En un llamado a mirar las heridas desde la fe, Martha Morales propone una reflexión sobre la sanación espiritual como parte esencial del Evangelio y de la vida cristiana.

Por Martha Morales

Buscar nuestra sanación ya que Dios nos puede restaurar. Hay huérfanos espirituales que tocan a la puerta de la Iglesia y podemos ayudar si de nuestra parte hay fe en el Dios vivo, que cura. En nuestra fragilidad damos un paso de fe y pedimos al Señor que sane. Dios sabe lo que necesitamos en este tiempo. Lo sobrenatural es parte de la vida normal.

Jesús le dice al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, ese perdón es invisible, no es verificable, pero a la vez, Jesús sanaba cuerpos porque era un hecho verificable de lo que predicaba. Lucas 4 narra que Jesús lee: el Espíritu del Señor está sobre mí (Isaías). Este es el propósito para el que viene, para ser el Ungido y curar la opresión y practicar buenas nuevas, y no sólo predicarlas, sino ponerlas por obra. Son palabras y hechos sobrenaturales que muestran que las palabras son verdaderas. Sin poder no serían buenas nuevas. Hay cambios porque el Evangelio tiene poder, realiza lo que anuncia.

Jesús proclama el Reino, no separa la predicación de la sanación. La sanación es el Evangelio en acción. Benedicto XVI, en su libro Jesús de Nazaret, dice que la sanación es parte de la misión de los apóstoles, el cristianismo es una religión de sanación. Necesitamos la sanación del pecado, que rompe relaciones. Jesús salva y sana. Son dos formas diferentes de ver lo mismo. Cada sanación física es un signo que apunta a la sanación total que Dios quiere, es glorificación de nuestra naturaleza humana.

¿Cómo sabemos que eres el Mesías?, le preguntan los discípulos de Juan Jesús les responde con hechos: Los ciegos ven, los cojos andan. De Jesús sale poder para sanar, si hay fe. Un leproso se presenta ante Jesús. Cuando un hombre es sanado de su lepra, debe presentarse al sacerdote judío y presentar su ofrenda: dos palomas. Una es sacrificada, la otra es bañada con la sangre del ave muerta y se le libera. El precio nuestro ha sido pagado con la Sangre del Cordero.

Gran parte de nuestra conciencia vive en la superficie y hay que ir a las raíces, ¿cómo? A través de la confesión y del ministerio de sanación. Jesús puede curar y liberar. No tenemos que gestionar las heridas y el dolor, Jesús quiere sanarlos. Hay enfermedad, muerte y maldad, pero la buena noticia es que, si permitimos entrar al Señor, podemos caminar muy ligeros. ¡Qué testimonio puede ser para la generación que observa! Dios nos permite procesarlo. No se puede manejar por nuestra cuenta porque nos faltaría luz, fuerza, gracia. Podemos llevar la libertad a las generaciones, cuando caminan con el Sanador.

La vida vivida al margen de Dios no sana. Hay autosuficiencia, orgullo, superficialidad. Hay que pedirle a Dios que nos revele lo que hay en lo subterráneo, para ver qué raíz sostiene una herida o algo malo. El pecado no es sólo una rebelión ciega, es responder a traumas sin Él.

Cuando alguien que te ama te dice: “Tienes un problema de ira”, ya lo sabías y te puede molestar. Debemos ir más allá y llegar a la raíz del pecado. Es bueno ejercer tu voluntad e ir a la Reconciliación con Dios pues es poderoso, pero a veces no basta porque no se abordan las raíces. Hay que cortar la raíz de la mala hierba. Hay que darle espacio al Señor, Él lo espera. Dios te llama por tu nombre y te llama “¡hijo mío!”.

A veces aceptamos mentiras sobre nosotros mismos. Si siento que lucho contra algo una y otra vez, hay que buscar la raíz. Si doy frutos malos hay que quitar la raíz. El Espíritu Santo nos ayuda a diagnosticar y a curar. Las heridas son cosas malas que intencionalmente nos hieren. Hay dos tipos de traumas que el Señor puede sanar.

El trauma tipo A es la falta de amor, la carencia de algo.

El trauma tipo B son las cosas malas que ocurrieron.

A partir de estas heridas o traumas satanás intenta engañar con interpretaciones que nos separan de Dios, nos propone medidas que empiezan a tomar poder. La mentira es la falsa creencia sobre nosotros mismos o sobre Dios. A veces esas mentiras están enredadas.

Si escuchan acusaciones que parecen verdad, vienen del enemigo que echa culpas. Necesitamos la verdad para desaparecerlo. Cuando el Señor declara la verdad y sella esa herida, el enemigo ya no puede influir. Ejemplos de mentiras: “Dios no me ama, no te escucha, no es bueno”. “No valgo nada, necesito ganarme el amor”. Hay mentiras que intentan proteger la herida: “No puedo dejar la amargura”, “si perdono me volverán a herir”. Cuando no te sientes conectado a Jesús, te aferras al pasado. El enemigo intenta invitarnos a creer mentiras.

La Buena Noticia es que Jesús lo ve todo y aún nos ama. Estas llamado a hablar con Jesús, pero tú mismo te dices: “No seas demasiado generoso”, o “hazlo hasta cierto punto”. La buena noticia es que siempre hay un tratamiento, siempre es en el contexto de la oración.

Decir: “En el nombre de Jesús renuncio al espíritu de ira, al espíritu de ansiedad, al espíritu de pereza.” Decir: “Sal de él (mí), espíritu maligno, y no vuelvas a él (mí), en el nombre de Jesús”. La Sangre de Cristo cancela maldiciones, pero hay que buscar estar en estado de gracia.

Otra herramienta: Hay que sanar los recuerdos donde se almacena la herida o el trauma, con Jesús: lugares o personas que necesitamos perdonar, a veces debemos perdonarnos a nosotros mismos. Cuando identificamos una mentira, queremos la verdad de Jesús, la experiencia de su verdad. Hay que declarar la verdad que él nos da a cambio de las mentiras. Pedir que Jesús cure todas las emociones asociadas a este recuerdo. Reza: “Jesús, ¿podrías sanar todas las emociones asociadas a este recuerdo?”. Siempre puedes preguntar a Jesús. No te centres en ti. San Agustín dice: “Entro con el Señor y luego salgo con Él a mi mundo interior”, tener ese mismo ritmo.

Libro recomendado: Sé sanado. Dr. Bob Schuchts, Ave Maria Press.

 
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