En un mundo marcado por la abundancia de información y la persistencia de tantas necesidades humanas, la reflexión sobre compartir el pan vuelve a colocarse en el centro de la vida cristiana y social.

Por P. Prisciliano Hernández Chávez, CORC.

Es muy complicado entender la vida humana, como se decía anteriormente, de tejas para abajo. Son tantos y tantos conocimientos de toda índole, que es fácil perderse en las toneladas de información o en el ‘mare magnum’ de las opiniones.

Por eso qué sabio es acercarnos al misterio de Dios que a su vez se ha acercado a nosotros, para involucrarnos en él: Dios uno y trino. Él es el misterio fundamental y fundante de nuestra fe, en dicho de Rahner.

Lo contemplamos en el misterio interior, ‘ad intra’,  de su ser como comunicación: El Hijo, procede del Padre y el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, o como enseñan los orientales del Padre a través, -diá, del Hijo. El misterio divino en sí es comunicación de personas en la unidad de la esencia; se da lo que enseña la Iglesia, ‘pericoresis’, es decir, donde está el Padre, está el Hijo, donde el Hijo y el Padre, el Espíritu Santo, precisamente por la unidad de la esencia divina, en una especie de ‘danza esencial y comunicativa’, del máximo dinamismo de amor comunicativo.

De aquí podemos valorar nuestra capacidad esencial de comunicación interpersonal, que no se reduce al diálogo, sino que exige compartir las existencias de modos diversos: amigos, familiares, esposos, y demás, de persona a persona.

Con los más necesitados debemos compartir nuestro corazón y nuestro pan según nuestras capacidades y posibilidades.

En esta perspectiva hemos de entender el mandato del Señor: ‘denles ustedes de comer’ (Mt 14,13-21).

A esto nos lleva el misterio sacramental de la santa Eucaristía: ‘tomen y coman, tomen y beban’, nos dice el Señor, dándonos a comer sacramentalmente su cuerpo y a beber su sangre; él mismo se nos da para transformarnos en él y vivir su misterio en la vida de cada día entregada en favor de los hermanos, construyendo  así la unidad  bajo la dimensión humana y divina.

Las palabras de Mons. Pedro Casaldáliga (1928-2020), en el poema ‘Mi cuerpo es comida’, nos provocan y convocan:

‘Mis manos, esas manos y Tus manos hacemos este Gesto, compartida la mesa y el destino, como hermanos. La vida en Tu muerte y en Tu vida. Unidos en el pan los muchos granos, iremos aprendiendo a ser la unida Ciudad de Dios, Ciudad de los humanos. Comiéndote sabremos ser comida. El vino de sus venas nos provoca. El pan que ellos no tienen nos convoca a ser Contigo el pan de cada día. Llamados por la luz de Tu memoria marchamos hacia el Reino haciendo Historia, fraterna y subversiva Eucaristía’ (Mayúsculas, énfasis del autor).

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