equipos de rescate llegar a Nagekeo; este 20 de agosto, la agencia registró además una nueva sacudida de magnitud 5.9 en la región, evidencia de que la actividad sísmica no ha cesado.

Las cifras han cambiado conforme los equipos alcanzan comunidades aisladas. El informe humanitario difundido el 19 de agosto a través de ReliefWeb, plataforma de la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), reportó provisionalmente 71 fallecidos, 1,182 heridos y 40,145 desplazados. Mons. Kleden, con datos gubernamentales actualizados al cierre de ese mismo día, habló de 73 muertos, unas 8,000 viviendas destruidas o dañadas y 750 instalaciones públicas afectadas.

Dormir fuera de casa por miedo a otra sacudida

La emergencia no terminó cuando cesó el movimiento principal. Más de 3,000 réplicas, según la información oficial citada por el arzobispo, han mantenido a la población en un estado de alerta constante. Algunas han sido suficientemente fuertes como para obligar a las personas a abandonar casas, oficinas y templos.

“La mayoría intenta ir a trabajar durante el día, pero por la noche prefiere dormir frente a sus casas o en tiendas colocadas en las plazas de los pueblos”, explicó después de visitar parroquias de la costa norte, en la zona oriental de la arquidiócesis. En el decanato de Mbay, añadió, muchas familias continúan bajo tiendas de campaña, algunas instaladas por el Gobierno y otras levantadas por los propios vecinos.

Incluso mientras celebraba la Eucaristía cotidiana en la casa episcopal, una nueva sacudida interrumpió la aparente normalidad. “Hay incertidumbre sobre cuándo lo normal volverá a ser plenamente normal”, reconoció.

Associated Press documentó que el miedo es especialmente visible entre los niños. Su reporte más reciente situó el saldo en al menos 70 muertos, cerca de 1,200 heridos y más de 40,000 desplazados, y describió las actividades de apoyo psicosocial que policías y trabajadores humanitarios realizan con menores en refugios temporales. La agencia recordó además la tragedia de 1992, cuando otro terremoto y tsunami en Flores causó alrededor de 2,500 muertes, una memoria que explica parte del temor de las comunidades costeras.

Duelo, incertidumbre y necesidades urgentes

Para Mons. Kleden, el primer desafío es el duelo: familias que perdieron a un ser querido y, al mismo tiempo, contemplan sus casas, escuelas, centros de salud e iglesias dañados. “Todavía no nos atrevemos a pensar cómo vamos a reconstruir todo esto”, confesó.

A la pérdida material se suman la incertidumbre, la escasez de tiendas, medicamentos y alimentos en algunas zonas, y una necesidad que no siempre se ve de inmediato: atender el trauma. El arzobispo insistió en que la respuesta no puede limitarse a repartir víveres; requiere acompañamiento pastoral y psicológico durante un proceso que será largo.

Las condiciones son particularmente difíciles para bebés, ancianos y enfermos. Durante sus recorridos, vio a matrimonios jóvenes con niños pequeños bajo refugios precarios o directamente debajo de los árboles. Encontró también familias que dormían en el bosque o dentro de sus automóviles.

Uno de esos encuentros fue con un hombre mayor que desde hace casi tres años vive con las consecuencias de un derrame cerebral. Permanecía junto a su familia en una casa de bambú. “La familia lo está cuidando y el equipo sanitario del Gobierno también lo asiste”, contó. Brigadas públicas y de la Iglesia, agregó, recorren los campamentos tienda por tienda para localizar a quienes requieren atención.

Entre las necesidades más urgentes enumeró tiendas de campaña, agua potable y servicios sanitarios para los campamentos, además de atención emocional y espiritual. A largo plazo, la preocupación es mucho mayor: reconstruir hogares, escuelas, instalaciones públicas, iglesias, casas parroquiales, salones y conventos dañados.

Una Iglesia que comenzó desde abajo

Antes de que las grandes instituciones lograran organizar la ayuda, la solidaridad ya estaba en marcha. Las Comunidades Eclesiales de Base fueron las primeras en acoger desplazados, compartir alimentos y organizar respuestas locales. Después, numerosas parroquias habilitaron centros para recibir y distribuir donativos.

La arquidiócesis estableció un equipo que trabaja con Cáritas Indonesia, autoridades civiles y otras organizaciones. Además de canalizar ayuda llegada del país y del extranjero, brinda acompañamiento pastoral y psicológico. La prioridad, explicó el arzobispo, es alcanzar a quienes todavía no han recibido asistencia de otras instancias.

“Como Iglesia tratamos de llegar a las personas que aún no han sido atendidas por el Gobierno y otras organizaciones”, señaló. También pidió a los sacerdotes permanecer cerca de sus comunidades, celebrar la Eucaristía fuera de los edificios dañados y posponer otras celebraciones para concentrarse en la emergencia.

La indicación tiene un sentido pastoral concreto: si la gente no se atreve a entrar en sus casas por temor a las réplicas, tampoco debe ser obligada a entrar en templos que podrían representar un riesgo. La Iglesia, en estas horas, se reúne al aire libre, entre tiendas y plazas, en el mismo lugar donde sus fieles duermen y esperan.

La cercanía del papa León XIV

El dolor de Flores llegó también al Vaticano. En un telegrama dirigido precisamente a Mons. Kleden y firmado por el secretario de Estado, cardenal Pietro Parolin, el papa León XIV manifestó estar profundamente entristecido por la devastación y aseguró su “solidaridad y cercanía espiritual” a quienes sufren, en particular a los desplazados y heridos.

El Pontífice alentó a las autoridades eclesiales y civiles a continuar la asistencia humanitaria, rezó por el personal de emergencia y encomendó a los fallecidos a la misericordia de Dios. También invocó para las comunidades afectadas el don del “consuelo y la fortaleza”.

Esas palabras acompañan a una Iglesia local que no oculta la magnitud del desastre. La ayuda internacional, advirtió el arzobispo, será indispensable no sólo para sobrevivir a las primeras semanas, sino para volver a vivir después del terremoto. “Los daños son enormes”, afirmó al solicitar la solidaridad de las comunidades cristianas de otros países.

“No puede destruir nuestra esperanza”

En medio de las cifras, Mons. Kleden vuelve a la imagen de los vecinos que se auxiliaron antes de que llegaran los primeros convoyes. Para él, allí está la respuesta más profunda de Flores: en una solidaridad que no esperó instrucciones y en una fe que se hizo alimento, refugio y compañía.

“El terremoto abre grietas en nuestras casas, pero no puede destruir nuestro amor mutuo, ni nuestra esperanza y nuestra fe en Dios. Lo estoy presenciando especialmente en estos días de calamidad y espero que esto siga siendo nuestra fuerza. El vínculo del amor y la solidaridad se demuestra en momentos como éste”.