Por Jaime Septién
Alguna vez leí que el más grande capital que puede tener una sociedad humana es la confianza. Algo que no se compra ni se vende (aunque el señor Elon Musk quiera fabricarla) pero que actúa como una especie de pegamento de la vida comunitaria.
Los sinónimos que da la RAE de confianza son muy significativos: “esperanza, fe, certidumbre, credulidad, creencia, tranquilidad, seguridad, determinación, decisión, suficiencia, presunción, ánimo, empuje.”
No se necesita ser un sociólogo consumado para saber que, entre nosotros, aquí en México, en cada rincón del país, sea el norte, el centro o el sur, cunden los antónimos u opuestos de confianza determinados por la RAE: “desconfianza, inseguridad, indecisión, tirantez.”
Desconfiamos, como decían las abuelas, “hasta de nuestra propia sombra”. Del vecino porque pintó su casa de un color horroroso; del señor cura porque no dice el sermón que “debe” decir; del que camina por la misma banqueta porque me corta mi libertad; del compañero que se sienta en el pupitre de al lado porque me ve con malos ojos; de la marchanta que me roba con el precio del jitomate…
Ser desconfiados alimenta la sospecha. Y la sospecha crea enojo, o como bien lo dice la RAE, “tirantez”. Una liga que se estira y que en cualquier momento se puede romper (y se rompe a menudo).
En un librito delicioso, Las pequeñas virtudes del hogar, el padre Georges Chevrot habla de una pequeña virtud que es la base, el fundamento, el cimiento de todas las demás virtudes: la cortesía. “Todo el mundo, sea cual sea su condición, tiene derecho a nuestra consideración. No se podría definir mejor lo que significa cortesía.”
La cortesía es gratuita. No necesita estudios para ser asumida por cualquiera de nosotros. Con ese pequeño cambio personal puede formarse una cadena. Y la cadena genera capital social. Confianza de que hay futuro en la humanidad, en mi vecino, en mi ciudad, no obstante se nos venda el futuro —por los merolicos tecnócratas— como algo que solamente las máquinas van a poder resolver.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
Publicado en la edición semanal impresa de El Observador del 16 de agosto de 2026 No. 1623

